jueves. 29.09.2022

Ahora que los gallos son violadores confesos y las gallinas ya no son putas, ¿qué nos queda? La estupidez nacional ha llegado hasta la follandusca aviar y los medios se han hecho eco de ello. Qué aburridos tienen que estar sus redactores para elogiar o criticar la separación de gallos y gallinas para evitar las violaciones en masa. La Bruyère ya había dicho que no hay sino dos maneras en el mundo de prosperar: una, por la propia industria, y otra, por la imbecilidad ajena. Aquí de industria andamos regular –ya no se venden coches, por culpa de Pedro Sánchez-, pero de imbecilidad andamos sobrados, hasta el punto de que unas veganas han acusado al hermano gallo de violador en masa. El periodismo es cada vez más cosa de aficionados; en realidad, todos somos aficionados y es que la vida es tan corta que no da para más, como afirmaba Charlot. Nos agarramos a cualquier volada de cualquier analfabeto para fabricar una noticia y que dé la vuelta al mundo. Ni siquiera son fake news, sino stupid news, que debería ser otra categoría dentro del moderno nomenclátor de la cosa. El gallo, pues, a los tribunales de justicia, a cagar el banquillo de los acusados, y la gallina, a los conventos. Se acabaron los huevos, qué coño, ahora consumiremos los de codorniz; se terminó el cloquío, la hermosa forma fonética que distingue a las ponedoras de las estériles. Terminaremos con todo porque esta España nuestra se ha vuelto loca de remate. Los escritores deformes son la conciencia diabólica del mundo, repetía un maestro mío citando a Giraudoux, en mis tiempos de esforzado bachiller. A lo mejor es que me he convertido en un escritor deforme, pero a mí la gallina donde más me gusta es en el caldo. ¿Será esto asesinato?

Publicado en Diario de Avisos

Gallos y gallinas
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