martes 22/6/21

Cualquier tiempo pasado fue... anterior

No conviene anclarse en el pasado, pero tampoco hay que vivir de espaldas al mismo. “La nostalgia es un error” se titulaba uno de los libros más celebrados del recientemente fallecido José Luis de Vilallonga. Los lanzaroteños, cuando nos tropezamos de tarde en tarde con viejos amigos o conocidos que han vuelto a la isla para revivir o recordar sus raíces, vemos cómo muchos de ellos se cansan al poco tiempo y desean volver a marcharse cuanto antes. ¿Qué es lo que motiva hoy ese inmediato hastío? ¿El hecho de no reconocerse ya en el Lanzarote que se dejó atrás hace quince, veinte o más años? ¿Tanto hemos cambiado que ya casi no nos reconocemos ni conocemos nuestra propia tierra?

Es un lugar común y una obviedad que a nadie escapa: el desarrollismo vertiginoso ha traído dinero y no pocas comodidades a la isla. O al menos esa fue la primera impresión colectiva. Pero ya empezamos a no tener tan claro a dónde vamos, si es que este camino nos conduce a algún sitio distinto al precipicio. Y, como empieza a no gustarnos el presente y a asustarnos el futuro -si lo hubiera-, echamos la vista atrás, “que es bueno a veces”, como decía la dulzona Karina allá por los años setenta del pasado siglo y milenio en su canción “Buscando en el baúl de los recuerdos”. ¿O acaso es casual que ahora haya resurgido con tanta fuerza fenómenos como el de las multitudinarias romerías religiosas, incluso aunque éstas de hoy en día estén claramente desnaturalizadas, falsificadas o “carnavalizadas”?

Proporcionalmente, en los últimos años se ha movido en Lanzarote mucho más dinero que en el resto de las islas de Archipiélago atlántico. Proporcionalmente, superamos al resto de canarios -e incluso peninsulares- en número de vehículos por habitante. Proporcionalmente, y en buena lógica elemental, Lanzarote también registra el mayor número de accidentes y muertes en carretera, y no sólo con respecto a las otras islas, sino incluso en comparación con la España peninsular y toda Europa. Se escribe pronto y fácil, aunque sea mucho más difícil aceptarlo o nos cueste creerlo, pero son hechos. ¿Seguro que éste es el desarrollo que queríamos, o hemos perdido definitivamente el norte?

En ocasiones se nos culpa a los medios de comunicación de pesimistas, cuando no de alarmistas, sensacionalistas o amarillistas. Pero los números cantan. No son impresiones, sino frías estadísticas. Ya es una frase hecha aquella que afirma, con sobrada razón, que el pesimista sólo es un optimista bien informado. Y a lo que sí tiene derecho la sociedad, en democracia, es a contar con toda la información. Si ésta arroja una imagen en la que la isla aparece cada vez más desdibujada, más ajena, más desconocida, menos nuestra, más impersonal, no tiene sentido alguno echarle la culpa al espejo, encarnado en esta concreta ocasión por los citados los medios de información.

Es mera sandez pensar que, como afirma otra sobadísima frase sin sentido, cualquier tiempo pasado fue mejor. Pudo haberlo sido en ocasiones concretas en lugares determinados, pero no es una norma fija. En realidad, y parafraseando a los geniales humoristas argentinos Les Luthiers, cualquier tiempo pasado sólo fue anterior. No se trata de anclarse indefinidamente en el pasado, aunque no perdamos sus referentes positivos, ni de pasarnos la vida soñando con un futuro mejor. Lo que se impone es hacer que la vida merezca el nombre de tal en el presente. Y esa empresa no depende de los marcianos o jupiterinos, sino de nosotros mismos. Especialmente, de los que, por sus cargos y poderes ejecutivos, están llamados a liderar o abanderar esos mínimos cambios para convertir a Lanzarote, antes que en un frío parque temático o en una suerte de feliz pero falsa Disneylandia, en una isla que sin perder la memoria pueda verse reflejada en un presente insular que no nos cause animadversión ni a los lanzaroteños que no hemos abandonado la isla ni a los conejeros que vuelven a la misma después de años, lustros y décadas. Que nos podamos volver a mirar en el espejo, en suma, sin asustarnos de nosotros mismos y de lo que hemos hecho con esta isla que tenía -y sigue teniendo, pese a las muchísimas torpezas y desmesuras que hemos cometido- casi todas las posibilidades para convertirse en un verdadero paraíso terrenal.

Cualquier tiempo pasado fue... anterior
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