sábado. 01.10.2022

La lectura del libro Historia del neoliberalismo del mejicano Fernando Escalante Gonzalbo me ha sugerido algunas reflexiones.

Que el sistema capitalista en su versión neoliberal ha sido un experimento fracasado es evidente. El intento de crear una sociedad mercantilizada, donde todo se rige por la ley de la oferta y la demanda, incluidos el trabajo y la naturaleza, ha ido más lejos que nunca. Y el resultado una catástrofe. Todavía sus ideólogos desde poderosos think tanks recurren a una última línea defensiva del programa, con un argumento parecido a la defensa del marxismo en los sesenta del siglo XX: el neoliberalismo “realmente existente” no es el verdadero, no se ha ensayado plenamente, todavía falta por mercantilizarlo todo. Insisten en que el mercado nos conducirá a la Tierra de promisión: crecimiento, consumo, empleo, bienestar, estabilidad y felicidad. Empero, el resultado nefasto está ante nuestros ojos: incremento de la desigualdad, pobreza y exclusión; militarización y desequilibrios en todo el planeta, precariedad laboral, destrucción del medio ambiente, deterioro de los servicios públicos, crisis económicas, reducción de salarios, aumento del desempleo, etc.

Resultó premonitoria la advertencia de 1944 de Karl Polanyi en La gran transformación. Crítica del sistema liberal. Fijémonos en lo que concierne al trabajo, la tierra y el dinero, permitir que el mecanismo del mercado los dirija por su propia cuenta y decida la suerte de los seres humanos y de su medio natural, e incluso que de hecho decida acerca del nivel y de la utilización del poder adquisitivo, conduce necesariamente a la destrucción de la sociedad. Y esto es así porque la pretendida mercancía denominada «fuerza de trabajo» no puede ser zarandeada, utilizada sin ton ni son, o incluso ser inutilizada, sin que se vean inevitablemente afectados los individuos humanos portadores de esta mercancía peculiar. Desprovistos de la protectora cobertura institucional, los seres humanos perecerían, al ser abandonados en la sociedad: morirían convirtiéndose en víctimas de una desorganización social aguda. La naturaleza se vería reducida a sus elementos, el entorno natural y los paisajes serían saqueados, los ríos polucionados, el poder de producir alimentos y materias primas destruido.

Hemos pasado de una economía de mercado a una sociedad de mercado. Al terminar la Guerra Fría, los mercados y su ideología mercantil gozaban de un extraordinario prestigio, Ningún mecanismo para organizar la producción y distribuir los bienes se había mostrado tan eficaz en generar bienestar y prosperidad. Pero luego los valores del mercado invadieron aspectos de la vida tradicionalmente regidos por normas o valores no mercantiles. El sociólogo norteamericano Michael J. Sandel en su libro Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado, refleja toda una casuística de esa invasión ilimitada del mercado a muchas actividades humanas en USA. Disponer una celda más cómoda en una prisión pagando 82 dólares por noche. Derecho a emigrar a USA invirtiendo 500.000 dólares. Suscribir una empresa seguros de vida de sus empleados, sin conocimiento de estos, para cobrarlos ella. Comprar el seguro de vida de una persona enferma de cáncer, pagando las primas anuales mientras viva y luego cobrarlo al fallecimiento con suculentos beneficios.

Mas, quiero fijarme, como docente, en el ámbito educativo. Chanel One transmite mensajes publicitarios a millones de adolescentes obligados a verlos en aulas de todo el país. El programa de noticias de televisión, de 12 minutos y comercialmente patrocinado, lo lanzó en 1989 el empresario Chris Whittle, el cual ofreció a los colegios televisores, equipos de vídeo y conexión vía satélite, todo gratis, a cambio de emitir el programa todos los días y exigir a los alumnos que vieran los dos minutos de anuncios. En el 2000 Channel One fue visto por ocho millones de alumnos en doce mil colegios. Así han podido anunciarse Pepsi, Snickers, Clearasil, Gatorade, Reebok, Taco Bell… Los alumnos aprenden conceptos sobre nutrición con materiales proporcionados por McDonald’s, o los efectos de un vertido de petróleo en Alaska con un vídeo grabado por Exxon. Procter & Gamble ofreció unos materiales sobre medio ambiente explicando por qué los pañales desechables eran buenos para la tierra. Boletines de notas con el anagrama de McDonald’s, además de ofrecer a los niños con sobresalientes y notables en toda las asignaturas, o con menos de tres ausencias, una comida gratis en un McDonald’s. ¿Esto es lo que tratamos de imitar? ¿Somos conscientes de su extraordinaria gravedad? En una sociedad en la que todo se puede comprar y vender, la posesión de dinero supone la mayor de las diferencias.

Por ello, la mercantilización juega a favor de las desigualdades, de su incremento y de su expansión. No solo se amplia la brecha entre ricos y pobres, sino que la mercantilización de todo intensifica la necesidad de tener dinero y vuelve más cara la pobreza.

Por otra parte, la mercantilización genera otra secuela no menos grave: la corrupción. Se argumenta que los mercados son imparciales e inertes, que no afectan a los bienes intercambiados, pero al poner precio a los objetos, bienes, relaciones y servicios, modificamos su naturaleza, los tratamos como mercancías o instrumentos de uso y beneficio, y, por ello los degradamos. Conceder plazas en una universidad para el mejor postor podrá incrementar sus beneficios, pero también está degradando su integridad y el valor del diploma. Contratar a mercenarios extranjeros para que combatan en nuestras guerras podrá ahorrar vidas de nuestros ciudadanos, pero corrompe el significado auténtico de ciudadanía. El razonamiento mercantil vacía la vida pública de argumentos morales.

El atractivo de los mercados estriba en que no emiten juicios sobre nuestros gustos satisfechos. No se preguntan si ciertas maneras de valorar bienes son más dignas o más nobles que otras. Si alguien está dispuesto a pagar por sexo o un riñón y un adulto consiente en vendérselo, la única pregunta que se hace el economista es, ¿Cuánto? Los mercados no reprueban nada. Nuestra resistencia a contraponer argumentos morales al mercado, al aceptarlo sumisamente, nos está haciendo pagar un alto precio: ha vaciado al discurso público de toda energía moral y cívica, y ha propiciado la política tecnocrática, que hoy nos invade. Un debate sobre los límites morales del mercado es necesario e imprescindible.

Esta sociedad mercado, en la que todo está en venta si hay beneficio, nos dice Polanyi no es el fin de la historia. En general, a todo avance indiscriminado del proceso de mercantilización de la vida social, de pretensión de desligar la economía del resto de la vida social, política o moral, ha surgido a lo largo de la historia un movimiento defensivo. Una sociedad digna, no puede renunciar a que haya algún control moral o político ante el desenvolvimiento voraz e inhumano del mercado. No podemos seguir viviendo así. El crac de 2008 es una advertencia de que el capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos. Por ello es razonable esperar una reacción, como las hubo en el pasado. Como la de los campesinos ingleses contra la liberalización del mercado de granos en el siglo XVIII. O las luchas encarnizadas en el siglo XIX por los sindicatos y partidos obreros que supusieron la legislación protectora del mundo laboral. O todas las reformas que propiciaron el Estado de bienestar tras la II Guerra Mundial.

Somos incapaces de imaginar alternativas. Esto también es algo nuevo, pero la historia nos enseña y advierte- para eso sirve- que en ella no hay nada definitivo ni predeterminado por el destino. Ni por supuesto el neoliberalismo, a pesar de su expansión y domino rápido y apabullante en la actualidad. Lo primero e imprescindible para atisbar alguna alternativa es abandonar la convicción asumida por gran parte de la sociedad de que el neoliberalismo es y representa el sentido común, y de que la historia corre a su favor, como creía el marxismo. No podemos aceptar, como señala Tony Judt, que el estilo materialista y egoísta de la vida contemporánea sea consustancial a la condición humana. Mientras no nos despojemos de esa autodestructiva convicción todo camino de liberación permanecerá cegado. Insisto la salida no es fácil de ver. Pero es posible. En realidad es indispensable. Y la oportunidad está ahí para ser aprovechada. En pocas ocasiones se presentará una situación tan propicia para cambiar radicalmente la situación presente. Nada más hay que observar la profunda indignación, generalizada y expresada masivamente. Y sobre todo es cuestión de imaginación. La cuestión ahora no es el predomino del mercado, sino su enorme capacidad de esterilizar todo tipo de pensamiento. Recurriendo de nuevo a Polanyi: “La creatividad institucional del hombre sólo ha quedado en suspenso cuando se le ha permitido al mercado triturar el tejido humano hasta conferirle la monótona uniformidad de la superficie lunar”. Mas, a pesar de todo, las generaciones que nos han precedido, además de imaginativas fueron valientes para luchar contra la injusticia. Así nos dejaron una prodigiosa herencia, la más rica de toda la historia con una legislación laboral, un régimen democrático y un Estado de bienestar, que de no mediar un cambio radical, nosotros los más preparados de la historia, no sé si por cobardía o por egoísmo, no vamos a transmitir a las generaciones futuras. Nuestra conducta recuerda la ocurrencia de Groucho Marx: ¿Por qué debería preocuparme yo por las generaciones futuras? ¿Acaso han hecho ellas alguna vez algo por mí?

Somos incapaces de imaginar alternativas
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