lunes. 03.10.2022

Por Fernando Marcet Manrique

Corría el año 2007, y no, todavía no íbamos de un lado para otro en naves espaciales. Las elecciones municipales se habían celebrado allá por el mes de mayo, afirmando el descalabro que todos auguraban al partido que por aquel entonces ostentaba más poder en Lanzarote. Coalición Canaria cayó, y yo me quedaba sin trabajo apenas un mes antes de mi boda. Sí señor, aquel verano del año 2007 prometía no ser uno cualquiera.

Por aclarar lo de mi trabajo, aunque dudo que el tema merezca más explicaciones que las justas, diré que no era mi situación en nada distinta a la de otros muchos. En la isla siempre había sido tradición local, desde tiempos muy pretéritos, pagar todo tipo de favores, así como ganarlos, ofreciendo trabajos funcionariales, y por lo visto a mi padre alguien le debía más de dos. ¿Hacía bien mi labor? ¿La hacía mal? En realidad eso era algo totalmente secundario, ni me lo preguntaron cuando llegué, ni les importó cuando me fui, entré por la puerta de atrás y salí por la misma. Debí sentirme afortunado, hay gente que se pasa toda su vida así, entrando y saliendo por puertas de atrás. En el fondo aquello fue lo mejor que pudo sucederme, y en mi fuero interno yo lo sabía.

El 20 de junio se publicó el último artículo, previo a las vacaciones de verano, de la página web en la que venía colaborando hacía algo más de un año. Tenía por delante un par de meses en los que, aparte de buscar trabajo, debía decidir qué hacer con aquella especie de necesidad que sin venir a cuento me había subyugado en los últimos tiempos. Al principio pensé que era por pura vanidad, ganas de darme a conocer, de imponer a los demás mi particular visión del mundo, pero luego reparé en que allí había un componente incontestablemente físico. Escribir y publicar, porque sin ese ingrediente exhibicionista no hablamos de lo mismo, era para mí algo tan esencial como ir al baño. Y el ejemplo no es aleatorio, porque del mismo modo que la excrementación es el resultado último de una serie de procesos que tienen por objeto asimilar cualquier alimento ingerido, así también la escritura representaba, y representa, para mí la culminación de una actividad intelectual que en cierto modo se puede equiparar a la digestiva. Aun reconociendo las limitaciones del ejemplo, pues afortunadamente a nadie se le ocurriría hacer franca exposición de sus escatológicas producciones, por esforzado o laborioso que haya resultado disponerlas. Y aun teniendo en cuenta lo fácil que sería hacer un chiste de todo esto, espero que demasiado obvio como para que a nadie se le ocurra comentarlo.

Pues eso, quería escribir pero no sabía dónde. De modo que envié un artículo a unos cuantos medios, a ver cual de ellos me lo publicaba. No es que no tuviera mis preferencias, pero para qué íbamos a engañarnos, ni yo era Umbral ni aquello era Madrid. Elegir suele ser un lujo que no todo el mundo puede permitirse.

Y mira por donde, el medio que mejor trato me dispensó, con mucha diferencia, fue el de Agustín Acosta. Crónicas de Lanzarote, con Alfonso Canales como redactor jefe y cabeza visible intermediadora. ¿Por qué? Vaya usted a saber. Quieras que no, a uno la vida le va acostumbrando a creer que las personas sólo se portan bien contigo cuando esperan que tú les des algo a cambio. ¿Pero qué tenía yo que ofrecer a Crónicas, aparte de mis escritos? Nada. Ni era un empresario que pudiera contratarles publicidad, ni era directivo de alguna asociación de vecinos que pudiera movilizar a más o menos gente, ni pertenecía a ningún partido político importante, ni mi poder, en cualquier de los sentidos que queramos darle a la palabreja, iba más allá de mandar a mi hija a acostarse cuando había colegio al día siguiente.

Sólo me conocían por lo que yo escribía, y lo que yo escribía debía gustarles, aun siendo plenamente consciente de que muchos de los temas que abordaba, y el modo en que lo hacía incluso mientras escribí en dicho periódico, pudiera resultar un tanto inapropiado, en cuanto popularmente incorrecto, además de probablemente disconforme con la línea de pensamiento de los responsables de la publicación.

Por contemplar el caso en su justo contexto quizás valdría la pena señalar que yo pertenecía a esa hornada de jóvenes conejeros que pudieron permitirse el lujo de ir a estudiar fuera. Y entre ellos, formaba parte de ese grupo, no pequeño, de intelectualoides seudoprogres que veían en Dimas Martín y en Agustín Acosta poco menos que la madre de todos los males que padecía Lanzarote (los reales y los ficticios). Cada uno a su manera, cada cual en su ámbito. Lo de intelectualoide progre es posible que todavía lo siga siendo, tampoco tuve claro nunca qué era exactamente eso, pero aquel verano del 2007 cambió un tanto mi percepción de las cosas respecto a algunos asuntos.

Y es que muchas veces nos gusta acomodarnos en los blancos y negros para poder enfrentarnos a una realidad compleja. Es mucho más fácil imaginarte un par de malos malísimos, pintarles cola y rabo, y construir tu verdad en torno a lo que imaginas de ellos. Eso es lo fácil. Lo hacemos todos, inventamos la diferencia y luego la maximizamos, los de la derecha son esto, los de la izquierda son aquello, los intelectuales no se qué, los ecologistas no se cuanto, los constructores ni te cuento..., nada como conocer a las personas que se esconden detrás de esas etiquetas infames para llegar a ver cuanto de nosotros mismos hay en ellos y cuanto de ellos hay en nosotros.

Uno de los regalos que me hicieron en mi boda fue precisamente un libro en el que se entrevista a estas dos figuras. No negaré que dichas entrevistas supusieron para mí un serio tema de reflexión que me rompió algunas preconcepciones. “Canarios al desnudo”, de Aurelio González, me descubrió a un Agustín Acosta humilde, consciente de sus defectos y de sus limitaciones, muy lejos de esa prepotencia y de ese estar más allá del bien y del mal que yo había imaginado. O no tanto imaginado, puesto que tal imagen era la que realmente me transmitía cuando le oía por la radio o le veía por la tele. Sin embargo, en esa entrevista se vislumbra a un Agustín abrumado por la reciente patada en el hígado que le propinó su propia descendencia. ¿Hay algo en el mundo peor que eso? Sí, Dimas también se vio traicionado por muchos de sus “hijos” políticos, y es asombroso que hasta en esto exista tal paralelismo entre ambos, pero si me dieran a elegir, preferiría sin dudarlo pasar el resto de mi vida en la cárcel antes que verme expoliado por mi propia familia.

Agustín Acosta y Dimas Martín son, junto con César Manrique, las personalidades más carismáticas que ha visto nacer y vivir esta isla. Y ojo, que no digo las más importantes, sino las más carismáticas. Las más capaces de convencer a los demás, de transmitir un mensaje que todos entiendan y asuman. Cada uno utilizó ese carisma a su modo, según su propio entendimiento, según su propio aprendizaje. De los tres, es posible que sólo César pase a la historia con la unánime aprobación de las generaciones venideras, pero lo que no se puede negar en modo alguno es que de los tres, hay dos que todavía pueden hacer mucho por mejorar su legado. El carisma es un don que no se pierde nunca, quien lo tiene lo tiene siempre. En cambio, el modo de utilizarlo..., el modo de utilizarlo es harina de otro costal.

Tú puedes rodearte toda tu vida de adulones y de gentes que te dicen aquello que quieres escuchar. Como María Antonieta, que vivió en su palacio de Versalles totalmente ajena a lo que sucedía en la Francia que se supone debía gobernar, hasta que un buen día se encontró sin la cabeza sobre sus hombros. Puedes hacer permanentemente oídos sordos a quienes te critican, y escuchar sólo a quienes te alaban. Puedes ignorar los artículos de quienes consideras tus enemigos, o leerlos desde la seguridad que te da una posición que no te planteas modificar ni un ápice. Sí, puedes hacer todo eso, y a lo mejor tienes suerte y eres feliz toda tu vida, pero las torres de marfil son condenadamente frágiles, es lo que tienen.

Aquel verano del año 2007 me sucedieron muchas cosas. Pero de todas ellas, quizás la más importante fuera que decidí acabar con las puertas de atrás y, de paso, con algunas de las preconcepciones que me tenían amarrado a una idea de mí mismo que era tan imaginaria como esterilizadora. No fue un proceso que llevara a cabo solo, mi mujer, por ejemplo, tuvo mucho que ver. También mis padres, que siempre saben acompañar sus consejos con grandes dosis de mano izquierda, para que no me vea jamás abocado a tomar decisiones forzosas. La persona que nos casó, qué duda cabe, sabe que siempre estaré en deuda con él, tanto si le gusta como si no, por diversas razones (si no lo nombro es para no incomodarle más de lo necesario), algunas obvias y otras no tanto, como el libro que me obsequió en nombre del ayuntamiento. Mis amigos en general, tanto los nuevos como los viejos, también supieron darme buenas píldoras de sabiduría, a veces incluso con palabras no dichas. Y, desde luego, quizás a otro nivel pero con innegable rotundidad, Crónicas de Lanzarote y la amable cortesía dispensada en todo momento por Alfonso Canales tuvieron algo que ver con esta íntima evolución personal. Será por eso que siempre recordaré aquel verano, a parte de por ser el verano en el que me casé, como el verano que escribí en Crónicas.

El verano que escribí en Crónicas
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