jueves 16.07.2020

Crónicas de Lanzarote

Los tonos

Me ha traído Desi, la encuadernadora, los últimos tomos de mis artículos; se trata de los originales encuadernados. Al mismo tiempo aproveché para encuadernar la separata editada hace años por la Universidad de La Laguna de cuando mi hija María Eugenia ganó el premio González Vicén por un trabajo sobre el delito informático, en su último año de la carrera de Derecho. Es bonito tener localizado todo esto y espero que mis hijas sepan conservar los tomos con mis artículos, por si alguien quiere investigar sobre ellos. No están todos, porque en ocasiones no fui cuidadoso en su custodia; pero para eso están las hemerotecas. Sí están mis artículos infantiles, aquellos de los 60. En todo caso, he guardado documentos importantes, que están protocolizados y archivados en una estantería completa del despacho. Yo lo guardo todo, pero no ha sido así siempre. Me he desprendido de algunas cosas que tendrían que estar conmigo, aunque la mayoría de ellas sí las conservo, o están en poder de la familia. Hay un programa en la televisión, llamado Los caza tesoros, que me recuerda a mí mismo, coleccionando todo lo coleccionable. Cosas obtenidas en los mercadillos del mundo que no tienen valor material, pero sí sentimental y, si quieren, histórico. Yo he sido un caza tesoros y no hay nada como lo antiguo para crear belleza donde quiera que coloques esos objetos. Desde una entrada al MOMA para ver al Guernica hasta un pasaje a Canadá o la factura de un restaurante de La Boca, en Buenos Aires, y de la Zona Rosa de Ciudad de México. Y las facturas del Omega que compré en el Monte de Piedad de la capital mexicana y de las plumas Parker en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires. Está todo. Incluso mi viejo libro escolar, mis certificados de las universidades y un montón de cosas más.

Publicado en Diario de Avisos

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