De un tiempo a esta parte ha quedado claro que hay que hacer algo con el comportamiento que se produce por parte de no pocas personas que acuden a las competiciones teóricamente para disfrutar del deporte base. El peor ejemplo sin duda está en el fútbol, donde día sí y día también se ve a amigos o familiares de los jugadores (principalmente padres pero cada vez más madres) que van a los partidos simplemente para montar follón o para descargar todas sus frustraciones: o la pagan con los jugadores rivales, con los entrenadores rivales, a veces incluso con los de su propio equipo, o lo hacen con los árbitros.
Los colegiados, mujeres y hombres que se dedican al noble y complejo arte de impartir justicia en un terreno de juego, están acostumbrados a casi todo, especialmente a las faltas de respeto y a los insultos. Por eso parece necesario que se hagan campañas de concienciación para evitar no sólo la violencia física, que también se produce, sino la verbal.
Dentro del colectivo arbitral, donde entrenan a su gente con el libro de usos y costumbres del Santo Job, hay un colegiado muy particular; se llama David Martín Guillén y pertenece a la Federación Interinsular de Fútbol de Las Palmas en su Delegación de Lanzarote. ¿Qué le diferencia del resto? Principalmente una cosa, que se cansó en su día de que se metiera en el mismo saco a todo el mundo y que se generalizara al hablar de que todos los públicos son iguales: ni todos los árbitros son iguales ni todos los aficionados lo son.
Por eso, desde hace un tiempo, como se ve en este vídeo de principio del mes de junio y como se vio este sábado en el mismo estadio, el de Costa Teguise, David Martín se dirige a la grada cuando su comportamiento ha sido bueno y les muestra una tarjeta verde.
La primera vez que lo hizo el público se quedó sorprendido y extrañado; ahora, poco a poco se está haciendo reconocible su curioso método y la gente ya lo entiende. Para su desgracia, no siempre tiene oportunidad de sacar su ya famosa tarjeta verde, aunque parece dispuesto a no rendirse hasta lograr que ese pequeño gesto, ese símbolo, sirva como pequeño grano de arena que contribuya a formar una montaña que cambie las cosas. Porque las cosas deberían cambiar.
