Tras los dos terremotos del pasado 24 de junio en Venezuela, el ángel de la guarda global, compungido, hizo una declaración de amor a la desolada nación sudamericana: “Estaremos allí para nuestros nuevos y grandes amigos”. Por supuesto que hace falta, y mucha, la solidaridad de los pueblos del mundo y se agradece el trabajo de los rescatistas y la movilización internacional de estamentos gubernamentales y no gubernamentales ante una tragedia que todavía ni siquiera es posible dimensionar en toda su magnitud, pero lo que sobra y chirría es la mordacidad trumpista que hace increíble el sentido de su mensaje.
A estas lágrimas de cocodrilo del presidente Trump se sumó su secretario de Estado, Marco Rubio, anunciando “el despliegue inmediato de equipos de búsqueda y rescate, recursos médicos y asistencia humanitaria a Venezuela”. Un reptil habla de “nuevos y grandes amigos” y otro de “asistencia humanitaria”. ¡Vaya dos!
Suena bonito, pero hay un gran ‘pero’ que no puede pasar desapercibido. Estados Unidos impuso, y mantiene desde los inicios del 2000, la aplicación de medidas coercitivas unilaterales (MCU) contra Venezuela y otros países en vía de desarrollo, sanciones económicas que, junto a la guerra, constituyen el eje principal de su política exterior.
Venezuela es el tercer país del mundo con más sanciones impuestas especialmente por Estados Unidos y la Unión Europea, son 1.088 sanciones que durante los últimos diez años vienen castigando al país. Las MCU impactan sobre la gente de a pie, empresarios, sectores financieros y el propio Estado. Son los otros misiles, material de guerra silencioso, que frenan el desarrollo, aumentan la pobreza y pretenden provocar descontento entre la población como estrategia para tumbar gobiernos incómodos, apropiarse de los recursos naturales de los países que agreden y ganar posicionamiento geopolítico. Cuba sufre ahora el recrudecimiento del brutal embargo económico impuesto por USA desde los años sesenta.
Y qué decir del genocidio en Palestina y los viles propósitos expansionistas de Israel y USA que vislumbran Gaza como un suculento resort, la “Rivera de Oriente Medio”, dice Trump. Aunque podamos llegar a normalizar más de 75.000 muertos en Gaza, no olvidemos, por favor, que el genocidio se mantiene en Palestina. No podemos ni debemos pasar página. Israel sigue además poniendo trabas para impedir la asistencia alimentaria y sanitaria de ONGs.
Cuando los cocodrilos hoy salen a llorar por el pueblo venezolano, cuesta creer que sus lágrimas sean de verdad. Cuesta creer sus mensajes efectistas que juegan con las circunstancias de una nación abatida y la emoción global. Cuesta creer a los cocodrilos cuando ellos y sus aparatos mediáticos convierten la tragedia en espectáculo para rentabilizarla políticamente.
Machacaron a la República Bolivariana de Venezuela, que no era propiedad del comandante Chávez, ni de Maduro, ni ahora lo es de su amiga Delcy Rodríguez, sí, su amiga, para pesar de María Corina Machado. El país no solo es el Palacio de Miraflores y de los inquilinos que lo ocupan, el país son casi 27 millones de personas repartidas en más de 916.000 kilómetros cuadrados, ciudadanas y ciudadanos de todas las ideologías políticas, negros y blancos, creyentes y ateos, todas y todos sufridores de las sanciones económicas.
Presumir y vender acciones humanitarias en beneficio de supuestos “amigos” es de hipócritas. ¿Por qué, además de ofrecer y concretar sobre el terreno ayuda técnica y humanitaria para paliar los efectos devastadores de los terremotos, no suprimen de un plumazo todas las sanciones económicas impuestas a Venezuela?
Viendo semejante catástrofe producida por un fenómeno natural, con cientos de muertos y miles de heridos y desaparecidos y viendo toda la destrucción material, duele y entristece más que la mente perversa y la acción humana irracional y desproporcionada sean capaces de multiplicar indefinidamente el horror como está sucediendo ahora mismo en Gaza. Vidas humanas que nunca se recuperarán, personas tocadas para siempre y reconstrucción material onerosa e incierta.
Como colombiano y como residente en Canarias, dos tierras históricamente ligadas a Venezuela, a su cultura, economía y a los movimientos migratorios en ambas direcciones, pueblos con estrechas relaciones de cooperación y amistad, lamento este momento tan delicado que padece su gente, y eso, sin poder alcanzar a concebir la angustia de las personas afectadas y de quienes en la distancia sufren el dolor de sus connacionales. Mucha fuerza Venezuela.
