jueves. 29.09.2022

Los que nos ganamos la vida contando la nuestra propia abandonamos el pudor de manera temprana. Para ello, hace falta una buena dosis de cinismo y de capacidad para burlarse de uno mismo, que vienen a ser lo mismo. De la misma manera que todas las novelas, en sus escenarios o en sus personajes, tienen mucho de autobiográficas, el artículo –para algunos, género menor- tampoco es fácil y muchas veces refleja la vida de quien lo firma; de manera consciente o inconsciente. Confieso que muchas veces me he encontrado con dilemas profesionales que solo el tiempo y el estado de ánimo pudieron resolver. Por ejemplo, ahora. A las puertas de unas elecciones, no sé si vale la pena hacer apología de persona o grupo, de idea o de comportamiento. Cada vez me interesa menos lo que hacen los demás y bastante tarea tengo con lograr mi propia supervivencia. Me he convertido en un hombre indulgente y poco preocupado por la unidad de destino en lo universal que es España, como me parece que la definía el invicto caudillo de la voz de vice tiple. Me da igual casi todo y me importa un pito quién gane el domingo, y más si sé positivamente que gobernar es casi imposible y que lograr una mayoría coherente será tarea de titanes. Por eso, en el diario de mí mismo de cada día pueden sobrevenir incoherencias, pensamientos contradictorios y banalidades, todo en el mismo paquete. Cuando César González-Ruano se confesó a medias en un diario íntimo, su éxito estribaba en el relato de sus numerosas enfermedades, que le convertían en un hombre con una mala salud de hierro. Nadie como él le sacó billetes a sus propias vivencias, adicciones y dolencias, tan ligeras como bien contadas. Al fin y al cabo, la sacrosanta tarea principal de un columnista es entretener. Mucho más que formar o informar.

Publicado en Diario de Avisos

El diario de uno mismo
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