lunes. 08.08.2022

Por Antonio Guerra León

Estamos en plenos Carnavales, y no nos referimos a las tradicionales y jolgóricas Carnestolendas de toda la vida, bueno, menos en el tiempo en que la Dictadura se las pasó por la piedra de esmeril, aludiendo aquellos seres tan caritativos a su carácter materialista, sexual y antirreligioso para salvaguardar las buenas costumbres, las de ellos naturalmente, y otras machangadas por el estilo que podían llevar al personal al sulfuroso Infierno, donde, por cierto, por estas fechas el Papa nos ha dado una buena noticia sobre este viejo e infernal asunto, proclamando, urbi et orbe, que el Averno es solo “un fuego interior”. Y nosotros respetuosamente pensamos: ¿Será algo así como una dolorosa gastritis estomacal? Qui lo sa ¡Y que Dios nos perdone!

Pero, de todas formas, a los que nos educamos pensando siempre en el fuego eterno por solo mirar unas bonitas pantorrillas femeninas, las palabras llegadas desde el Vaticano no dejan de agradarnos y reconfortarnos, aunque a estas alturas de la vida nadie nos va a resarcir de tantas malas noches pasadas en blanco pensando que dentro de un tiempo, más o menos largo, estaríamos calentitos y doraditos como un buen lomo de cherne a la espalda, pero sin ajitos por encima.

Y perdonen ustedes por este introito que nos puso a mano la Iglesia hace unos días para especular de nuevo sobre los otros “carnavales” que se nos avecinan a toda velocidad, y nos referimos a las elecciones municipales y cabildicias del próximo mes de mayo, donde los aparatos de los partidos, como mandan las cánones, ponen en marcha sus motores y afilan con primor sus puntiagudos puñales para asestar fuertes heridas políticas a los compañeros que buscan un buen sitio en las listas.

Pero esto no ha hecho más que empezar y tiempo tendremos para escribir, largo y tendido, sobre los citados comicios, pero no sin antes hacer hincapié en varios asuntos que nos parecen censurables e injustos por su falta de sentido común, y para el buen funcionamiento de las instituciones democráticas tan anheladas desde siempre.

En principio, queremos reprobar con acritud el reenganche continuo de viejos tiburones políticos en las instituciones, donde llevan incrustados hace muchos años, viviendo como Gadaffi y Cía, y también la designación didáctila y directa, tipo Rajoy, de los futuros candidatos, dando una nueva estocada trapera a la democracia interna de los partidos.

Unos personajes que después, en los medios de comunicación y en sentidas pláticas, se quejan con amargura de que la juventud (la mejor preparada de estos últimos tiempos) se aparte de los partidos como si fuera cosa del Diablo, y les ofrezcan sus anchas espaldas y apretados glúteos a las transparentes urnas para buscarse la vida por otros derroteros, y todo por una simple regla elemental de Física: que para entrar antes hay que dejar salir.

Una segunda cuestión, aunque bastante complicada de llevar a cabo, es también que las personas, en términos chachis, “empuradas” no deben participar en las listas hasta que resuelvan sus problemas judiciales, y menos presentarse en doble candidatura para aforarse, convenientemente y con mucha cara a la hora de rendir cuentas ante los tribunales ordinarios.

También nos tememos, visto lo visto, que si esto fuera posible sería una tarea descomunal cubrir todas las plazas en ayuntamientos y cabildos isleños, dada la larga lista de políticos que están pendientes de ir al talego, sobreseimiento o archivo de sus causas, y que en nuestras islas por desgracia son interminables.

Y respecto a la obligada presunción de inocencia, que nadie discute ni de lejos, pensamos que si el encausado de verdad se cree honrado e íntegro no debe temer nada de la justicia, para dejar de recurrir maquiavélicamente, con triquiñuelas político-judiciales a otros estamentos superiores solo para ganar tiempo o para que prescriban tan feos asuntos. Ejemplos no faltan.

Por lo tanto, amantísimos políticos, como decía el maestro de periodistas Agustín Acosta: menos gambeteos y más hondones, que a nadie le ponen una pistola en el pecho para presentarse a unas elecciones. Y perdón por el ripio.

Reengancharse no vale. Aforarse, menos
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