miércoles. 17.08.2022

Mandarse postales no es una tradición tan antigua como podríamos pensar. La costumbre se popularizó en el último tercio del siglo XIX con la mejora de los medios de impresión. Al principio, el dorso solo tenía espacio para los datos del remitente, pero con el siglo XX se dividió en dos partes y en la mitad izquierda quedaba ya espacio para un breve mensaje (el tamaño hasta los años 60 era 9 cm x 14 cm). La cara era casi siempre una imagen y la mayoría de las veces, una fotografía.

El siglo XXI vio su declive, y parecía que los nuevos medios digitales iban a arrojar al baúl de la historia a la vieja postal. Sin embargo, fue ese arrinconamiento el que la convirtió en un objeto de culto. La gente las colecciona como reliquias del pasado (los historiadores, de hecho, las estudian, para comprobar cómo era la vida cotidiana); y ahora hay mucha gente que se dedica al diseño e impresión de postales, en imprentas como ésta. Te vamos a contar por qué tienes que seguir enviando e imprimiendo tus propias postales.

Es algo personal

Curiosamente esto ha cambiado. Antes era síntoma de que no habías tenido tiempo de sentarte a escribir una carta “como Dios manda” y simplemente habías ido a la tienda más cercana y elegido una imagen típica del sitio en el que estabas; ahora implica una decisión personal: tienes que cavilar sobre un diseño o una fotografía, elegir el tipo de papel, imprimirla, pensar un texto apropiado, etc. Todo eso dice mucho de ti: de quién eres, cómo haces las cosas, de tu caligrafía y, quizás lo más esencial, la importancia que le das al destinatario. El que recibe una postal “personalizada” no reacciona igual que, por ejemplo, con un correo electrónico.

Es un objeto al servicio de la memoria

Esa persona que recibe tu postal obtiene algo, una cosa. La puede tocar, puede apreciar la calidad de la fotografía, el tacto del papel, el olor, el sello (y el matasellos). Las postales adornan las casas, algo contra lo que no puede competir las imágenes digitales, y se pueden coleccionar. Por ese carácter objetual despiertan la memoria y las emociones: de los sitios en donde hemos estado y de la persona que nos la envió. Una postal es el vehículo privilegiado de la melancolía.

Pone a prueba tu creatividad

Internet y las nuevas tecnologías han puesto en tus manos herramientas para desarrollar tu capacidad de invención. Ya no existe la excusa aquella de que “soy muy torpe”. Con la ingente biblioteca de imágenes y de fotografías que te proporciona Google, y con unos conocimientos básicos de Photoshop, puedes abrir la puerta de tu imaginación y dejar salir de ella todas las cosas que quieres expresar. Todos los procesos que implican hacer una postal, desde la creación de la imagen hasta su impresión, llevan tiempo, y eso es precisamente lo que afila y desarrolla tu creatividad.

Mejora tu escritura

La virtud de la postal como escuela de redacción radica precisamente en su limitación espacial. Esto te obliga a pensar previamente qué es lo que quieres decir (qué es lo esencial y qué lo accesorio), y sobre todo te hará que seas muy preciso pues no puedes borrar. Le escribes a alguien real, que va a tener tu escrito en sus manos, así que no solo hay que cuidar las palabras, sino también prever los sentimientos que dichas palabras desencadenarán. Y por si esto fuera poco, escribir a mano, una postal o una carta, mejora la capacidad de ordenación, estructuración y exposición de lo que piensas y de lo que sientes.

Diseñar, imprimir y escribir tus propias postales es un acto de creación y de comunicación personal: no renuncies a ese placer.

La postal: una imagen que siempre da la mejor impresión de ti
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