lunes. 03.10.2022

¡Ay César, si vieras cómo no están celebrando tu centenario!

Pero lógicamente no lo puedes ver. Estás muerto. Y lo estás en todos los aspectos. No existes.

Pero si dejé una Fundación para que mi recuerdo, mi trabajo y mi pensamiento no desaparecieran.

Es lo que seguro me contestarías, a lo mejor con ese color característico de tus cabreos cuando mostrabas glamurosamente tus enfados.

No presumo la suerte de todas esas personas que tuvieron muchas oportunidades de compartir contigo trabajo, ocio, arte, fiestas, inauguraciones, y por tanto, de conocerte mejor física, intelectual y profesionalmente.

Lo que más, de tu persona, era tu voz escuchada de vez en cuando en la radio y cuando te veía en algún programa de televisión.

Sin embargo, allá por el año 1986, una tarde casi noche, nos llevaron de excursión a unos adolescentes del Blas Cabrera Felipe a una exposición tuya. Al principio, a unos cuantos no nos agradó mucho la idea, y eso que salir del aula siempre era un aliciente, pero como en principio era una sorpresa lo de la excursión, pensamos que sería a un lugar fuera de Arrecife, pero es que encima parecíamos los niños de una guardería sin la cuerda, casi unos tras otros en fila india, porque al lugar que se nos llevaba íbamos caminando.

Resultó ser un agradable paseo y además tuvimos la suerte esos estudiantes de bachillerato de contar con la presencia del artista que nos esperaba en la puerta para explicarnos lo que íbamos a ver. Eras tú. Luego, además, por el interior de la sala de arte, en el recorrido de la misma, nos ibas detallando algunas obras. Eran peces y estaban inspirados en esos pescados que aleteaban en la pequeña barquilla de tu tío cuando le acompañabas a pescar en ocasiones. Discúlpame porque sé perfectamente que nos dijiste el nombre de ese pescador, para ti muy importante, pero no lo recuerdo.

Allí estábamos embobados escuchándote y atendiendo a tus explicaciones. Al finalizar, invitaste a los que tuvieran los dieciocho años cumplidos o más, a cruzar la estrecha calle que separaba el lugar de la exposición, para en el edificio de enfrente, en una pequeña oficina, hacerse socios de una asociación recién creada denominada el Guincho. No me hice socio.

Nunca más volví a verte ni a escucharte de manera tan cercana.

Ese lugar al que nos llevaron y que yo visitaba por primera vez, es el Almacén, y mira por donde, ahí continúa su andadura, a trancas y barrancas, unas veces más activo y otras no tanto, pero se mantiene.

Asistí a su casi reciente reapertura después de unas obras de restauración y mejoras y debo decirte que de momento, sin tirar muchos cohetes, te puedes sentir orgulloso de que en cierta manera aún siga en pie.

Hoy cumples los cien años. No te deseo un feliz cumple porque es absurdo.

El ayuntamiento de Arrecife recién te ha nombrado Hijo Predilecto. Tarde, a destiempo y mal. Menos mal que por contra, desde hace mucho, tu nombre si aparecía ya en un Instituto y en algún que otro Colegio de la isla.

No sé si profesaste ideología o si militaste activamente en alguna organización política concreta, que sepas de todas formas, que eso a mí me da igual. Lo escribo porque dejando a un lado ese partidismo ideológico estúpido que se prodiga más visible dependiendo de unas determinadas circunstancias, en este centenario tuyo de hoy, seguramente te importará también un carajo quien sea el que más y mejor presuma tu cumpleaños.

Celebraciones diversas divididas y compitiendo mediocres eventos, para destacar, realzar o difundir lo que consideran tu mejor…, pues es que ni sé qué, la verdad. No sé si celebran tu arte, si tu activismo, si tu ecologismo, si tu pensamiento, si tu afiliación política, en fin,…

Los que somos nada, los nadie, no celebramos tus 100 años, sino que lamentamos los 27 que llevamos sin ti. (2019-1992)

Soñé hace poco, y a lo mejor no era una casualidad, que te acercabas a una hoguera para recuperar el uniforme del bando nacional. Estabas quemándolo arrepentido de lo decidido en tu impetuosa juventud, al alistarte voluntario para luchar en contra de la República en aquella infame Guerra Civil. Embetunabas las botas y sacándoles brillo, te observaba entrando por la puerta principal de tu Fundación y empezaste a darles patadas en el culo a todos esos que viven hipócritamente de lo que has significado en este pequeñito islote.

Desperté con un viento majorero, que tras la patada que les propinabas, los relingaba volando y los dejaba colgando en el juguete del viento, que precisamente hoy, ¡cuánta inutilidad!, no está en la rotunda que da acceso a tu antigua casa. Sin embargo, en la isla de Gran Canaria, en uno de sus municipios, a los que autorizaron una infame copia de ese precioso juguete ventoso, sí que juega con el aire en esa otra isla lustroso y brillante.

Dejé de llevar a nuestra gente a tu Fundación de forma organizada hace muchísimo tiempo. Tres excursiones hice y fueron suficientes para desistir de acudir allí. Nos recibía en la puerta un comunista desarbolado para darnos una arenga sesgada, particular y absurda, que nada tenían que ver con tu fundamento, y tu pensamiento.

La última vez que visité tu querida y presumida antigua vivienda en Tahiche, lo hice sólo. Fue para ver la exposición que le organizaron a don Leandro Perdomo y la réplica que montaron de tu supuesto taller en esa tu otra casa de Haría.

Sabe Dios, lo que les estarán contando a todos esos visitantes.

Sí César, los que encontraron un plato de potaje en tu Fundación, son esos muertos de hambre que saciados, se han creído que los demás ya no tienen derecho a la comida. Pero esa patada tuya a los engreídos que no acuerdan ni dialogan con nadie, fue solamente en un sueño.

Presumen tu legado y lo hacen suyo y personal. Celebran encantados, no tus cien años, sino tus veinte y siete de muerto, porque ni en sueños imaginaron la vida que tu Fundación les posibilita.

En las Instituciones Públicas de esta isla y de Canarias, las cosas tampoco andan mejor. Da igual. Con afines y sin afines ideológicos, tanto de un lado como del otro, las incongruencias son infinitas. Nunca nadie dividió tanto, creó tantas envidias, celos y rencores.

No sé, César, no sé qué han decidido celebrar unos por un lado y otros por otro, lo que quiera que se les haya ocurrido que quieren celebrar. Pero tú ya sabes, los que somos nada, nadie en definitiva, pues lo único que se nos ocurre aclamar es tu echarte de menos, de que te seguimos admirando, casi queriéndote, y que, ¡joder, qué huérfanos nos dejaste, coño!

Los nada, los nadie, seguimos por aquí contemplando el disparate protagonizado de los unos y los otros. Es lo que hay.

Quiero recordar unas palabras del párroco que te despedía para siempre en San Ginés: “A Cesar, la Naturaleza era al único que le permitía su intervención porque sabía que era para mejorarla”, o parecido, que hace veinte y siete años de eso y ya no lo recuerdo muy bien.

Yo incluso, por aquel entonces de tu ida definitiva, escribí un poema que no sé en qué caja ni carpeta andará traspapelado. Creo que el Archivo Histórico de Teguise tiene una copia. No era intelectual ni literariamente significativo, como casi todo lo mío, pero me acuerdo de unos poquitos versos. Aquí los dejo hasta que un día recupere el poema completo que no pasará a los anales de la historia precisamente por su enjundia literaria. Pero César, lo escribí con mi mejor sentimiento y sobre todo grandísimo respeto.

… César Manrique, sudor

dejaste tú en las lavas.

Eran lágrimas de amor

para la tierra amada…

¡Ay César, si vieras cómo no están celebrando tu centenario!
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