miércoles. 17.08.2022

No sé si será que estoy pasando algo de hambre, pero el aislamiento me ha vuelto mi cuerpo un tanto colgajoso. El grosor de los brazos ha disminuido, he perdido cinco kilos y me encuentro como escuchimizado. Me miro al espejo y soy otro; y quizá si vuelvo a salir a la calle no me reconozcan, lo cual sería una bendición. Las consecuencias de la cosa empiezan a ser patéticas, pero no los quiero desanimar a ustedes y a ustedas. Recibo un mensaje que dice que si las personas que no desarrollen actividades esenciales se tienen que quedar en casa, ¿por qué no se va a la suya el presidente Sánchez? Las fake news se apoderan de las redes y reinan en ellas como demonios desatados. No hay una noticia que aliente, aunque existen motivos para ser optimistas. Se va venciendo lentamente a la enfermedad. Y un amigo, eso sí de letras, me asegura que los científicos son unos fantasmas que se pasan el día investigando para nada, porque no son capaces de matar una mala gripe. Este Gobierno no tiene fundamento ni para elaborar un decreto de aislamiento. El último es tan confuso que espanta. Y un confidencial informa de las discusiones, a grito pelado, entre la reina madre y la nieta del taxista y entre el emérito y su hijo, que se le echó a llorar. Cuando un rey llora, como Boabdil el Chico en Granada, mal tiene que estar la monarquía. Se la han cargado entre el virus, la ambición y los comunistas, que son tres virus. Yo sigo aquí, solo en casa, aunque de momento sin ladrones tontos a los que machacar. En USA ha entrado el pánico y los yanquis compran armas a troche y moche. Ellos todo lo arreglan a tiro limpio. Pronto empezarán las balaceras. Ay, Dios.

Publicado en Diario de Avisos

Solo en casa
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