Virgen antes del matrimonio, sumisa en la relación íntima, partera de la patria, madre abnegada, cuidadora del esposo e hijos. Su lugar adecuado la casa, y sin salir a trabajar fuera. Siempre atenta las necesidades del esposo. Este fue el modelo de mujer del franquismo.
La dictadura se esforzó en la promulgación de valores antimodernos, decidida a reavivar la tradición, a recuperar la familia como epicentro de la vida social, y a exiliar a la mujer a lo privado. Las posturas que equiparaban al hombre y la mujer, fueron de nuevo anestesiadas por los valores de la Iglesia y el Estado, que las preferían domesticadas en el sentido de restringir su actividad a lo doméstico. Los criterios utilizados por el régimen en cuestión de género, fue el de emprender su particular cruzada para definir a la mujer únicamente como esposa y madre. Para ello, se apoyó en la religión, cuyo ideario en cuestión de género, le permitía bloquear cualquier iniciativa de emancipación femenina. Junto a los mensajes religiosos no tardaron en proliferar las publicaciones desde otros ámbitos, que contribuyeron a crear una imagen científica de la inferioridad de la mujer frente al hombre. Así opinaba el científico Antonio Vallejo-Nájera, A. y Martínez, E. (1939):
«Si la mujer es habitualmente de carácter apacible, dulce y bondadoso, débase a los frenos que obran sobre ella; pero como el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil y el animal, cuando desaparecen los frenos que contienen socialmente a la mujer y se liberan las inhibiciones frenetices de las impulsiones instintivas, despiértese en el sexo femenino el instinto de crueldad»
Igualmente, en ese contexto de desvalorización de lo femenino, los teóricos del régimen se apresuraron a deslegitimar el instinto sexual femenino, al no reconocer a la mujer su deseo como natural, sino como algo sucio e impropio de la condición femenina. Según el ya citado Antonio Vallejo-Nájera:
«En las mujeres tiene insignificante importancia el impulso interno, siendo fácil a la mujer permanecer virgen de cuerpo y de espíritu durante mucho tiempo, si las influencias externas no quebrantan la virginidad (…) es el amor lo que la impulsa en más del 60 por 100 de los casos a entregarse al hombre, experimentando casi siempre repugnancia por la entrega, y sin sentir necesidad alguna de satisfacer su apetito genésico».
A este discurso científico sobre sexualidad se sobrepuso además el religioso, que terminó de enturbiar la concepción de la relación carnal. La Iglesia utilizó como aval las teorías de San Pablo que equiparaban el cuerpo femenino con un santuario divino, estableciendo un paralelismo entre el contacto físico y la profanación de un lugar sagrado. La mujer debía llegar virgen al matrimonio, pero el hombre podía buscar la experiencia sexual, incluso bien vista, en los burdeles. Esa represión de la sexualidad femenina podemos hacernos una idea con el siguiente testimonio de una abuela: “Tuve seis hijos y nunca vi a mi marido desnudo”.
El canónigo Emilio Enciso Viana sostenía que la base del hogar era la mujer:
“Sin la mujer la llama del llar se apaga, la casa se torna fría, destemplada, hosca, poco acogedora; hasta repele». Y por lo tanto su papel es importantísimo, esencial. De ella «va a depender el bienestar familiar”. “Ella ha de cuidar que la casa esté bien organizada, para que el marido, al volver de su trabajo, la encuentre agradable, guste de estar en ella, y en las ausencias la añore; y los hijos se encuentren bien en su hogar”.
Cabía pensar que este modelo de mujer franquista habría desparecido de la sociedad. Pues, no es así. En los últimos años, ha irrumpido en Internet un movimiento que reivindica los roles tradicionales de género. Las llamadas traditional wives -esposas tradicionales- son influencers que generan y difunden un contenido basado en promover la entrega absoluta a las tareas del hogar, la crianza de los hijos y el cuidado de sus esposos. Los vídeos y los foros que suben a sus perfiles, que van desde recetas caseras hasta consejos sobre cómo ser una “buena esposa”, tratan de vender una imagen idílica de feminidad y promesas de felicidad doméstica.
Esta recuperación o también reinvención del modelo tradicional femenino no es más que un reflejo digital de lo que, como antes he descrito, fue una realidad cotidiana en la dictadura franquista. La diferencia radica en que, mientras hoy este mensaje se camufla de una más que cuestionable elección personal y se envuelve en filtros y relatos idealizados, en la dictadura se impuso por norma. Una norma que no la inventó el franquismo. De hecho, la tradwife era un fenómeno muy antiguo, estaba muy arraigado en la realidad social y profundamente ligada a la moral católica, que dictaba e imponía el lugar natural de la mujer en el hogar, al cuidado de los suyos y subordinada al marido. Lo que hizo el franquismo fue blindar este modelo e instaurarlo de nuevo con fuerza justo cuando empezaba a resquebrajarse, como fue en tiempos de la Segunda República. Durante este período, las mujeres votaron, fueron diputadas y juezas, hablaron del aborto, pudieron divorciarse….
No quiero terminar sin hacer una mención a Antonio Vallejo-Nájera, al que el gobierno de Sánchez ha comunicado su intención de retirarle la medalla Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad, que le concedió la dictadura.
