domingo. 03.07.2022

Sueños australianos, sin trampas

Debido a todo el berenjenal articulado en Australia por el “bueno” de Novak Djokovic y sus asesores, descolgué el teléfono para sondear el ambiente en el país de los aussies llamando al bueno de Juan Pablo Salebe, un joven de mi familia de 25 años de edad que vive allí desde hace dos años largos, actualmente asentado en el suburbio de Albert Park de ese monstruo de ciudad multicultural de unos 5 millones de habitantes que es Melbourne, justo la sede del Abierto de Australia donde el número uno del tenis mundial pretendía ganar su décimo torneo australiano, el Grand Slam que mejor se le da, y conquistar este inicio de 2022, eso sí, por encima del bien y del mal, su cuarto título consecutivo en la pista del Rod Laver Arena, escenario de la finalísima donde Juan Pablo trabajó hasta finales de diciembre en el montaje de luces y pantallas para una empresa organizadora de eventos que presta servicios al Open.

Como en el tenis, las reglas son las reglas y quien no ostente el certificado de vacunación no recibe la acreditación que le permite acceder a trabajar en este recinto. Y a trabajar también fue el serbio soberbio que se plantó en Australia sin vacunarse contra el covid por muy estrella que sea; consecuencia: detenido, con visa retirada y deportado con una manda de argucias a su espalda que enlodan su buen nombre como deportista.

Es verdad que hubo un momento de la polémica en el que Djokovic avivó el movimiento australiano y mundial antivacuna, hasta fue presentado como un héroe internacional y comparado con Jesucristo por su padre, pero el globo se desinfló cuando salieron a la luz pública sus trampas y mentiras construidas para poder participar a toda costa del torneo intentando eximirse de la obligatoriedad de la vacuna.

Si antes de la pandemia ya era más que conocida la restrictiva política migratoria de Australia, ahora es casi imposible trabajar si no estás vacunado con la pauta completa, como es prácticamente imposible permanecer sin papeles en el país. Me cuenta Juan Pablo que en el listado de quehaceres productivos casi que no hay excepciones para ejercer actividades en distintos sectores de la economía sin vacunarse.  Hubo extranjeros a los que la pandemia los pilló fuera de Australia y con el cierre de fronteras no pudieron o les fue difícil regresar, de allí el cabreo justificado de muchos ‘cristianos’, señor Novak.

Los sueños australianos y en cualquier parte del planeta cuestan sin trampas, lo sabe perfectamente el tenista a quien nadie le ha regalado su impresionante palmarés fuera y dentro de Australia, pero ahora no es precisamente el mejor de los ejemplos a enseñar.

Hay mucha gente que lucha por sobrevivir, así sueñan “los nadies” con salir de pobres, como decía el escritor Eduardo Galeano, y muchos apasionados regados por el mundo que sueñan y hacen realidad su sueño de crecer personal y profesionalmente a pesar del respeto que infunden las fronteras. Atención juventud, que en la vida son contados los golpes de suerte y los caminos nada éticos para triunfar pueden revertirse en sendos fracasos que lastran toda la vida.

Juan Pablo y su novia Isabella García (23 años) llegaron a Australia antes del desate  mundial de la pandemia   con el claro objetivo de seguir estudiando y encarrilar su proyecto creativo que ya tiene realizaciones y nombre propio, ‘Pal mar’, dúo intérprete de pop en español e inglés, ella canta y él toca la guitarra. Son artistas y profesionales, él de la música y de la producción musical, y ella es ingeniera de sonido.

Como otros tantos jóvenes que llegan a Australia, tramitaron la working holiday, la visa  otorgada a estudiantes que les permite residir y trabajar temporalmente siempre que cumplan requisitos que varían según el país de procedencia, pero como norma general deben demostrar que tienen recursos económicos para su manutención. Juan Pablo me aclara que siendo estudiante puedes trabajar 20 horas semanales o 40 horas quincenales.

No es casual su asentamiento en Melbourne ya que la ciudad está valorada como la capital mundial de la música en vivo por la infinidad de conciertos y festivales que ofrece. Los espectáculos son un reclamo turístico, impactan positivamente en la economía y repercuten en mejores condiciones laborales para los artistas. Como Djokovic  igualmente hay mucha gente válida que sigue trabajando duro por lo que le seduce y apasiona, aunque el fin no justifica los medios, ni en el deporte, ni en la política, ni en lo que sea.

Sueños australianos, sin trampas
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