jueves. 29.09.2022

Cuando atábamos los perros con longaniza, yo celebraba los cumpleaños. Una vez me sobrevino un coma etílico, el día que cumplí 50, y una ambulancia me trasladó a urgencias, en el Puerto de la Cruz. Conmigo en la ambulancia iban, además de dos sanitarios, Juan-Manuel García Ramos, Aurelio González y el pobre Agustín Acosta. Que ni chiquita escolta. La cosa no fue a mayores y sobreviví, a pesar de ellos. En otra ocasión lo celebré en el Parque Marítimo y asistieron la sin par Celia Cruz y su esposo, Pedro Knight. Creo que ahora me van a regalar un recuerdo suyo, de Celia, si me hace la merced Omer Pardillo, su último representante y heredero. Otras fiestas de cumpleaños las celebré en el hotel Costa Salada, propiedad de la familia Zárate, en las costas de este Norte. Acudía todo el mundo y actuaba la orquesta de Toño, con la que canté una vez –a dúo con Pedro Rodríguez Zaragoza, que es profesor de inglés y no sé qué del CD Tenerife-, My Way, la melodía más famosa de Frank Sinatra. La letra en inglés la lleva Pedro siempre en una chuleta, bien guardada en su cartera, por si se da la oportunidad de entrarle a la melodía. Aquellas eran fiestas maravillosas. Ocupábamos todas las habitaciones del hotel y los últimos de Filipinas, a las cinco de la madrugada, terminábamos en el karaoke, medio borrachos y agotados, pero al pie del cañón. Tito Díaz, el galeno de Güímar, se empeñó en una ocasión en organizar los fuegos artificiales y casi quema el hotel y sus aledaños. Mi padre había hecho arder una palmera en Ten-Bel en otro de mis cumpleaños, creo que en el de mis 40. A mi padre le encantaba un foguete, como a toda la gente del norte de la Isla. ¿Y por qué les cuento yo todo esto ahora, coño?

Publicado en Diario de Avisos

Mis cumpleaños
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