lunes. 26.02.2024

El pasado fin de semana asistí a tres conciertos muy diferentes entre sí, pero con un denominador común: escenarios inadecuados. El primero fue el de la Josh Dion Band, en el CIC El Almacén, concretamente en la sala de cine Buñuel. Musicón para bailar... en una sala de cine. ¡Una pena! Mis amigos y yo nos sentamos en la última fila y poco a poco nos fuimos levantando de las butacas, hasta que finalmente estábamos completamente de pie, bailando. Pero los de delante... pobres, movían expresivamente la cabeza siguiendo el ritmo que no podían acompañar con el resto del cuerpo. Algunos, los más atrevidos, se levantaron y se colocaron en los laterales de la sala para poder moverse con libertad. En fin, no es que la banda tocase peor por estar donde estaban, pero nadie puede negar que el espectáculo así perdía bastante. El aire libre hubiese sido una solución más digna.

El segundo de los conciertos fue el de Ensemble Musicae Candelaria, un cuarteto de clavicordio, clarinete, saxo y trompeta, en la sede del MIAC, en las catacumbas del Castillo de San José. En una claustrofóbica sala de exposiciones los magníficos (y jovencísimos) músicos interpretaron un hermoso repertorio del Barroco. Imagínense, melodías del XVIII con “luces de cocina”. Yo cerré los ojos para poder escuchar bien la música, porque había demasiados “obstáculos visuales” entre mi “silla de director” y el improvisado escenario. Sillas de tela plegables y paredes llenas de cuadros. No es el escenario ideal para disfrutar de un concierto como aquel. Pero lo peor fue cuando, al terminar el recital, uno de los músicos me confesó que había sido un “concierto duro” porque les faltaba el aire. Curiosamente, el mismo problema que tuvo hace unos meses la compañía de danza de Aída Gómez durante su actuación en la Cueva de Los Verdes.

¡Qué decir! Es una pena que las valiosas ofertas culturales de la Isla se vean infravaloradas por unas malas condiciones de espacio.

El último de los conciertos fue la actuación del grupo Enigband, cuyo guitarra y vocalista es un compañero de trabajo. Esta vez el escenario fue el bar La Mareta. Un local que todo residente debería conocer, porque merece la pena. Habían “colocado” al grupo en la esquina de una gran sala rectangular. Pero mientras el grupo tocaba, se estaba disputando un torneo de dardos en esa misma sala. Así que el público del concierto y los “dardistas” compartían el mismo espacio vital. Y si uno quería bailar tenía que tener cuidado de no tropezar con el que estaba tirando un dardo en ese momento. Al final, sólo los más valientes e incondicionales se quedaron frente a los músicos, mientras los demás nos acomodábamos en los sofás de la sala contigua. Allí había un billar, un futbolín, los sofás y una larguísima barra. Ese bar es un hallazgo: estaban los clientes habituales del barrio, niños, viejos y jóvenes, estaban los de los dardos y los músicos, y estábamos nosotros, encantados de la vida. Porque aún no les he dicho lo mejor: las copas a 2,50 y comida buena y barata.

Espacios inadecuados
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