Nuestro vocabulario es tan amplio que aunque la Real Academia Española anota 93.000 palabras, que son muchísimas y diversas, hay estudios que elevan a 300.000 vocablos la riqueza léxica de la lengua española, sumando tecnicismos, regionalismos y neologismos que la RAE no registra o acepta oficialmente.
A Oscar Wilde se le atribuye el origen de la frase “la realidad supera la ficción”, pero sea una expresión del escritor británico o un proverbio popular de transmisión oral, lo evidente es que los hechos que estamos viviendo nos sitúan en la platea de un gran teatro con vista privilegiada al escenario de una cruda comedia.
Dentro de las 93.000 palabras de la RAE, aparecen con varias acepciones: paleto (a), ridículo (a) y estúpido (a). Poco educado y de modales y gustos poco refinados; escaso, corto, de poca estimación; y necio, falto de inteligencia, respectivamente. Usamos las palabras según el contexto de nuestra conversación o escritura, pero como la realidad está superando la ficción, incluso podemos emplearlas todas juntas a hechos y personajes de ver y no creer.
Un análisis sobre la estupidez en la Antigua Grecia firmado por la profesora universitaria María Cruz Cardete del Olmo, muy coherente con lo que palpamos hoy, sostiene que cuando se emplean referentes a la estupidez el sentido no es tanto de aquel que se comporta con torpeza y falta de comprensión como el de aquel que dice tonterías para engañar.
En este caso, la profesora agrega con buena letra que “la estupidez no viene dada por carencias naturales o de formación, sino por interés”. ‘Los caballeros’, de Aristófanes, una comedia representada en el año 424 a. C, es una sátira que ilustra el juego político que enlaza la estupidez por ignorancia con la estupidez por interés.
Los invito a que hagamos un barrido por los acontecimientos de la última semana. Seguro que la realidad es capaz de superar el ingenio mordaz poniendo de manifiesto la hipocresía de la vida. La parodia y ridículo en la literatura griega tiene en Luciano Samósata toda una figura, pero nuestro día a día está a la altura de la mordacidad de la comedia de la Antigua Grecia.
Las ratas nadadoras citadas por el presidente de Canarias, Fernando Clavijo, que se iban a tirar al agua desde el crucero MV Hondius, aun no existiendo, para propagar el brote de hantavirus por todas las Islas Afortunadas; el numerito del homenaje al conquistador Hernán Cortés montado por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel .D. Ayuso, en México, y su delirio de persecusión señalando con el dedo inquisidor a la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, y cómo no, al presidente español, Pedro Sánchez; el tuit del ministro de Defensa de Israel acusando al joven Lamine Yamal por su supuesta elección de “incitar contra Israel y fomentar el odio” por el simple hecho de ondear la bandera de Palestina en las calles de Barcelona durante la celebración del título de Liga, llegando al punto de cuestionar si “¿Es esto moral?”, deber ser que el genocidio sí que es un acto solidario y humanitario; la esperpéntica rueda de prensa del ser superior, Florentino Pérez, resumiendo que la culpa del descalabro futbolístico y disciplinario del Real Madrid y el deterioro de la imagen del club es culpa de todos menos de él, y con la amenaza directa de “acabar” con los que considera “malos periodistas”; o las últimas insinuaciones de PP y Vox de que Pedro Sánchez sería capaz de desatar una crisis de hantavirus en España para no convocar elecciones el próximo año; forman parte del selecto catálogo de paletadas, ridiculeces y estupideces que vemos y escuchamos.
Esta semana leí una interesante entrevista del canal latinoamericano Telesur al filósofo Vladimir Safatle, donde considera que el fascismo encuentra eco en la sociedad actual porque responde a un tipo de ansiedad social, es como si la gente quisiera ser engañada por la derecha ultra. “Tiene una función muy clara. Diría que esta función se hace muy evidente cuando nos encontramos en situaciones como la actual, cuando entramos en sistemas de profundas crisis estructurales. El fascismo logra resolver un problema, en cierto modo, que es el problema de una sociedad que ya no puede organizarse como una totalidad social. No hay suficiente sociedad para todos. De eso habla, en cierto modo, el fascismo. Y en lugar de ser un impulso para la construcción de otra forma de sociedad, el fascismo propone una cierta adaptación a esta situación. Por eso se convierte en una alternativa, incluso diría que racional, dentro de este contexto”. Alimento para la comedia.
