Estamos profundamente absorbidos y gratamente sorprendidos por el extraordinario papel de nuestra selección en el Mundial de futbol de 2026. Como también en la Eurocopa en 2024, y del Mundial en Sudáfrica en 2010. Especialmente son representativos de estos eventos respectivamente los goles de Iniesta, Lamine Yamal y ahora mismo Ferrán Torres.
Uno de los momentos, que más me han interesado siempre, durante los partidos es cuando suenan los himnos nacionales. Algunos son extraordinariamente emocionantes y muy atractivos musicalmente, como los de Italia, Inglaterra, Francia o Alemania. El de España me resulta poco atractivo musicalmente, ya que además ni siquiera tiene letra. Mientras suenan los himnos nacionales además de la emoción que transmiten los seleccionados, me impacta observar a miles de aficionados, de todas las edades, con gran explosión de banderas, profundamente emocionados, algunos llorando o con los ojos cerrados. Son momentos de gran exaltación nacionalista. Sobre esta cuestión, la importancia del fútbol, como instrumento muy eficaz a la hora de propiciar el sentimiento nacional tratan las líneas siguientes.
Resulta muy interesante el concepto de “nacionalismo banal” de Michel Billig. El nacionalismo dominante en los Estados constituidos, como España, es banal en el sentido de que está por todas partes, sin que nos demos cuenta de ello. Desde niños a través de la familia, la escuela, el deporte-especialmente con la selección nacional de fútbol-, los medios, la cultura crean y refuerzan el sentimiento de nuestra pertenencia a la nación española. Y ello acontece de una manera banal, sin darnos cuenta de ello, lo que no significa que no sea importante. En realidad, su banalidad es su fortaleza, que consiste en que los individuos hagan y piensen, en determinadas circunstancias, lo que el Estado espera de nosotros, sin necesidad de darnos órdenes ni instrucciones. Y un concepto tan claro, estudiado a nivel académico, como el de “nacionalismo banal”, al pasar al ámbito político, mediático y social ha acabado perdiendo el significado que tenía. Y así ese nacionalismo es tan banal que se considera insignificante, de poca entidad o importancia. Y al ser de tan poca entidad, ya no se considera realmente nacionalismo. Y dentro de ese nacionalismo banal cabe citar el deporte y, especialmente el fútbol. Cuando asistimos a los partidos de la selección española de fútbol en el Mundial, se ha producido un ejercicio de nacionalización, sin que nos apercibamos de ello, por lo que es muy ajustado el término de nacionalismo “banal”.
El deporte contribuye a generar creencias, imágenes e identidades colectivas en torno a la nación. El fútbol tiene la capacidad de sintetizar y concretar en una bandera, en unos colores, en una camiseta y en un escudo portados por once futbolistas, los principales símbolos de una nación. Por otra parte, si algo caracteriza al nacionalismo de masas es la carga emocional que las personas invierten en la causa para defender sus símbolos y creencias. Y si algo caracteriza al deporte en general y al fútbol en particular, es la inversión, emocional, la pasión, que aficionados y no tan aficionados expresan ya sea en los propios terrenos de juego, en los bares, o a través del consumo habitual de diarios deportivos, los cuales tampoco escatiman esfuerzos en exaltar esos sentimientos. Nada más hay que escuchar las retransmisiones televisivas o radiofónicas, y las portadas de los diarios, deportivos o no. El sentido emocional del deporte combina perfectamente con la adhesión identitaria a unos colores y si además esta adhesión es inquebrantable, probablemente implique una manifiesta desafección hacia “otros” colores como refuerzo y vigilancia de la identidad propia, del límite entre el “nosotros” y el “ellos” (o el “a por ellos”). Gerald Ford, el 38º Presidente de los Estados Unidos de América declaró que “un acontecimiento deportivo puede servir a una nación tanto como una victoria militar”, lo que da idea de la importancia que tiene el deporte de masas. Por tanto, el fútbol y la política son “inheremente indistinguibles”. Finalmente, la trascendencia que tiene el fútbol como creador de identidad simbólica y emocional en comparación con otros deportes, se debe al poder de los medios de comunicación como difusores de las formas simbólicas asociadas al fútbol.
Siendo el fútbol tan importante a la hora de generar un sentimiento de pertenencia a una nación, sorprende tanta reticencia por la academia a su estudio científico, debida a diferentes razones. Los científicos sociales han marginado el fútbol como campo de investigación y, en el peor de los casos, algunos de los que han osado abordar su estudio han podido sentirse víctimas de estigmatización académica. Algunas razones que explican semejante concepción negativa han sido el ver el fenómeno futbolístico como una fuente de alienación y de uso instrumental del mismo por parte del Estado capitalista y de diferentes regímenes totalitarios. Buena parte de esta visión ideologizada del deporte está fuertemente arraigada a los planteamientos que, desde el materialismo histórico, juzgan el fútbol como el opio del pueblo al servicio del Estado y ven en su industria un instrumento que refleja fielmente las categorías del sistema capitalista. Como también el ser considerado el fútbol una actividad pueril, estúpida y poco estética, y, a veces, violenta.
Sin entrar en más profundidades lo que es un hecho incuestionable es que los goles de Iniesta, de Lamine Yamal y de Ferrán Torres han contribuido y lo siguen haciendo a fomentar un nacionalismo español que podría calificarse de “banal” ya que refuerza nuestro sentimiento de pertenencia a la nación española, sin darnos cuenta de ello. Nada más hay que observar la auténtica explosión popular de alegría que se ha producido por toda la geografía de España tras la victoria sobre Argentina, incluidas las comunidades autónomas que tienen sentimientos nacionalistas o independentistas.
Por lo expuesto parece claro que el futbol ha contribuido mucho más a la hora de fomentar un nacionalismo español no excluyente, que la mayor parte de nuestra clase política desde la Inmaculada Transición. Consecuencia de las dificultades objetivas o de la indigencia intelectual respecto al hecho nacional de las élites que hicieron la Transición, poco importa—, el régimen político nacido de la Constitución de 1978 abandonó casi por completo cualquier proyecto de construcción nacional e hizo suyo el relato de una nación española a la defensiva, laminada entre proyectos de tipo centrífugo y un horizonte europeo que se ofrecía como solución, pero no como proyecto nacional propio. El resultado: un acelerado proceso de desnacionalización de España y de nacionalización de sujetos políticos alternativos.
Los políticos más implicados en el diseño de la Transición en relación con el problema de los nacionalismos fue dar por hecho la existencia de una identidad nacional española de tipo esencialista como algo que se imponía por sí mismo. Error en el que por cierto no cayeron los nacionalismos periféricos que, a pesar de su esencialismo, tuvieron muy claro desde el principio que la nación había que construirla. Véanse si no las continuas llamadas de Jordi Pujol a «hacer Cataluña»; o la afirmación de Xabier Arzalluz en el Aberri Eguna de 1995: «primero hacer pueblo, luego la independencia».
