miércoles. 25.03.2026

Pedro Garfias: “España que perdimos, no nos pierdas…”

 

En los primeros párrafos del Génesis Dios y Adán se repartieron sin mayor discusión los nombres de las cosas, lo que suponía además del reconocimiento de su existencia, el de su apropiación. Quien nombra, al fin y al cabo manda y al nombrar, hace valer su interpretación de las cosas.

Me fijaré en esa apropiación espuria del lenguaje en nuestra historia y también en el presente. La historiografía franquista impuso determinadas palabras a la sociedad española, que   lamentablemente siguen vigentes todavía. Se normalizaron  en la escuela, los medios y la familia.  Una de ellas, es la de “nacionales” para denominar a los que se rebelaron contra el gobierno legítimo de la República, lo que implica cierta familiaridad con ellos, y sugiere  que sus contrarios, quienes  lucharon en defensa de la legitimidad democrática eran anti-españoles o cosas peores, despectivamente se les llamaba los "rojos".  Seguir usando el término “nacionales” supone adoptar el lenguaje, que usaron los propios sublevados en 1936, que mantuvo la propaganda franquista durante toda la dictadura y que la inmensa mayoría de los historiadores han rechazado. Lo mismo en relación a otros términos impuestos por la dictadura como “Alzamiento Nacional” o “Movimiento Nacional”, “Guerra de Liberación”, “Cruzada” o “Reconquista”.

Azaña en su obra, que debería ser más conocida por los españoles,  la Velada de Benicarló, escrita en 1937 en plena Guerra Civil-aunque es más apropiado el término de Guerra de España por la intervención de ejércitos extranjeros- a través de uno de sus personajes, Eliseo Morales (representa a Azaña como escritor) ya discrepa de esa visión excluyente de los sublevados: “En nuestra guerra, las tesis del patriotismo nacional, que pretende integrar en una expresión común intereses y clases divergentes, son las de la República, sostenida por burgueses y proletarios. Por su parte, la rebelión que se llama nacionalista y exalta el españolismo, provoca y utiliza la violación de las fronteras para aniquilar a la fracción más numerosa del país, como si todo lo que representan el liberalismo burgués y el obrerismo no fuese también nacional”.

Como señala José María Ridao en su libro "La República encantada. Tradición, tolerancia y liberalismo en España, en 1998 visitó la tumba de Manuel Azaña en Montauban, Nos recuerda que al llegar al cementerio tardó en localizar la lápida abandonada y cubierta de maleza, sobre la que encontró jirones de banderas republicanas y una placa rota en reconocimiento al último presidente de la República. Tras reunir los fragmentos dispersos de la placa, aún pudo leer: LOS ESPAÑOLES REPUBLICANOS EXILIADOS EN FRANCIA A SU PRESIDENTE, D. MANUEL AZAÑA. VIVA LA REPÚBLICA. Al principio, sigue diciéndonos, Ridao, profundamente conmovido no entendió su auténtico significado. Posteriormente, le supuso una auténtica revelación sobre el significado de la historia de España; a los redactores de la placa sobre la tumba de Azaña que encontró no les cupo duda: el sustantivo era “español”, y el adjetivo, “republicano”. Cambiar ese orden fue el origen de su drama. Ahí estaba la clave, en ese juego de sustantivos y adjetivos que trasformaba el tópico de que son los vencedores quienes escriben la historia poniendo en evidencia de que en esta España nuestra, se priva a los vencidos de la condición de españoles, convirtiéndolos en extranjeros. 

¿Acaso no eran españoles los exiliados que llegaron a Méjico en el barco Sinaia?  Eran historiadores, filósofos, fotógrafos, dibujantes, intelectuales y artistas, como Pedro Garfias, Tomás Segovia, Ramón Xirau, José Gaos, Eduardo Nicol, Adolfo Sánchez Vázquez, Julio Mayo, Manuel Andújar y Benjamín Jarnés. También mineros, agricultores, ganaderos, albañiles, artesanos, empleados, comerciantes, médicos, abogados y maestros.  Julián Atilano, entonces un chico de 12 años, tras 75 años, recuerda con suma tristeza: “Hubo un momento imborrable cuando pasamos por delante del Peñón de Gibraltar e íbamos a dejar definitivamente atrás España. Algunos integrantes de la Orquesta Sinfónica de Madrid que viajaban en el barco se pusieron a interpretar Suspiros de España. Ahí sentimos que no había retorno”.

¿Acaso no eran españoles? León Felipe con su obra Español del éxodo y del llanto. Luis Cernuda, autor del mejor poema del siglo XX en nuestra lengua, Díptico español, del que reproduzco este fragmento desgarrador:Si yo soy español, lo soy. A la manera de aquellos que no pueden ser otra cosa: y entre todas las cargas que, al nacer yo, el destino pusiera sobre mí, ha sido ésa la más dura. No he cambiado de tierra, porque no es posible a quien su lengua une, hasta la muerte, al menester de poesía”.  Pedro Garfias, que  dedicó un impresionante poema a Méjico y a Lázaro Cárdenas, del que expongo un pequeño fragmento, que encoge el alma: “España que perdimos, no nos pierdas; guárdanos en tu frente derrumbada, conserva a tu costado el hueco vivo de nuestra ausencia amarga que un día volveremos, más veloces, sobre la densa y poderosa espalda de este mar, con los brazos ondeantes y el latido del mar en la garganta”.

¿Acaso no eran españoles los judíos expulsados por los Reyes Católicos, el morisco Ricote que aparece en el Quijote, erasmistas, ilustrados, liberales, enciclopedistas, afrancesados, masones, krausistas, liberales, marxistas, socialistas, comunistas, anarquistas, republicanos…? Esta ha sido nuestra triste  historia. En 1943, Gerald Brenan en El laberinto español: “Si hay una actitud española es ésta de creer que la solución a todos los problemas pasa siempre por excluir a alguien o librarse de alguien”.  

No sé si hemos aprendido la lección. Desde la política en la campaña electoral  del 23-J de 2023 se usó  este eslogan: ¡SÁNCHEZ O ESPAÑA!  

Pedro Garfias: “España que perdimos, no nos pierdas…”
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