jueves. 29.09.2022

En España han votado siempre los muertos. No digo yo ahora, que existe más vigilancia electoral, pero cuando la oprobiosa –y mucho antes- era costumbre. “No hay nada más respetable que la voluntad de un muerto”, decía Julio Camba en sus Crónicas Parlamentarias, en 1907. La costumbre se ha extendido y ahora en Venezuela votan los muertos, cuando toca; incluso creo que hasta Zapatero. También decía Camba en sus Crónicas, y eso que Maduro no había nacido, que el cacique es un organismo refractario a la poesía. Lo ha sido siempre y lo seguirá siendo. Muertos y caciques conforman el jolgorio electoral chimbo, que parece ser moneda común allende los mares, como lo era aquí cuando no existía vergüenza democrática. Aunque, si nos ponemos rigurosos, me parece que ahora tampoco se ve mucho de eso. No cesa el baile de la relación con Venezuela, un país desconocido por España y tan querido por Canarias. Franco tuvo la inteligencia de colocar en Caracas a un embajador canario, como fue don Matías Vega Guerra. Y Felipe González también, que puso en el sitio adecuado a nuestro Alberto de Armas, aquel amigo que me mandó el coche oficial al Tamanaco para comer con él en la embajada. Qué tiempos; y otros, como cuando Carmelo Rivero y yo fuimos a cubrir las últimas elecciones democráticas que ganó Carlos Andrés Pérez. Todavía recuerdo al periodista Nelson Bocaranda imitar en la televisión el gesto habitual del vencedor, cuando no se podía dar a conocer aún el resultado electoral. Entonces no hacía falta que votaran sino los vivos, aunque si ahora votaran los muertos de Maduro, el bruto cacique ganaría por goleada. Que venga Zapatero a hablarme a mí de Venezuela, cuando resulta que me sé su historia mejor que la de mi propio país. Me la contó mi amigo, el chófer del general Gómez. Muerto también.

Publicado en Diario de Avisos

Cuando votaban los muertos
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