En los estertores de la Guerra Civil, y como consecuencia del avance franquista en Cataluña, se produjo el éxodo masivo, entre enero y febrero de 1939, de cerca de medio millón de españoles que, cruzando los Pirineos a Francia, huían de las represalias del bando ganador de la Guerra Civil española. Es lo que se conoce como "Retirada". El informe “Valière” del Gobierno francés cifró en 440.000 el número de refugiados españoles en el sur de Francia, de los cuales 170.000 eran mujeres, niños y ancianos, 220.000 soldados y militares, 40.000 inválidos y 10.000 heridos. El trato de las instituciones francesas fue vergonzoso, como mostraré más adelante. Todo lo contrario que el dispensado por Lázaro Cárdenas, el presidente de la República de México de 1934 a 1940, que desde los inicios de la Guerra Civil española nos tendió una mano amiga. Dio asilo político en su embajada a los que padecían los rigores del conflicto, tomó a su cargo a más de 400 niños españoles (Morelia) y tras el conflicto, acogió cerca de 25.000 españoles del bando republicano. No sólo a los intelectuales de prestigio, los investigadores o los científicos. También los artesanos, los obreros, los agricultores.
Frente a la desvergüenza del gobierno francés de entonces, sobresale el siguiente telegrama de Cárdenas, de 1 de de julio de 1940 a su embajador en Francia, Luis I. Rodríguez: "Con carácter urgente manifieste usted al Gobierno francés que México está dispuesto a recoger a todos los refugiados españoles de ambos sexos residentes en Francia. Diga usted que este Gobierno está tomando medidas conducentes para llevar a la práctica esta resolución en el menor tiempo posible. Si el Gobierno francés acepta en principio nuestra idea, expresará usted que desde el momento de su aceptación, todos los refugiados españoles quedarán bajo la protección del pabellón mexicano. Asimismo, de aceptar el Gobierno francés, sugiera usted forma práctica para realizar propósito, en la inteligencia de que en atención a las circunstancias, nos dirigimos a Gobiernos alemán e italiano, comunicándoles nuestro deseo. Conteste urgentemente".
Rodríguez pese al cruento escenario tras la intervención nazi, cumplió su misión urgente en aquella Francia humillada y de gobiernos divididos, para lograr la salida de miles de refugiados. Además escribió un libro extraordinario sobre estos momentos trágicos de Francia, Ballet de Sangre. La caída de Francia, con un prólogo precioso de Pablo Neruda, del que extraigo estas palabras:
“Luis I. Rodríguez actúa cuando ya la araña feroz está engullendo y digiriendo la catástrofe. Ya ha terminado la comedia angustiosa de España. Franco está sentado sobre un millón de cadáveres; las cárceles están apretadas de seres humanos; el destierro divide a España con una cicatriz inolvidable, entre un pueblo famélico y martirizado que quiere salir y un río de desterrados que esperan el regreso. Nadie habla ya de civilización occidental defendida: España es la primera víctima de una conspiración criminal y Franco un pequeño lacayo, barrigudo y sangriento, poseído también de un odio recalcitrante por la cultura y la libertad. A la historia diplomática y pública de México, pertenece desde hoy este noble y elevado libro…. Este libro es una nueva enseñanza, agregada a las de cada día. Enseñanza más digna de ser tomada en cuenta que la noticia de una batalla perdida, porque esta sumersión en el torbellino, en el corazón traicionado de Francia, en la danza de la sangre, está hecha con la ternura, con la nobleza y la misericordia de un hombre que, como Luis I. Rodríguez, llevó a ese pueblo y a ese drama, con la representación de México, las manos acogedoras de América y las llaves de la Libertad”.
Rodríguez salvó además a Manuel Azaña y Juan Negrín. Merece la pena destacar su conversación mantenida con el general Petain, el cual le pregunta: "¿Por qué esa noble intención que tiende a favorecer a gentes indeseables?" Rodríguez: "Le suplico la interprete usted, como un ferviente deseo de beneficiar y amparar a quienes llevan nuestra sangre y nuestro espíritu". Le replicó Petain: "Pero llamemos a esa actitud impulso de humanidad, mejor que auxilio a Francia, porque de sobra conocemos que en las grandes miserias las ratas son las primeras que perecen, y en el caso nuestro, los exiliados de España estarían obligados a llevar ventajosa delantera a mis compatriotas".
Rodríguez nos describe con extraordinario realismo y crudeza los campos de concentración franceses, ofrecidos como albergue a españoles: "Deshonran al Gobierno francés y a un pueblo que creímos un positivo baluarte de solidaridad humana, de hospitalidad fecunda y limpia. No exageramos al decir que esas prisiones, ni siquiera dignas de enemigos, son claro exponente de almas retacadas de hollín, de cerebros enloquecidos por la ruindad y el miedo; son obra del desastre moral de Francia, del egoísmo, de la estulticia, de la falta de fe en el destino propio. En nombre de su trilogía vital, esgrimían y esgrimen la técnica de complicada tortura; en nombre de la Libertad, encadenan a sus hermanos de ayer, haciéndoles sentir, con refinada crueldad, el innoble peso de una esclavitud que no merecen; en nombre de la Igualdad los encierran en los campos de concentración —dantescas cárceles con verdugos senegaleses—, y los señalan con diversos colores puestos sobre el pecho, acorralándolos como bestias “infestadas” de rebeldía y pundonor. En nombre de la Fraternidad, los dejan morir de dolor y de hambre, frente a un horizonte de púas y de mugre; se burlan de su desgracia deshonrando la ironía; martirizan a los niños prisioneros cuando los ven jugando; la bayoneta del negro rompe la pelota de goma policromada; escupen contra los sabios su enano desprecio; ultrajan a las mujeres con su chata lascivia y persiguen a las adolescentes con sus ojos de batracio y sus gestos fangosos. Estos mezquinos sacristanes en esa “misa negra” de Francia, se empeñan en llenar de pesadumbre el corazón de los refugiados españoles; pero jamás podrán inocularles su cobardía. Quienes defendieron Madrid, escribiendo una heroica gesta que es un ancho respiro en esta cloaca de pasiones y de intereses bastardos, con sólo su presencia irritan a los que están dispuestos a pactar con el enemigo, pensando únicamente en el precio de la deshonra. Por eso les molesta ver tanta miseria material, pero tanta riqueza de espíritu; por eso les indigna contemplar una serenidad, una fortaleza, un egregio coraje y una dignidad que ellos, los opresores, han olvidado en esta hora de prueba para el mundo”.
La categoría moral de Rodríguez queda demostrada por la acción siguiente. La mañana del martes 5 de noviembre de 1940, el prefecto de Montauban quiso impedir la presencia de españoles en el cortejo y enterrar al último presidente de la II República, Manuel Azaña, con la bandera de Franco. Rodríguez se enfrentó a él, negándose a semejante “blasfemia”, y al no poder hacerlo con la republicana, desafíó al representante de las autoridades francesas con estas palabras: “Lo cubrirá con orgullo la bandera de México; para nosotros será un privilegio; para los republicanos, una esperanza, y para ustedes una dolorosa lección”.
Los españoles, sobre todo los que se autoproclaman republicanos, deberían recordar y homenajear de alguna manera a Luis I. Rodríguez, como por supuesto a Lázaro Cárdenas. Ya va siendo hora. Podría reeditarse el libro Ballet de sangre. La caída de Francia, para su divulgación y reflexión especialmente en los centros educativos y también en la sociedad española.
