jueves. 29.09.2022

Es como una maldición, pero el Carnaval siempre trae mal tiempo. A la pertinaz sequía, tan dura como las de los tiempos de Franco, se une ahora un siroco molesto y no descarten ustedes que descargue un diluvio, aunque no esté previsto. Las ganas de divertirse que tiene la gente las para el tiempo, año sí, año también. Yo me quedo en mi casa, primero por la convalecencia de Mini –esta vez ha sido una operación de útero y ovarios, con éxito— y segundo, por la falta de aparcamientos. No hay quien se mueva con el coche y lo mejor es dejar quieto el vehículo de cada cual y moverse uno a pie. Me han invitado a Panamá, para conocer los proyectos de una compañía aérea de ese país; y voy a ir. No conozco Panamá. Pero eso será en mayo, después de la Semana Santa, que es la época en la que yo me quito los calcetines. Me dicen que en Panamá todo el mundo viste guayabera y luce sombrero blanco, que se denomina igual que el país, pero los mejores se fabrican en Ecuador. Juan-Manuel García Ramos me regaló uno de calidad, que tengo colgado en un perchero, a la espera de que salga el sol. Estoy leyendo las Memorias del conde de Romanones, que en 1906 vino a las islas como ministro de jornada de don Alfonso XIII. Cuenta que le concedieron la Gran Cruz del Mérito Naval por haber desembarcado en El Hierro a lomos del alcalde de Valverde. ¿Y por qué no se la concedieron al edil? Romanones es gracioso en el relato y sus Memorias muy reveladoras. Fue un político liberal correoso, cojo tras un accidente de calesa y con una vida pública interesante. Creo recordar que murió en 1950, a edad avanzada. Y contó muchas cosas para entender una época.

Publicado en Diario de Avisos

Viento o lluvia, como siempre
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