viernes. 19.04.2024

El fin de las ocurrencias

En Lanzarote y La Graciosa, desgraciadamente, confundimos los instrumentos con los objetivos. Retorcemos las oportunidades hasta convertirlas en inconvenientes. Las impertinentes e irresponsables declaraciones de la todavía presidenta del Cabildo de Lanzarote, la socialista María Dolores Corujo, son un ejemplo evidente de esa distorsión negligente de la realidad. Sin que haya un proceso preelectoral de por medio, que lo hay, como vecino de esta tierra he asistido asombrado no sólo a la nula planificación del actual Gobierno del Cabildo sino a su constante manía de improvisar y de soltar cualquier cosa sin pensar en las consecuencias cercanas y futuras.

No se puede declarar que Lanzarote está “saturada turísticamente”, llegar incluso a inventarse la creación de una figura de ese tipo sin ningún tipo de debate previo en órganos plurales como puede ser el Consejo de la Reserva de la Biosfera, e irse a otra cosa como si eso no fuera a tener consecuencias en los fluctuantes mercados en los que se contratan las reservas turísticas, sustento casi único y fundamental de esta isla. Su propio secretario general del PSOE en las Islas y presidente de momento del Gobierno de Canarias, el también socialista Ángel Víctor Torres, tuvo que salir para posicionarse totalmente en contra de esos planteamientos.

Llegó a decir en una emisora local de Fuerteventura que le aterraba escuchar discursos sobre la necesidad de que descienda el número de turistas que nos visitan. Debe ser que no hablan entre ellos o que el PSOE funciona como el Ejército de Pancho Villa, cada uno va a lo suyo sin importarles lo del resto. Eso, o que dicen en cada isla lo que creen que sus habitantes quieren oír, como si los ciudadanos de Lanzarote no supiéramos nada de los de Fuerteventura, o los de Fuerteventura de los de La Palma.

La mayor torpeza fue creer que se puede ser la máxima autoridad de Lanzarote obviando la trascendencia que tiene para la Isla sus declaraciones por muy electoralistas que fueran, como si en la era de internet no dejara de tener vigencia aquel axioma que determina que lo que pasa a gran distancia de uno no puede ser la causa de la debacle local. Ese axioma, en turismo, precisamente, con las redes sociales y la globalización, se ha revertido para situarse en el polo opuesto: todo afecta, todo tiene que ser medido.

El turismo es el único instrumento económico y de generación de riqueza, también social, con el que cuenta nuestra isla para garantizar la calidad de vida de su población; el verdadero objetivo que tiene que ocuparnos a los políticos es tratar de que no desaparezca y de que sea verdaderamente sostenible en el tiempo.

La presidenta de las ocurrencias se llena la boca ahora hablando de camas cero, de sostenibilidad, de depredación del territorio, de empresarios y medios corruptos…; se atreve incluso a echar la culpa a mi partido y a esos medios que dice que nos sirven de lo que han hecho ellos, que no es otra cosa que meter la pata con medidas como la moratoria turística, que provocó el crecimiento acelerado de un sinfín de camas, o despilfarrar (voy a dejarlo ahí de momento) cientos de miles de euros en planeamientos que se esconden en las gavetas porque no interesa tomar decisiones sobre nuestro territorio, decisiones que tienen que ir sólo en una dirección: su protección. Pero proteger no es hablar, es actuar. Y esta gente sabe mucho de hablar y poco de hacer. Se llenan la boca, sobre todo, ahora que estamos en periodo preelectoral, de medidas de contención, pero luego autorizan la construcción de hoteles de mil camas nuevas; hablan de camas cero y aprueban planes parciales enormes allí donde gobiernan; creen en el desarrollo sostenible y no articulan ni una sola medida para controlar el mal uso que se le da a veces a eso que se llama vivienda vacacional, que está provocando una clara distorsión en nuestro sistema de control sobre el turismo.

El único instrumento y el máximo objetivo van cogidos de la mano. Y no se gestiona ni se consigue con ocurrencia tras ocurrencia. La todavía presidenta en sus primeros días de mandato dejó en manos de tres “popes” economistas de fuera de la Isla la definición de nuestro futuro, la salida de la pandemia y el turismo Premium que se suponía que debíamos alcanzar. Entonces hablaban de atraer turistas, de explorar nuevos mercados. Juegan con nuestra memoria. La excelencia como destino, eso decían sin olvidar la cantidad dentro de la calidad. Vinieron aquí personas que, evidentemente, saben menos que los nuestros a decirnos cómo atraer a los turistas a un destino que lógicamente se despertaba de la pesadilla del covid. Gran osadía para un lugar donde sabemos hacer las cosas. Hemos sido ejemplo para los demás, no un lastre para nadie. Esa gracia de los economistas costó también unos cuantos miles de euros de dinero público. ¿Resultados? Ninguno. Todo se desvaneció sin que se diera la más mínima explicación de los objetivos supuestamente cumplidos. Y no se explicó nada porque nada se hizo. Fue la antesala de un despropósito constante en el que han convertido la hoja de ruta que no tienen sobre el futuro turístico que no han sabido construir. Gracias a Dios que no todo depende de esta gente. De lo contrario ahora mismo estaríamos hablando de ruina total.

Después vino el nombramiento de una consejera no electa de Medio Ambiente, Elena Solís, que llegó por mor de ese nuevo pacto con Podemos después de que el PSOE rompiera con el PP una vez que se garantizaron gobernar sí o sí quitándole un acta a Coalición Canaria, todo un ejemplo de decencia política sobre la que pasan casi siempre de puntillas. No se consultó a nadie para fichar a esa mujer y no se consultó a nadie para destituirla poco tiempo después. Solís se marchó poniendo en evidencia lo que había visto dentro de ese Cabildo: desidia absoluta, desorganización y órdenes dictatoriales jamás orientadas hacia el interés general, mucho menos hacia la verdadera protección de nuestro frágil territorio.

Sin Solís debieron descubrir en el PSOE que estaban huérfanos de apoyo medio-ambientalista, de ahí que se les ocurriera lo de que había que declarar a Lanzarote como “isla saturada turísticamente”. Todo un despropósito que roza la vil provocación cuando quien lo dice es la persona que lleva cuatro años al frente de los destinos de esta tierra y no ha hecho nada para afrontar los retos de la misma.

Quiero dejarlo escrito de forma clara y concisa. No tenemos más instrumento para transformar nuestra realidad y garantizar la calidad de vida de todos nuestros vecinos y vecinas que el turismo. Y a ello dedicaré mis mayores esfuerzos desde que presida el Cabildo a partir de junio próximo. Y lo haré con nuestra gente, poniéndome al frente del sector, de sus empresarios/as y trabajadores/as, de la sociedad civil y económica de Lanzarote, de los grupos ecologistas, de los que no queremos verdaderamente más hormigón ni más camas, al frente de los que hemos trabajado en la reconversión de la planta y en la reducción de plazas alojativas, para liderar el turismo con éxito ante las nuevas restricciones que vienen marcadas por la protección del territorio, la descarbonización y el cambio climático. Lo escribo clarito: no quiero ni un turista más pero tampoco un turista menos. No permitiré tampoco un empeoramiento de la calidad de vida de nuestra gente y para eso hace faltar un sector turístico potente, respetuoso con el medio ambiente y solidario con todos y cada uno de los agentes que participan en el proceso productivo.

En definitiva, estaré a muerte con el sector turístico sin consumir un centímetro más de territorio, recualificando nuestras estructuras e infraestructuras para hacer viable un turismo de calidad, sostenible y universal. Para ello, potenciaré el turismo azul, deportivo, el gastronómico y el cultural, donde se ponga en valor nuestro patrimonio histórico e idiosincrasia.

Hay que huir de afirmaciones como las de la todavía presidenta o como las del vicepresidente del Gobierno de Canarias, Román Rodríguez, que en su afán de convertirse en un paladín de la nada, y de todo al mismo tiempo, nos impone sin remilgos su sonora frase de “a Lanzarote no se puede venir cuando uno quiere sino cuando se puede”, en un alarde irresponsable que se cuida de no decir en su isla natal y de referencia política. Pero que suelta aquí, en Lanzarote, para ver qué puede captar en el río revuelto de la fragmentada izquierda y localismos lanzaroteños. Aquí, el deporte nacional es jugar e improvisar políticamente con lo que da de comer a nuestra gente. Y eso se tiene que acabar.

En esta isla, todos somos conscientes de que no se puede consumir un centímetro más de nuestro territorio. Todos somos conscientes de que tenemos que adaptar nuestra movilidad, capacidad productiva y objetivos sociales y económicos a las nuevas restricciones medioambientales condicionadas por el calentamiento global y la exigente y necesaria política europea de descarbonización. Y, en esas exigencias, estamos plenamente situados.

Espero que este breve análisis sirva para, sin acritud, poner el debate sobre el futuro del turismo en su lugar preciso. Y que ayude a afrontarlo desde la responsabilidad, el entendimiento y el objetivo común.

Y acabo como empecé: no confundamos el instrumento con el objetivo. Ni juguemos con el bienestar de nuestra gente. No deberíamos permitirlo.

El fin de las ocurrencias
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