miércoles. 29.06.2022

Remembranzas carnavaleras

Por esto de la pandemia, desde que desembarqué en Lanzarote hace 20 años y medio, este 2022 es la primera vez que coinciden las celebraciones de los carnavales de mi tierra, Barranquilla, y las festividades de mi municipio de adopción, Yaiza. Los carnavales son cuarenta días antes de Semana Santa, pero en la Isla se organizan en distintas fechas por municipios para que el pueblo disfrute de unos y otros.

Barranquilla tiene una tradición carnavalera de más de un siglo de historia con origen en la fiesta que llegó al nuevo continente desde España, siendo ahora, después del Carnaval de Río de Janeiro, el más importante de América.

Por ser una arraigada manifestación cultural con fuertes vínculos en sectores populares de la población, los verdaderos hacedores del Carnaval resilientes a los embates de la privatización, que consiguió en 2003 el reconocimiento de la UNESCO como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad y de mis recuerdos carnavaleros de niño y juventud, consideré importante que mi hijo viviera de cerca dicha festividad, al fin y al cabo como canario nacido y criado en Yaiza ha crecido amamantado por dos culturas que no son nada distantes. En 2009, con poco más de cinco añitos, mi mujer y yo viajamos con él para disfrutar juntos del vacilón barranquillero.

Nuestra visita fue una visita de espectadores, con su edad no era prudente meterse en el meollo del agite en una ciudad cercana al millón de habitantes. Mi hijo quedó asombrado por la cantidad de gente reunida en el Cumbiódromo de la Vía 40, una arteria vial que acoge la multitudinaria Batalla de Flores, desfile fastuoso de cumbiambas, carrozas, danzas, comparsas y disfraces del sábado de Carnaval. Cuando participamos por primera vez de un evento se agudiza la observación y la escucha y nos quedamos con detalles que obviamos en la rutina, eso le pasó a Mateo.

No obstante, hubo tiempo para la escapada de adultos y participamos con mis viejos en la fiesta de carnaval que organiza el colectivo de jubilados del Banco de la República. Ese tú a tú familiar y entre amigos es lo que realmente me gusta del ambiente de carnaval, por eso recuerdo especialmente esa fiesta de mayores donde me la pasaba del carajo mamando gallo con los amigos de mis padres, por eso también recuerdo la fiesta en plena calle del lunes de Carnaval organizada por vecinos en el barrio Olaya, la barriada de mis abuelos maternos, con anécdotas inolvidables.

Un año de esos tiempos, mi amigo David Sánchez Juliao (q.e.p.d), escritor  y narrador oral caribeño de la cúspide literaria colombiana, me preguntó qué pensaba hacer el lunes de carnaval porque tenía pereza de ir con su pareja a una fiesta de élite del Country Club de Barranquilla al que habían sido invitados a beber whisky y bailar con orquestas en directo.

Lo invité entonces a la fiesta callejera popular y me dijo sin pensarlo que iba pa’ esa. La pasamos tan bien que después de mucho tiempo siempre me nombraba la fiesta mandando saludos a Sor Chucha, mi tío que aquella noche caracterizó a una monjita alocada que vacilaba a todo dios perdonando cualquiera que fuese el pecado.

De ese mismo barrio me vienen a la memoria los ensayos, también en la calle, de la cumbiamba ‘La Arenosa’, de la que en sus inicios mi abuelo fue un excelso bailador. ¡Qué vaina!, se me pone la piel de gallina recordando el emocionante sepelio del viejo y el homenaje con cantares y el retumbar  de tambores y el sonido de la flauta de millo en el cementerio.

Recuerdo también mis idas a fiestonononas familiares y otros bailes en verbenas y casetas de amanecida junto a un gran amigo de toda la vida, Lucho Chamorro. La tranca se nos pasaba en la búsqueda de un bendito taxi para el regreso a casa. Rememoro también las cipotes fiestas de disfraces, gratis para la prensa, el jueves antes de Carnaval, organizadas por el canal regional de televisión Telecaribe con algunas de las orquestas que luego actuaban en las principales salas de baile. Por allí pasaron Irakere de Cuba con Chucho Valdés en el piano y el merenguero dominicano Sergio Vargas, entre otros tantos. 

En la época de bachillerato, era un ritual plantarme con mis colegas en la tienda ‘La Pachanguita’  embadurnados de harina para ver la Batalla de Flores en la calle 20 de Julio, antes del traslado del desfile a la Vía 40. Recuerdo además esa fiesta con música vallenata pura y de gaitas sabaneras que organizaba la colonia sanjacintera (nacidos en San Jacinto, un pueblo del Caribe colombiano)  en el entorno de la plazoleta José Martí con la actuación nada menos que del maestro Adolfo Pacheco, juglar sanjacintero autor de la ‘Hamaca grande’ que popularizó internacionalmente Carlos Vives.

Y así suma y sigue, siempre con la gente cercana como grandes animadores de la confraternización. La fiesta de este año en Barranquilla tiene como eslogan ‘Carnaval del desquite’. A quien le gusta y disfruta la fiesta, en Barranquilla, en Yaiza o donde sea, echa de menos el vacile sin restricción ninguna, así que vamos a ver si después de este año medianamente comedido por fin volvemos en 2023 a vivir el Carnaval de siempre, el Carnaval de la gente.

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