lunes 24/1/22

Y si escuchamos, un poquito, a los mayores

Con trece años llevando animales al campo y arando, con ocho cuidando niños más pequeños y hasta de su propia edad, con nueve cuidando cabras, con diez yendo a mariscar o con diecisiete de sol a sol extrayendo sal de forma artesanal, son apenas algunas de las historias de vida de personas mayores en Canarias, y seguro que en muchos lugares del mundo, que por circunstancias de supervivencia crecieron sin conocer la niñez, sin estudiar, sin jugar. “Yo nunca supe lo que fue jugar. No tenía tiempo para eso”, silencio en la sala.

Este y sucesivos sacrificios de mayores durante la juventud y la edad adulta deberían ser suficientes para despertar nuestro interés en el conocimiento de experiencias de no hace tanto tiempo que contribuyeron al desarrollo de pueblos enteros o cuando menos merecer el respeto y reconocimiento de la sociedad, no obstante, aunque sería injusto generalizar, asistimos a la función del desprecio.

Este 1 de diciembre me invitaron a moderar un coloquio de cuarenta y cinco minutos de duración participado por cinco mayores vecinos del municipio de Yaiza, transmitido por Youtube, con la finalidad de escuchar y difundir sus opiniones sobre cómo han vivido la pandemia, sus expectativas, temores y esperanzas y sus vivencias de antes y de ahora en el hogar y en comunidad.

Fue como asistir a una crónica vista y narrada a cinco voces, las voces de Edelmira Bravo, Brígida Camacho, Luciano Santana, Pablo Rodríguez e Ismael Cedrés, que contaron en primera persona su cotidianidad y la de su entorno con el valioso plus periodístico de convertir la personalización de  los hechos en información de interés general, un mestizaje inmejorable para el objetivo del encuentro.  

El trabajo para ellos fue el denominador común. Trabajar sin parar, doce, trece y catorce horas diarias. “Ahora algunos trabajan siete y se quejan”. Ejerciendo además de hermano o hermana, pero también de madre, padre o de lo que hiciera falta. Seguro se nos viene a la memoria el buen hacer de abuelos, bisabuelos o padres.

Durante el confinamiento lo pasaron regular, sin sus actividades habituales al aire libre, sin viajar, sin poder reunirse e integrarse, “sin abrazarnos”, como apuntaba Ismael. Dentro de las circunstancias, soportaron el mal trago, pero echando en falta talleres, formación, fiestas, juegos, actuaciones artísticas, deporte, lo que alimenta la vida.

Pandemia aparte, me llamó especialmente la atención la reflexión del grupo  sobre el hacer vida de relación social en el hogar y en la vecindad. “Antes había más unión. Hoy no se reúne nadie. La tele, los chicos en el móvil gran parte del día y poco más”. Sobran sillas en la mesa, dos son multitud. Es cierto que los compromisos por estudio y trabajo con horarios dispares prácticamente han anulado el acto social de sentarse a comer juntos en la mesa, pero, ¿lo hacemos cuando podemos o preferimos sentarnos frente a la tele con el plato en el sofá?

Extrañan además mayor solidaridad y cercanía. “Sabemos que los tiempos cambian, pero el problema del vecino era tu problema y si matabas un animal el vecino también comía”.  El mensaje a los jóvenes tampoco tiene desperdicio: “si no se cuidan ni ellos mismos, le vamos a pedir que nos cuiden ahora con todos los desmadres que seguimos viendo en plena crisis”. A pesar de todo, familia es familia, “y si el covid se tiene que llevar a uno de los míos, que me lleve a mi”.

Por supuesto, reconocen el trabajo solidario de jóvenes y colectivos de voluntarios que se han dejado la piel ayudando al prójimo. “Que se porten bien los jóvenes, que estudien que nosotros no pudimos hacerlo, que tienen las cosas fáciles y no las valoran”. Cantaleta que, fijo también, hemos transmitido a chicos y chicas cercanos. Gracias mayores por la lección, deberíamos escucharlos un poquito más. Además, en una sociedad multicultural, qué mejor forma de conocer costumbres, tradiciones, gastronomía y cultura de distintas regiones y países que alimentarse de quienes amontonan sabiduría y experiencia.

Y me quedo pensando que debe ser muy jodido no haber podido jugar ni estudiar o en un hecho tan visceral como tener que darle de beber a un animal que ayuda a tu subsistencia en vez de emplear la poca cantidad de agua que había para saciar tu sed o ducharte, que ya era un privilegio.

Y si escuchamos, un poquito, a los mayores
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