sábado. 03.12.2022

“Hola, tío. ¡Qué pasa, Cangrejo!” Unas cuatro mil doscientas veces nos hemos saludado así Pedro de Armas y yo. Unas cuatro mil doscientas veces echaré de menos ver su pelazo plateado y su enorme sonrisa asomando por la puerta de la radio.

Es imposible que le pueda explicar a nadie con palabras lo que sentí este sábado cuando mi amigo Rubén González me soltó a bocajarro (pobre, él no tiene la culpa de que supiera de la triste noticia antes que yo) que Pedro de Armas había muerto. “¿Queeeeeee?”, fue lo único que estúpidamente balbuceé. ¿Cómo me iba a imaginar que era cierto que se había muerto el Cangrejo, cómo se iba a llevar Dios así por las buenas a un tipo que rezumaba salud por los cuatro costados de su particular barco? Pero era cierto, al jodío no se le ocurrió otra cosa que irse a morir allende los mares, nada menos que a Argentina, el país al que había cogido cierta manía por un puñetero negocio que le salió mal y que le tenía remontado. No porque le hiciera falta el dinero invertido, que no era el caso, le tenía remontado lo de la estafa que le hicieron a él y a otros dos empresarios de Lanzarote por otro motivo. Pedro fue siempre un ganador. No le gustaba perder ni al parchís. Y le daba rabia que se hubieran burlado de él y de sus amigos simplemente por actuar de buena fe. Por eso soltó aquello, en una de sus últimas intervenciones en nuestra emisora, de que “un argentino es un italiano que habla español y se cree inglés”. Siempre haciendo amigos.  

Allá donde esté sólo le podremos recordar así.
Allá donde esté sólo le podremos recordar así.

Llevo una racha lo suficientemente mala como para que me replantee ciertas cosas. Se están marchando muchos amigos sin avisar y sin pedir permiso. El Cangrejo era uno de los buenos, un amigo de los de verdad.

A pesar de nuestra evidente diferencia de edad, Pedro y yo conectamos en seguida. Nos queríamos, nos respetábamos, nos admirábamos y sobre todo nos reíamos muchísimo juntos. Los dos teníamos depuradísima y afinada como su guitarra una técnica infalible para superar con nota las miserias del día a día: al dolor sólo se le combate con el humor. No hubo un solo día de nuestra estrecha coexistencia en el que no fuéramos capaces de transformar la noticia más chunga en risas y fiestas. Ahora, como comprenderá el personal, yo solo, sin él, soy incapaz de hacerlo. No me río ni un poquito. Seguramente tardaré unos días en asimilar la noticia y a lo mejor en ese momento, cuando ya tenga claro lo que ha pasado, me reiré un poco para que el Cangrejo no se enfade conmigo allá donde esté, que será en un sitio cojonudísimo porque es donde se merece estar.

Mi amigo el Cangrejo ha sido un personaje odiado y admirado a partes iguales en Lanzarote. Una parte de la sociedad que le vio crecer, quizás demasiado numerosa para sus merecimientos, no soportó jamás que un muchacho de clase humilde de un barrio humilde de una ciudad humilde de una islita humilde llegara donde él llegó. Una parte del infierno que rodea siempre a cualquier pueblo chico como es el nuestro no le perdonó nunca que fuera rico. Algunos hicieron lo posible y lo imposible para que terminara entre rejas, con los juicios inquisitoriales a los que por desgracia estamos tan acostumbrados en esta parte del mundo. Muchos miserables y pequeños y grandes torquemadas encendían cada cierto tiempo el fuego de la hoguera en la que le quisieron quemar tantas y tantas veces. Para su desgracia, la de ellos, el bien, como el talento, se terminó abriendo camino. Como me decía él a mí y como le decía yo a él, basta con que los buenos no actúen para que los malos ganen. Y los malos, que estarán disfrutando por la definitiva ausencia, perdieron. Eso no quita para que una vez más denuncie por lo que le hicieron pasar estos canallas. Unos por envidia, como ya he descrito; otros, los más sanguinos, por simple venganza. Lograron sin ningún tipo de prueba ni de fundamento legal, sin que tuviera una sola condena de la justicia que con tanto celo le escrutó, que parte de esa enferma sociedad en la que vivimos siguiera diciendo cada vez que salía su nombre que era un corrupto y que había robado. ¡Qué peña, ¿verdad?! Cuántas y cuántas personas que han hablado de él sin conocerle, sólo por las noticias que publican los mamarrachos de siempre, esos que seguramente terminarán ardiendo en el infierno que han creado. No fue así, no fue un ladrón, y si lo hubiera sido habría sido un ladrón bueno y simpático, de esos a los que todos queremos que les vaya bien cuando vemos una peli. Aquí dejo constancia una vez más de lo que con tanta dificultad sus amigos hemos defendido. Pero da igual, seguirá habiendo gente que haga caso a los mamarrachos. 

El Cangrejo ha contado muchas veces por qué le llamaron así sus amigos de la infancia. Un cangrejo estampado en una sencilla camiseta de su época, de la época en la que en Lanzarote no se vivía del turismo y se pasaba mucha fatiga. Y así, hasta su final, el Cangrejo. También ha contado muchas veces cómo se hizo rico, simplemente por ser puntual. Trabajaba en el banco y quedó con un extranjero a las nueve. Llegó a las nueve menos diez minutos y lo demás es historia que unos cuantos sabemos y otros muchos inventan.

Pero para llegar a ser rico pasó muchas calamidades. Su madre, que era más madridista que yo, lo sabe bien, y lo contará a quien le pregunte allí donde esté también la pobre, seguramente que al lado ya de su querido hijo. Pedro, como mucha gente de su época, tuvo una vida durísima, salpicada de terribles desgracias como fue la muerte de su siempre añorada hermana. Supo a pesar de todo ponerle al mal tiempo buena cara. Y le echó cojones a la vida. Estudió turismo en un momento en el que casi nadie, ni Julio Verne, fue capaz de ver en lo que se iba a convertir un territorio tan inhóspito como Lanzarote. Se fue a la Pérfida Albión a trabajar de freganchín para aprender inglés, un paso fundamental para lograr todo lo que vino después. Siempre se reía de los ochenta euros que le pagaban los guiris todos los meses de pensión. Muy pocos de su generación lo hicieron; que yo conozca, él y mi querido Gerardo Fontes. Hoy, por cierto, Yayo me mandó un mensaje, seguramente desde Estados Unidos; está destrozado, como lo estamos casi todos los que conocimos a Pedro. Los dos, por separado porque nunca por razones que no entiendo (me da que uno le quitó la novia al otro o algo peor) conseguí tenerlos juntos, cosa que me habría encantado, son los tipos que mejor han vivido, cuando ya han sido gente de posición, en el planeta Tierra. Los dos, por separado, tienen anécdotas para llenar mil libros. Todos esos libros serían éxitos de ventas y divertidísimos. Lo malo es que yo no tengo ni tiempo ni dinero para escribirlos.

Podría estar seis días enteros escribiendo cosas de Pedro. No es plan. Sólo diré que era un tío feliz que hacía feliz a los demás. Quería con locura a su mujer, a Nely, a la que siempre ensalzaba en la radio los viernes cuando llegaba el momento de hablar de los amores de cada uno de los que van a la tertulia en la que con tanto éxito participaba. Quería con locura a sus cuatro hijos. Quería con locura a todos sus nietos, con los que se le caía la baba (en mi vida un abuelo me ha ensañado tantos vídeos de niños haciendo vela o de niñas pegando patadas de kárate). Quería con locura a unos cuantos amigos que a su vez le queríamos con locura a él. Quería a su barco, el Cabo Andrés, quería a sus coches, quería a sus casas de Haría, quería a los componentes de su grupo, la Quinta Generación, quería a su querido Carmelo, al que con tanta saña maltrataba psicológicamente…

Hace un rato, entre los cientos de mensajes que estoy recibiendo este sábado tan triste para mí, un amigo me ha dicho que las tertulias de los viernes no van a ser lo mismo sin él. Claro que no. Las tertulias de los viernes las construimos un grupo de amigos liderados por el Cangrejo y con su lugarteniente Juan Machín como escudero. Juan va camino de cumplir 107 años pero ya no está para venir a la radio todos los viernes. Su amigo Pedro está peor que él. Cuando me toque a mí, cuando me tenga que ir al otro barrio, que estoy seguro de que será dentro de mucho tiempo (lo siento por los torquemadas), iré a buscarles a los dos y montaré con ellos otra vez una radio en el cielo. Y contaremos chistes de Dios y de San Pedro. Y Dios y San Pedro se partirán la caja. 

Me ha dicho Nieves Arrocha (qué mal está la pobre) que no cree que debamos siquiera hacer la tertulia de los viernes. Yo le he dicho que sí que la vamos a hacer, y que incumpliré mi propia norma de que no se cuentan chistes si no está el Cangrejo. El viernes que viene, si Dios quiere, vendrá Nieves (qué gran descubrimiento, qué buena gente), y Toni, y Dani, y haremos el homenaje que se merece Pedro. Sé que la gente le quería, sé que todos nuestros oyentes le van a echar de menos, sé que habrá que hacer de tripas corazón para cantar eso de que la vida sigue igual. Pero la vida sin el Cangrejo no puede seguir igual. 

Con la muerte de mi amigo Pedro se va una parte de mi propia vida. Todo será distinto a partir de ahora. Mucho peor. 

A mi queridísimo amigo El Cangrejo
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