jueves. 29.09.2022

Creo que ya les conté que cuando murió mi padre encontramos en su casa un armario lleno de billetes de lotería, ya caducados. Yo no sé si él creía que el destino, el tiempo o alguna otra fuerza poderosa alteraría el designio de los sorteos celebrados hasta volverlos premiados y por eso los guardaba. Lo cierto es que mi padre no fue nada afortunado en los juegos de azar, como tampoco lo soy yo. Era tal la afición de mi progenitor por ellos que ya una vez les conté que le pagaba al lotero, que se llamaba Domingo y era de Icod, con letras de cambio de 100 pesetas, que el lotero negociaba con el banco. Domingo venía a casa con una maletita de madera que tenía en su lado principal la reproducción de un premio gordo que él decía que había dado, en la noche de los tiempos. Llevaba siempre corbata negra sin ajustar al cuello y una chaqueta liviana gris de entretiempo; era calvo, sudoroso y afable, siempre con una sonrisa en los labios. Viajaba en la guagua o con algún conocido que lo traía al Puerto cada mañana, donde vivía lo más principal de su clientela. Cada distrito, cada pueblo, tenía un lotero. Quiero recordar que Domingo tenía fama de no haber dado nunca un premio, a pesar del reclamo de su maletín, y por consiguiente mi padre sufría igual destino: no tocarle jamás la lotería. Una vez, mi padre se vio agraciado con 90.000 pesetas de los ciegos y se gastó el dinero en un solo día, no me pregunten en qué. Pagaría pufos. Por muy poco que te toque, la lotería te hace feliz por lo inesperado del óbolo. A mí me salen 30 euros de un reintegro y doy saltos de alegría, porque no los espero y la benevolente incertidumbre se convierte en motivo para seguir jugando. Y eso.

Publicado en Diario de Avisos

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