miércoles 8/12/21

El pasado domingo me fuí a un bar cercano a casa (no soy de los privilegiados que tienen Canal+ en mi domicilio) para presenciar el clásico entre el Real Madrid y el FC. Barcelona. Estaba convencido de que iba a disfrutar con el juego que viene desplegando hace varias temporadas el conjunto culé, del que soy un acérrimo admirador. Sin embargo, las horas previas al partido había tenido una sensación extraña, un presagio nada halagüeño que me hacía ser cauto sobre el partido que iba a presenciar.

Nada más comenzar el choque mis malos augurios se empezaron a confirmar con el gol de Raúl en el minuto 2 porque ponía de manifiesto que algo estaba cambiando. Raúl, ese jugador que ya muchos quieren jubilar y que últimamente no tiene ni sitio en la selección española, nos había metido el primer chicharro, y menudo gol, de cabeza y por toda la escuadra.

El tanto del Madrid no me puso nervioso, aún quedaba todo el partido por delante, y confiaba en que el gol merengue hubiese sido sólo un accidente y que el Barça pronto fuera imponiendo su juego y le diera la vuelta a la tortilla. Nada más lejos de la realidad. Raúl, otra vez el capitán blanco, hizo que se me atragantase el sandwich que estaba comiendo con un tiro que repelió el larguero de la portería de Valdés.

Me fijé entonces en Ronaldinho, el jugador sobre el que tenía depositada mi confianza para tirar del carro blaugrana en los momentos difíciles ante la ausencia de Samuel Etoó, pero el brasileño el domingo no sonreía como en él es habitual, y me dí cuenta de que algo no funcionaba. Houston tenemos un problema, pensé: Raúl parece el vigente balón de oro y Ronaldinho no exhibe su habitual sonrisa y optimismo que contagia a todo el equipo.

A pesar de ello el Barça comienza a tener la pelota en su poder, domina cómodamente al Madrid y dispone de las primeras ocasiones claras de gol. Hay un penalti que el árbitro escamotea al Barça, y ya me enciendo del todo con el clamoroso fallo del que algunos apodan (¿quién puede cometer semejante infamia?) el "Maradona rubio", Gudjonsen, que creo que dedica más tiempo a cuidar su peinado y su estética que a ensayar los tiros a puerta.

Después el árbitro vuelve a hacer un guiño al Madrid al no mostrar el camino de vestuarios a Emerson por una brutal entrada sobre Messi que significaba la segunda amarilla, y entonces decidí irme para casa a dormir, que aún tenía algo de resaca de la noche anterior de esos magníficos conciertos que ofrecieron en Famara "Los Secretos" y "Seguridad Social".

Por cierto, que los típicos mensajes de móvil de mis "amigos" madridistas me tuvieron al corriente del resto del encuentro. Y es que el mundo últimamente está al revés.

Madrid-Barça, el mundo al revés
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