domingo. 15.03.2026

La otra guerra

Cuando volvimos a visitar el supermercado después del covid nos encontramos con productos de consumo básico con precios por las nubes. Una lata de aceite de oliva de cinco litros costaba 40 y más euros y una de virgen extra suponía, para el que pudiese, desembolsar 65 euros.

Más de cuatro años tardaron los precios a medio estabilizarse. La especulación “por culpa del covid’ fue escandalosa, como ya está siendo desmedida la subida de precios de los combustibles a cuenta del ataque de USA e Israel a Irán y todo el conflicto en Oriente Medio.

Evidentemente, aunque Trump recree de forma cruel bombardeos y muertes en videojuegos, lo más doloroso e irreparable de cualquier ataque es la pérdida de vidas humanas y la destrucción de poblados y ciudades que, viendo las imágenes, tardarán decenas de años en reconstruirse.

La otra guerra nos sacude directamente: la inflación. Esta semana escuchaba el análisis de un experto en economía que cuestionaba la subida inmediata del precio de los combustibles en España, que no se percibe de la misma forma en Portugal, si por el estrecho de Ormuz pasa un porcentaje muy residual del petróleo que importa España.

El bloqueo del estrecho por Irán que impide el paso de los buques petroleros, agregaba, no es una excusa creíble para que en menos de dos semanas nos cueste mucho más llenar el depósito del vehículo. El litro de gasolina subió hasta un 13 por ciento mientras que el de diésel se disparó un 25 por ciento. El abuso de algunas gasolineras es asqueroso y denunciable por parte de las asociaciones de consumidores.

Y desde niños tenemos suficientemente aprendida la lección de lo que pasa cuando suben los carburantes. Si esta nueva guerra se prolonga, que tiene toda la pinta, subirán las tarifas del transporte marítimo y aéreo, subirá la comida, subirá el transporte público de pasajeros y, por supuesto, subirá la temida tarifa de la luz.

Se nos vienen curvas peligrosas como si el coste de la cesta de la compra y gastos de supervivencia no fueran ya elevados. Esta semana el presidente de Mercadona, Juan Roig, decía que su cadena de supermercados no es que quisiera subir los precios, sino que los sube por el aumento de los costes de la materia prima.

Y lo dice el pobre en un contexto de exposición de los beneficios de Mercadona acumulados en 2025, un incremento del 24,9 por ciento, nada menos que 1.729 millones de euros, un dato que tildó de “histórico”. Y Roig tiene la jeta de pedir al Gobierno una bajada de impuestos como si Mercadona y las grandes empresas fueran entidades de beneficencia. Pobres somos, señor Roig, pero gilipollas no.

Los valientes patriotas españoles que defienden la guerra ahora no saben qué decir, o sí, tonterías. O es que PP y Vox obcecados en su servilismo a Trump pensaron que la guerra en Oriente Medio no iba a impactar en la economía de los hogares.

José María Aznar, que tiene más jeta que Roig, se desempolvó el solito, relegando a un segundo plano al actual presidente del PP, Alberto Nuñez Feijóo, para dictar cátedra sobre la guerra en Irán. Así es, la lumbrera que a base de mentiras metió a España en la invasión a Irak viene a decirnos qué debe hacer el país ante este nuevo conflicto bélico. A Feijóo, que ya no respetan ni en su partido, le queda seguir repitiendo aquella histórica frase que dijo en 2023 de que no es presidente del Gobierno de España porque no quiere. Ya estamos en el 2026 y nada que quiere.

Por supuesto, y ni más faltaba, que Aznar o cualquier político del partido que sea pueda expresar libremente su pensamiento, pero nosotros como receptores de sus mensajes también nos reservamos el derecho a tolerar o no estrategias deliberadas de manipulación. La guerra también lesiona a quienes la provocan y secundan.

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