“La suma de todos los individuos es lo que realmente producirá resultados”. César Manrique.
Hoy no es un día más en el calendario. No puede ni debe serlo. Estamos de enhorabuena, de celebración. Tal día como hoy, hace 107 años, en una casita cercana al Charco de San Ginés, nació César Manrique Cabrera, el hombre que cambió la historia de Lanzarote para siempre.
Mucho se ha escrito acerca del artista y del hombre. Técnicos, eruditos y estudiosos de la cultura han interpretado desde distintas aristas las claves de una obra tan genial como inabarcable. Otros, más mundanos, han preferido acercarse a su vertiente humana compartiendo vivencias y anécdotas que revelan una vida intensa, guiada por una pasión desbordante y contagiosa.
Lanzarote no es hoy el mismo territorio deprimido que aquel en el que nació Manrique. Tampoco la sociedad insular. La isla avanza impulsada por el desarrollo tecnológico y la presión de un modelo económico en constante transformación mientras activa las soluciones apropiadas para un dilema que él supo anticipar: cómo crecer sin perder el alma.
Manrique no solo transformó el paisaje insular; transformó nuestra mirada. Nos enseñó a ver la isla con los ojos del corazón. Pintó de luz y color un territorio de negros y ocres y devolvió a sus habitantes el orgullo de pertenencia. Hizo posible un futuro que muchos creían imposible a través de sus Centros de Arte, Cultura y Turismo y nos convirtió en guardianes de una forma de entender la convivencia armónica entre los seres humanos y la naturaleza. Nos regaló su manera de concebir el progreso a partir del equilibrio con el entorno natural y, sobre todo, nos hizo responsables de transmitirla de generación en generación.
Ese es, probablemente, su legado más poderoso. No tanto lo extraordinario que desarrolló en este territorio que convirtió en un lienzo vivo, sino la exigencia de una responsabilidad colectiva orientada al bien común. Una suma de voluntades que cobra mayor vigencia en un mundo tan convulso como el que nos toca vivir. El riesgo más grande al que nos enfrentamos es recrearnos en la obra de Manrique mientras nos alejamos de los principios éticos y estéticos que la hicieron posible.
Celebrar su cumpleaños es un ejercicio de justísima memoria, pero también de coherencia, porque la mejor manera de honrar su legado es estar a la altura de todo lo que implica: su obra no solo forma parte de nuestro pasado, sino que define la forma en la que queremos construir nuestro futuro.
Felicidades.
