martes. 12.05.2026

Comprar no debería parecer una discoteca

Ir a hacer la compra es, para la mayoría, una rutina cotidiana. Un acto sencillo: entrar en un supermercado, escoger productos y volver a casa. Pero para muchas personas autistas, esa experiencia puede convertirse en un auténtico desafío sensorial. Luces intensas, carros chocando, megafonía constante y, sobre todo, una música ambiental a un volumen excesivo convierten algo básico en una prueba de resistencia.

Lo preocupante es que este problema no afecta únicamente a las personas dentro del espectro autista. También golpea a personas mayores, a quienes tienen problemas de audición, migrañas, ansiedad o hipersensibilidad sensorial. Y cada vez son más quienes, simplemente, optan por no volver a determinados establecimientos y realizar sus compras por internet.

La pregunta es inevitable: ¿de verdad es necesario comprar con música a volumen de discoteca?

Hoy resulta habitual entrar en algunos comercios y tener que elevar la voz para hablar con un empleado. En ocasiones, directamente hay que gritar. Es absurdo que un espacio pensado para el consumo y la convivencia termine siendo acústicamente hostil. Muchas personas mayores lo describen con una frase tan gráfica como preocupante: “parece que estoy entrando en una discoteca y no en un supermercado”.

Mientras las administraciones públicas impulsan campañas para reducir la contaminación acústica en las calles, parece que ciertos espacios comerciales han decidido recorrer el camino contrario. Menos ruido fuera, más ruido dentro. Una contradicción difícil de entender.

Numerosos estudios llevan años advirtiendo de los efectos negativos del exceso de ruido sobre la salud. La Organización Mundial de la Salud recomienda reducir la exposición continuada a niveles elevados de sonido porque pueden generar estrés, fatiga mental, problemas de concentración e incluso alteraciones cardiovasculares. En personas autistas, además, la sobrecarga sensorial puede derivar en episodios de ansiedad, bloqueo o necesidad urgente de abandonar el lugar.

Sin embargo, lejos de avanzar hacia entornos más amables, algunos comercios parecen empeñados en convertir la experiencia de compra en un bombardeo constante de estímulos. Música alta, promociones repetidas por megafonía y anuncios insistentes que llegan a sonar decenas de veces cada hora.

Porque ese es otro problema creciente: la repetición incesante de mensajes comerciales.

“Recuerda que abrimos los domingos”.

“Estamos abiertos este domingo”.

“Ven también el domingo”.

Una y otra vez.

Algunas marcas reconocen que tienen programados estos avisos hasta 45 veces por hora. Cuesta entender qué lógica hay detrás de semejante insistencia. ¿De verdad alguien necesita escuchar el mismo mensaje cada minuto y medio para recordar que un supermercado abre el domingo?

La publicidad reiterativa no informa: agota.

Y lo más llamativo es que muchas veces esos anuncios comienzan a escucharse desde el lunes. Siete días repitiendo lo mismo. Tal vez bastaría con comunicarlo a partir del jueves, reducir la frecuencia y, sobre todo, respetar el silencio de quienes solo quieren comprar tranquilos.

Porque aquí no hablamos de un simple capricho. Hablamos de accesibilidad.

Los expertos en inclusión y accesibilidad sensorial llevan tiempo defendiendo medidas sencillas pero eficaces: bajar el volumen de la música, reducir los mensajes de megafonía, crear franjas horarias amplias sin estímulos agresivos y formar al personal en atención a personas con sensibilidad sensorial.

Algunas cadenas presumen de aplicar iniciativas como la llamada “hora silenciosa”. Sobre el papel suena bien. En la práctica, muchas veces consiste en una única hora al día —frecuentemente de 14:00 a 15:00— cuando gran parte de la población está trabajando o comiendo. ¿De verdad eso es suficiente? Francamente, parece más una campaña de imagen que una apuesta real por la inclusión.

Y aquí surge otra reflexión incómoda. A veces da la sensación de que determinados modelos comerciales prefieren empujar al consumidor hacia la compra online. Si acudir físicamente al establecimiento se convierte en una experiencia agotadora, muchas personas acabarán optando por hacer el pedido desde casa.

Eso permite, además, reducir personal en tienda, automatizar procesos y aumentar beneficios. Y lo más curioso es que, en numerosas ocasiones, determinados productos terminan siendo incluso más caros en la web que en el establecimiento físico. El cliente pierde comodidad en la tienda y acaba pagando más por internet. Un negocio redondo para las empresas, pero no necesariamente para el consumidor.

La accesibilidad no puede reducirse a una hora simbólica. Igual que existen rampas para personas con movilidad reducida, también deberían existir entornos acústicamente razonables para quienes necesitan espacios menos invasivos.

Y no, bajar el volumen no espantará a los clientes. Quizá ocurra justo lo contrario.

Tal vez muchos mayores volverían a comprar presencialmente. Tal vez personas autistas podrían recorrer los pasillos sin sufrir una sobrecarga sensorial. Tal vez hablar con un trabajador dejaría de parecer una competición de gritos.

A veces confundimos modernidad con ruido. Como si el silencio fuera sinónimo de aburrimiento y el volumen alto transmitiera dinamismo. Pero un comercio no necesita parecer una sala de fiesta para funcionar.

Comprar debería ser una experiencia cómoda, accesible y humana. No una batalla contra los decibelios.

Comprar no debería parecer una discoteca
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