domingo. 27.11.2022

Cadena de irresponsabilidades

En la vida damos por hechas muchas cosas que no deberíamos. Esto es así porque nos sumergimos tanto en el día a día que nos olvidamos que mucho de lo que ocurre es porque existe una cadena de sucesos que se repiten y movilizan la acción una de la otra. Me explico mejor, para que se pueda entender el concepto de fondo.

Cosas esenciales como abrir el grifo y que salga agua, en nuestra civilización, es lo normal. Apretar un interruptor y que se encienda la luz, también es normal. Hoy por hoy es normal hasta estar conectado a internet en todo momento. La normalidad de nuestro día a día requiere de una cadena de acciones que ignoramos conscientemente, porque nos interesa. No podemos ir pensando todo el tiempo en todo lo que ocurre para que las cosas con las que interactuamos todos los días funcionen, porque nos volveríamos locos. Pero esta conciencia tomó cierta profundidad a partir de la pandemia.

Sigo explicando mi punto, para llegar a la profundidad que pretendo. El “parón” de la pandemia nos sacudió los estándares de la normalidad, y nos llevó a un plano de conciencia inédito para las generaciones más jóvenes. Nos hizo ver que nada puede darse por hecho, ya que es tan frágil todo que hace que quede en evidencia lo importante, de lo que no lo es. Privados de nuestra libertad de movimiento, aislados socialmente y con el mundo en “pausa”, tuvimos una oportunidad de oro para reflexionar y replantearnos nuestras creencias y valores profundamente. Nos emocionamos, nos solidarizamos, nos empoderamos y nos organizamos en tiempo récord. Y cuando todo parecía que iba a cambiar, nada cambió.

Durante este paréntesis temporal pudimos darnos cuenta que la “pausa de todo” dejaba en evidencia que lo esencial para la vida, aquello que seguía funcionando porque era necesario sí o sí, dejaba también en evidencia aquello que no lo era. Digamos que, guiados por los gobiernos y sus especialistas, trazamos una línea entre todo lo que podía postergarse y lo que era vital para nuestra subsistencia. Así, dejando de lado al sector de la salud por obvias razones, nos mantuvimos “a salvo” con los sectores de alimentación, farmacias, medios de comunicación y poco más, durante un largo tiempo. Esto nos debía hacer ver que había unos cuantos sectores inactivos que podíamos revisar, para mejorar cuando todo volviera a ser como antes.

Recuperada la “normalidad” de nuestro mundo, poco a poco todos regresamos al individualismo que tan bien nos caracteriza. Entre tantas oportunidades de mejorar como especie, como sociedad y como comunidad, hemos desperdiciado la gran mayoría y lamentablemente no volvimos mejores. Entre un mar de ayudas confusas y de marchas y contramarchas, todo fue volviendo a ser como era, con lo bueno y lo malo que ya traía. Y entonces, ¿por qué no hemos sido capaces de mejorar? ¿Qué nos lo ha impedido?

He aquí una conclusión que se alcanza desde un hecho aún reciente, que nos retrata como si se tratara de una fotografía, cómo es nuestra realidad. Con bastante antelación, y con una fluidez de comunicación reforzada por el hábito expandido de apoyarnos en las redes sociales e internet para informarnos, nos advirtieron de la llegada a Canarias de una tormenta tropical importante. A medida que la información nos iba llegando, nos iban detallando el panorama que se avecinaba, dando pautas de qué podría suceder y qué se iba a decidir con nuestras cosas. Otra vez nos encontramos ante un escenario no habitual, de riesgo y ante la necesidad de esperar instrucciones de nuestros gobernadores. Así las cosas, desde el Gobierno de Canarias marcaron unas pautas, alegando que en las islas más occidentales la cosa podía ser muy seria, y a 350 km acatamos sin chistar. Dirán ustedes que no debemos pretender que se deba analizar nada por expertos locales, es demasiado. Entonces toda actividad se suspendió desde el viernes previo a la tormenta, hasta el lunes siguiente, incluidas las clases para los niños y jóvenes de la isla.

Para llegar al punto al que quiero referirme, vamos a hacer el recorrido “de atrás pa´lante”. Comencemos por dilucidar ¿cómo hacen los padres trabajadores (todos los que viven en la isla) con sus hijos en este lunes “festivo” decretado por las autoridades competentes? Que por cierto, fue un lunes sin lluvia, algo gris eso sí. Rota la logística familiar, analicemos las distintas realidades. Esos padres que debieron buscarse la vida para cuidar de sus hijos en este día atípico e inesperado, no están en igualdad de condiciones con aquellos que han tomado las decisiones. Me explico mejor, que a veces no soy claro. Existen dos lados del mundo en estos casos, y me van a disculpar que sea reiterativo con esto, pero lamentablemente es así. Los sectores políticos y funcionariales disponen de una serie de contextos adquiridos que les facilitan mucho las cosas en general, algo que no ocurre con el resto de las personas. Por eso digo que existen dos lados del mundo. Los que toman las decisiones sobre nuestro destino lo hacen desde ese lado del mundo, pensando en qué responsabilidades asumen y que riesgos corren al decidir, y no en la misión para la que se los designó desde la voluntad popular y el acceso a una función pública. La cadena de responsabilidades, cuanto lejos, mejor. En una jerarquía piramidal, como lo es el gobierno, si el de arriba del todo da una orden, es mejor validarla sin cuestionar así la responsabilidad queda allí, cuanto más arriba, mejor. Si lo aplicamos a esta tormenta tropical que pasó por Canarias, sería algo así como que si la tormenta iba a ser muy dura en La Palma, suspendidas las clases allí el lunes, las suspendemos también en Lanzarote a 400 km, donde hubo una lluvia fuerte y poco más. Así la responsabilidad queda en el Gobierno de Canarias, y aquí acatamos sin más, por si acaso. ¿Está mal? No estoy seguro, pero me parece que hay otras opciones. No siempre menos es más, como dice el dicho.

Sigamos escalando, y veamos qué ocurrió en la isla de Lanzarote con la tormenta, algo que nos volverá a retratar el estado general en el que vivimos. Todo nuevamente inundado, las mismas calles, los mismos sitios, alcantarillas tapadas, charcos enormes, etc. algo que todos sabíamos que iba a ocurrir. Y si todos sabíamos que iba a ocurrir, ¿por qué no se previó con tiempo y se mejoraron las infraestructuras? Por lo mismo que explicaba antes, la responsabilidad cuanto más lejos, mejor. Decenas de videos y fotos circularon en estos días, mostrando realidades preocupantes, como ver las arquetas de las alcantarillas desbordadas de aguas fecales y ratas. Los desagües tapados con basura y rofe, impidiendo que el agua corra como debería, y puedo seguir un rato largo más, pero mejor no.

Una vez más queda reflejada la cadena de irresponsabilidades que caracterizan nuestro sistema de organización. Es momento de tomarnos en serio los instrumentos que tenemos para accionar de verdad en el cambio, y mejorar de una vez por todas nuestra forma de vivir. Honestamente no creo que se trate de incompetencia, creo que se trata de acercar las responsabilidades hasta abajo del todo. Como ciudadanos tenemos que participar, hacernos cargo de nuestro papel y actuar en consecuencia. Conocer nuestras instituciones y saber pedir y exigir es parte de esto. Los funcionarios públicos deben hacer lo propio, y escalar sus exigencias y asumir sus responsabilidades. Y los políticos deben entender que esa función temporal para la que fueron asignados requiere que se hagan cargo y actúen, asumiendo los riesgos que tengan que asumir, algo que ya sabían de antemano que podía ocurrir. Ni siquiera la pandemia nos permitió ver que somos testigos de una sistema político que dedica sus cuatro años de gestión a criticar sistemáticamente lo que hizo el anterior, y a hacer lo menos posible para no quedar en evidencia, y así alimentar aún más la cadena de irresponsabilidades que nos parece tan normal. Sólo se equivoca el que hace, o como le digo a mis hijos haciendo analogía al fútbol “sólo erran los penaltis quienes los patean”. Señores, hay que hacer a riesgo de equivocarse, pero hay que actuar. No podemos pensar que cuanto menos mejor, así no me pillan en un renuncio, total son 4 años y ya veremos. El tiempo pasa, y la vida también, y si seguimos en esta dinámica de inacción y alejando la responsabilidad, ¿qué mundo le dejaremos a nuestros hijos?

Cadena de irresponsabilidades
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