Escribo esto para otras familias adoptivas que, como yo al principio, se han sentido perdidas, desbordadas y llenas de preguntas.
Porque nadie te prepara para esto. Nadie te explica que tu hijo puede llegar a tu vida con una historia que no recuerda, pero que vive cada día en su manera de sentir, reaccionar y vincularse. Y cuando no lo entiendes, duele.
Al principio lloré y pataleé. Lloré de frustración. Pataleé de impotencia. Me preguntaba: ¿por qué me rechaza si lo quiero tanto?, ¿por qué no busca consuelo en mí?, ¿por qué parece que no me necesita?, ¿qué estoy haciendo mal, para todo esto? Era muy frustrante. Quizá al ser madre ya, pensé que lo sabía todo
Pensaba que yo estaba fallando como madre, hasta que entendí algo que lo cambió todo: mi hijo no es raro, es diferente. Y esa diferencia no era un problema de conducta, era una consecuencia de su primera infancia, la más importante.
Leyendo a David Bueno entendí que, en los primeros tres años de vida, el niño no genera recuerdos conscientes porque el hipocampo aún no está maduro. Pero eso no significa que no haya memoria. Los niños no recuerdan lo que vivieron, pero su cerebro aprende cómo es el mundo en el que vive. Se crea lo que él llama memoria implícita emocional.
Y si en esa etapa hubo abandono, como fue el caso de mi hijo, cambios de cuidadores o falta de respuesta al llanto —cuando es tan importante acudir a consolar—, el cerebro aprende algo muy claro: “vincularme no es seguro, necesitar a un adulto es peligroso”. Eso se queda grabado y marcará la conducta años después o para toda la vida.
Ahí entendí que no desconfiaba de mí, desconfiaba del vínculo. Ahí comenzó mi aprendizaje. Mi hijo no dudaba de mi cariño y de mi amor; dudaba de si ese amor podía ser estable. Me ponía a prueba, se alejaba, lo controlaba todo y evitaba siempre el contacto. Yo, por mi parte, sufría pensando que no me quería, hasta que comprendí que, en realidad, estaba preguntando: “Mami, ¿tú también te vas a ir?”
Hubo otra parte muy dolorosa del camino: el colegio. Muchos niños lo rechazaban, se burlaban y le tendían trampas para que pareciera culpable de cosas que no había hecho. A esto se sumaban las tareas de tercero de primaria, sin hablar el idioma. Inventé lo inimaginable y empecé la casa por el tejado: partí de un lenguaje cero y, al mismo tiempo, tenía que hablarle de la suma. Sentía una mezcla de rabia e impotencia enormes, pero me juré no desfallecer. Hoy veo a padres, desesperados, y los comprendo pero yo no podía decirle a mi hijo que lo quería, y menos aún explicar temas académicos.
Con el tiempo entendí algo duro pero real: aquellos niños no tenían la obligación de entender lo que le pasaba a mi hijo. Pero lo que sí faltó fue algo esencial: empatía adulta. Porque cuando un niño con heridas de apego no es comprendido, su conducta se interpreta como mala educación, desafío, rareza o problema de conducta. Incluso se planteó una posible medicación para calmarlo. Me negué y me formé para ayudarlo sin esa medicación prescrita. Nunca la tomó. Me arriesgué, pero se pudo.
Todo esto provoca más rechazo, más castigos, más etiquetas y más dolor. Mi hijo no solo luchaba con su historia interna, también luchaba contra un entorno que no sabía leer lo que le ocurría.
Lo que empezó a funcionar en casa no fueron las normas, ni los castigos, ni las explicaciones. Fue aplicar, casi sin saberlo, lo que repara esta memoria implícita: rutinas, respuestas siempre calmadas y mucha presencia sin invasión. No tomarme el rechazo como algo personal —eso fue duro, pero lo conseguí— y permanecer, incluso cuando él parecía alejarse.
Porque esta memoria no se cambia con palabras, sino con experiencias repetidas en el tiempo, con su tiempo.
El cambio más grande fue en mí. Cuando dejé de ver conductas problemáticas, empecé a ver heridas de apego grabadas antes de los recuerdos. Dejé de sentir que tenía que corregir a mi hijo continuamente y empecé a sentir que tenía que sanarlo acompañándolo. Y eso lo cambió todo.
Por eso he decidido escribir esto. Porque sé lo que se siente. Nos avergonzamos de contarlo. Sé lo que es pensar que tu hijo no te quiere o que te diga que no eres su madre. Sé lo que es sentirte mala madre o mal padre. Sé la soledad que se vive cuando nadie entiende lo que pasa en tu casa.
Y quiero decir algo que a mí me hubiera gustado escuchar al principio, y que comenté con mi amigo Felipe en la casa de José Saramago, donde fuimos invitados como padres adoptivos: tu hijo no es raro, tu hijo es diferente. Y esa diferencia tiene una explicación.
Mi hijo no necesitaba que le enseñara a portarse bien. Necesitaba aprender algo mucho más profundo: que vincularse ya no era peligroso. Y ese aprendizaje solo se consigue con tiempo, calma, seguridad y presencia constante.
Hasta el final de mis días, lo único que sé es que estaré. Estaré cuando me necesite. Estaré cuando me rechace. Estaré cuando me ponga a prueba.
Porque ahora sé algo que antes no sabía: mi hijo no lucha contra mí. Mi hijo lucha contra una historia que su cuerpo recuerda, aunque su mente no.
Yo no puedo borrar ese pasado, pero sí puedo hacer algo mucho más poderoso: ser la experiencia que lo contradice cada día. Ser la adulta que no se va, la que no se cansa, la que no se rinde, la que entiende que detrás de cada conducta hay una herida muy antigua.
Porque para un niño que aprendió que vincularse era peligroso, lo más sanador no son las palabras, ni las normas, ni las explicaciones. Es la certeza, repetida miles de veces, de que esta vez, el vínculo no se rompe. Gracias Andrey por ser mi hijo. Tu hermano nació de mi vientre y tú de mi corazón.
