miércoles. 17.04.2024

El docente y la docencia

Puede que las redes sociales permitan una comunicación rápida, ágil y coloquial; pero para que la gente se
sienta acompañada y bien, es fundamental el rol de los docentes en la educación del mundo. Son ellos quienes han de
formarse continuamente, entusiasmar a los alumnos y conducirlos a entender la vida, no como un cúmulo de
conocimientos únicamente, sino más bien como un sumatorio de principios y valores, que es lo que nos hace
sentirnos a gusto con nosotros mismos, crecer en creatividad y en sabiduría conjunta. Precisamente, hoy más que
nunca hace falta alumbrar en la belleza, ya que andamos necesitados de ese espíritu armónico para pelear por la
existencia; pues es un hecho que, los cultivos de la estética: ética/moral, configuran las sociedades haciéndolas más
humanas.

En efecto, la docencia en todos los países se ha enmarañado mucho, y el mundo vive un déficit de
auténticos pedagogos, muchos de los cuales ya no sabe ni qué enseñar, ni cómo forjarlo, ni a quién hacerlo. Cuando
se pierde la autoridad y todo se mezcla al capricho del poder, resulta difícil hasta enderezarse uno mismo. Se
adoctrina más que se reprende, y así resulta difícil convertirse en un solidario ser humano, para modificar actitudes y
convertirnos en ciudadanos de bien, en individuos de palabra, que saben practicar el corazón con la cabeza. Quizá,
por ello, la cultura que más urge en el planeta, sea la de despertar la pasión por crecer internamente, en el sentido de
saber comunicar coherentemente lo vivido, para tutelarse uno así mismo, pero también para templar el alma ante las
dificultades diarias.

Sea como fuere, la educación es siempre un acto vital de continuidad y subsistencia que mira al futuro con
esperanza. De ahí, la importancia del docente y de la docencia, en los esfuerzos por una alianza educativa mundial, a
fin de que los pueblos se entiendan mejor entre sí y sean capaces de superar divisiones, reconstruyendo relaciones
para que pueda crecer en el mundo la comprensión. No olvidemos jamás, que se convence y se vence con el diálogo y
con la acogida se abren todas las puertas, enraizando los más sublimes avances con el abrazo permanente. Por eso, en
este momento tenemos que hablar de los fracasos, de la necesidad de esa emergencia instructiva e integradora, sobre
todo a la hora del discernimiento, del significado mismo de la verdad y de la bondad. En el fondo, hay un problema
de afectos y efectos que nos llevan a dudar todos de todo, hasta convertirnos en borregos, con mucho aprendizaje,
pero con poco ejercicio de la mente para reflexionar.

Repensar nunca viene mal. Tampoco situar al ser humano en el centro de todo proceso vivencial, lo que
conlleva saber escucharse y quererse, desde el respeto más absoluto y la consideración de la autocrítica. Si en el
pasado nos formábamos en un estilo de vida productivo, en la actualidad además debe ser sostenible, y el docente
aparte de darle una misión humanista debe reconsiderar la obra didáctica como algo que consiste en saber usar
responsablemente nuestros talentos y habilidades, de manera que seamos capaces de vivir en familia y para la
sociedad, en ese bien colectivo, al que todos tenemos el deber de aportar nuestro espíritu solidario, tras unir voluntad
con veracidad. Debemos hacer, por consiguiente, que este mundo que se nos ha quedado pequeño, crezca en
conciencia de unidad y unión, más allá de nuestros egoísmos, que suelen hacernos esclavos de nuestras propias
miserias.

En cualquier caso, y a poco que naveguemos con la mirada por nuestro alrededor, nos daremos cuenta que
la labor del docente no es nada fácil, se trata de impartir una docencia, ya no únicamente para que no se pierda un
solo talento por falta de oportunidades, sino también para mejorar la convivencia y adquirir razón de la justicia, con la
libertad que esto supone, de volar responsablemente en todos los campos de combate del pensamiento humano.
Indudablemente, hacen falta maestros que viertan amor en cada palabra que pronuncien y programas que nos
universalicen en la estima de la sensatez, sin obviar el modo de estar y de ser más luz que sombra. Al fin y al cabo, el
amor que pongamos en todo va a ser la llave que nos lleve al gozo o al sufrimiento. Por desgracia, aún nadie tiene la
cátedra viviente consolidada. Sí, aún estamos todos de aprendices.

El docente y la docencia
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