miércoles. 17.08.2022

Lo peor del puto virus este es que cada científico y cada enfermero tienen una versión distinta de la dolencia. Y como también está la impunidad de las redes sociales, van y la cuentan. Los científicos no tienen que esperar a que los comités de las revistas prestigiosas aprueben sus alegatos y los enfermeros probablemente no posean revistas científicas. En medio se sitúa una cantidad ingente de médicos visionarios, chinos ociosos, parientes de primos de enfermos y periodistas analfabetos funcionales, que largan sus teorías como si fueran ristras de ajos. Y entonces crean en el atemorizado público un pánico poco conveniente para la estabilidad mental del aterrado lector. Yo estoy entre los afectados. Ahora no sé si el puto virus ha venido para quedarse, para irse o para diluirse en el espacio sideral, pero lo cierto es que hace dos meses que no entro en una tienda, huyo de las farmacias y hasta he retrasado dos veces la cita de Mini con su veterinario por si coincido con demasiada gente y me contagio. Y no se puede vivir con ese miedo, porque entonces no te mueres del coronavirus, sino de un infarto. Oigo a gente que está diciendo que los vacunados contra la gripe común tienen más posibilidades de agarrar el covid19, o, como dice el mago, la covid19; y hay quien comenta que esto es un disparate. ¿Qué hacer? Mi impresión, situado como estoy entre el científico y el enfermero, es que nadie tiene pajolera idea de lo que suelta por esa boca y que esto es una lotería: si te agarra bien, te lleva por delante; y si te roza, a lo mejor escapas. Como tampoco soy creyente, ni siquiera me queda el recurso de rezar, así que he decidido dejar al albur de los acontecimientos mi propia vida y mandar a tomar por culo a todos los que me asustan por televisión. Porque yo redes no frecuento.

Publicado en Diario de Avisos

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