jueves. 29.09.2022

Estoy en casa, esperando. Tengo 72 años, aunque no lo parezca, y no siento ningún síntoma de la enfermedad. Tomo pastillas para la diabetes tipo 2, para la hipertensión y para el corazón, aunque un cateterismo reciente –e innecesario– resultó altamente tranquilizador. Mis enemigos se van a chupar los dedos, pero es la puta verdad. Descuiden porque, con los tratamientos, ni soy diabético, ni hipertenso y mi corazón anda como una puncha. Llevo en casa 19 días, desde que regresé en barco desde Huelva. No tengo contacto con nadie y sólo he salido a la calle, como creo que ya he dicho, para ir al cajero, a cinco metros de mi puerta. Dos veces y de madrugada, para evitar a personas. Con guantes. Se está tratando a los enfermos con cloroquina, que es un fármaco contra la malaria. Su principal productor es la India, que ha parado las exportaciones. Algunas personas han hecho acopio del medicamento en las farmacias hasta agotarlo en las cooperativas. Si leo los periódicos digitales, me indigno. Si enciendo el televisor, la rabia aumenta. Veo desolación, impotencia, tertulianos disparatados, decisiones precipitadas, incapacidad, rostros desencajados de quienes no saben qué hacer. Escucho aplausos a las siete de la tarde y sirenas de policía como homenaje a los que luchan en la trinchera, no en los despachos. Y espero, sólo espero. No sé a qué, si a tocar un picaporte y llevarme la mano a la nariz y contagiarme o a que pase esta pesadilla. Pero me da que todo va mal, que el pico no llega y que esto va para largo. P.D.- Acuso recibo del recadito del Gobierno de Canarias sobre lo que dije de la inoportuna subida del 2% en los sueldos de sus miembros. Creo que, como gesto, el Ejecutivo y sus altos cargos deberían renunciar al premio. Los demás, no. ¿No lo entendieron acaso, listillos?

Publicado en Diario de Avisos

Espera, espera
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