lunes. 26.02.2024

El otro día vi un capítulo de Ally McBeal en el que la abogada protagonista conseguía una orden judicial para provocar un coma a una enferma terminal que prefería dormir a estar despierta. Desde muy joven la mujer había creado un mundo paralelo en su imaginación en el que vivía la vida que quería llevar: estaba casada con un hombre al que amaba y tenía varios hijos. Ella accedía a ese mundo en el que era feliz a través de los sueños, cuando se quedaba dormida. En cambio, cuando estaba despierta, estaba sola.

La historia de esa anciana me recordó a una novela de Bioy Casares, La invención de Morel, y a unas cuantas películas, como Una mente maravillosa, Blade Runner o Solaris. Todas muy recomendables. Entre otras cosas, hacen que te preguntes qué es real y qué no lo es. ¿Es más real nuestro trabajo que nuestros sueños? ¿Es más real lo dicho que lo silenciado? ¿Es más real lo que vemos que lo que sentimos? ¿Es más real la historia de nuestra vida que la historia narrada en una novela?

Lo cierto es que nuestra vida está llena de elementos “virtuales” e “intangibles”. Elementos “inabarcables” con los instrumentos de conocimiento que durante siglos ha ensalzado nuestra tradición occidental. Pero la historia ha demostrado que los instrumentos propios de lo que denominamos “la razón” son insuficientes para aproximarnos a lo que nos rodea y para conocernos a nosotros mismos. Si se hace un repaso de la historia de la ciencia, por ejemplo, resulta que los grandes descubrimientos no hubiesen sido posibles sin la imaginación, la intuición o el poder creativo de los científicos.

Somos nuestros actos, nuestras creaciones, nuestros pensamientos y razonamientos, somos nuestras intuiciones, nuestros sueños, nuestros instintos, nuestros deseos, nuestras añoranzas, nuestro dolor y nuestro hormigueo en el estómago.

¿Deja de ser real el amor que el narrador de La invención de Morel siente por Faustine cuando ella “pasa a ser” una imagen repetida infinitamente? La misma pregunta podría hacerse respecto a los amantes de Blade Runner o de Solaris.

Es curioso que todavía hoy, que ya se ha demostrado la enorme incidencia de nuestras emociones a la hora de tomar las decisiones más importantes de nuestra vida; todavía hoy que ya se sabe del papel clave que la percepción, a través de los sentidos, tiene en nuestro proceso de aprendizaje y formación intelectual; todavía hoy se desprecian cosas como la intuición o el manejo de nuestros sentimientos como elementos decisivos a la hora de relacionarnos y de entender el mundo que nos rodea.

“Soy feliz cuando sueño”
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