martes. 24.02.2026

Sobre el patriotismo auténtico, el de verdad

Todos los años cuando llega 12 de octubre, irrumpe la polémica sobre el concepto de patriotismo. Tal fecha de la fiesta nacional se considera también de la Hispanidad, de la Raza, de la Virgen del Pilar… Me llama poderosamente la atención, que el acto más destacado e imprescindible sea un desfile militar, en el que no falta, por supuesto, la Legión, precedida de su mascota «la cabra». A no ser que haya una razón oculta e inconfesable que justifique la presencia del estamento castrense, podrían desfilar en sustitución rotativamente otras profesiones: mineros, médicos, camioneros…

Si algún político no asiste a estos actos se le acusa de falta de patriotismo, por aquellos que patrimonializan las esencias patrias. Estos «patriotas» piensan que patriotismo es el envolverse en la bandera y besarla con pasión, el entonar el himno nacional, el festejar la fiesta del 12 de octubre, el presenciar desfiles militares, o descorchar botellas de champán con el triunfo de la «Roja». Este es un patriotismo de cartón piedra. Ser patriota es mucho más. A todos estos «patriotas» les dedico las líneas siguientes.

En el artículo “El sentido olvidado del patriotismo republicanoMaurizio Viroli, profesor emérito de Teoría Política de la Universidad de Princeton, hace un recorrido histórico para definir tal concepto de patriotismo. Para los teóricos republicanos clásicos, y sobre todo para los romanos, el amor de la patria es una pasión. Se trata de un amor generoso y compasivo por la República y por sus ciudadanos. Para el escolástico, Tolomeo de Lucca: «Amor patriae in radice charitatis fundatur». Esto es, «el amor a la patria encuentra su fundamento en la raíz de la caridad que antepone, no las cosas privadas a las comunes, sino lo que es común a lo privado». Para el dominico Remigio de Girolami, el amor a la patria se trata del afecto por una República particular y por unos ciudadanos particulares, que nos son queridos, porque compartimos con ellos cosas importantes: las leyes, la libertad, el foro, las plazas públicas, los amigos, los enemigos, la memoria de las victorias y de las derrotas, las esperanzas, los miedos. Es una pasión que crece entre ciudadanos iguales y no el resultado del consentimiento racional otorgado a los principios políticos de la República en general. Puesto que es una pasión se traduce en acción, y de forma más precisa, en actos de servicio al bien común. Debe tenerse en cuenta que para los teóricos republicanos la caritas reipublicae es una pasión revitalizadora que impele a los ciudadanos a ejercer los deberes de la ciudadanía y que proporciona a los gobernantes la fuerza precisa para acometer las duras tareas necesarias para la defensa, o la institución, de la libertad.

En la Encyclopédie leemos que Patrie, no significa el lugar en el que hemos nacido, como cree la concepción vulgar. Por el contrario, significa «estado libre» del que somos miembros y cuyas leyes protegen nuestra libertad y nuestra felicidad. Para el autor de la entrada, el término patrie es sinónimo de república y libertad, como lo era para Maquiavelo y para los escritores políticos republicanos.

En el libro Diálogo en torno a la República que intervienen Norberto Bobbio y Maurizio Viroli, este último nos hace una definición breve pero preciosa, toda una lección de Educación para la Ciudadanía, de la virtud cívica, que es el verdadero significado del ideal republicano del amor a la patria. No la voluntad de inmolarse por la patria. Es una virtud para quienes quieren vivir con dignidad y, sabiendo que no se puede vivir dignamente en una comunidad corrupta, hacen lo que pueden y cuando pueden para servir a la libertad común; ejercen su profesión a conciencia, sin obtener ventajas ilícitas ni aprovecharse de la necesidad o de la debilidad de los demás; su vida familiar se basa en el respeto mutuo, de modo que su casa se parece más a una pequeña República que a una monarquía o a una congregación de desconocidos unida por el interés o la televisión; cumplen con sus deberes cívicos, pero no son dóciles; son capaces de movilizarse con el fin de impedir que se apruebe una ley injusta o presionar a los gobernantes para que afronten los problemas de interés común; participan en asociaciones diferentes; siguen los acontecimientos de la política nacional e internacional; quieren comprender y no ser guiados o adoctrinados, y desean conocer y discutir la historia de la República, así como reflexionar sobre la memoria histórica.

En otros predomina un deseo estético de decencia y decoro; aún otros se mueven por intereses legítimos: desean calles seguras, parques agradables, plazas bien mantenidas, monumentos respetados, escuelas serias y hospitales de calidad. Algunos se comprometen porque quieren ser valorados y aspiran a recibir honores, sentarse en la mesa de la presidencia, hablar en público y colocarse en primera fila en las ceremonias. En muchos casos los motivos actúan juntos, reforzándose unos a otros. Esta virtud cívica no es imposible, y todos conocemos personas que responden a esta descripción del ciudadano con sentido de responsabilidad cívica y que sólo hacen el bien a la comunidad y a sí mismos. Estos son los auténticos patriotas.

Y ahora quiero aportar mi visión sobre el patriotismo, que no niega las antes descritas, pero que incorpora algunas aportaciones. El patriotismo auténtico, el de verdad, es querer lo mejor para tus conciudadanos: los mejores hospitales, las mejores escuelas, las mejores residencias para la tercera edad…Y esto se consigue pagando cada cual religiosamente sus impuestos. Sin embargo, proliferan en esta España nuestra, algunos que alardean de patriotismo, con mucha pulsera de la bandera de España en la muñeca, y luego llevan sus dineros a paraísos fiscales. Este es un patriotismo de cartón piedra, una auténtica farfolla, una auténtica perversión del auténtico, suficientemente explicado en las líneas anteriores. Esa perversión, no solo se produce hoy, sino también ha sido una constante en nuestro pasado. Veámoslo. Quiero recurrir a dos grandes escritores en nuestra lengua, el primero, tuvo que morir en el exilio-todavía sigue enterrado fuera de España-, y el segundo fue asesinado, cuyos culpables fueron los rebeldes fascistas.

Palabras de Antonio Machado: «La patria (nación), decía Juan de Mairena, es en España un sentimiento sencillamente popular, del cual suelen jactarse los señoritos. En los trances más duros, los señoritos la invocan y la venden, el pueblo la compra con su sangre y no la menta siquiera». Acierta de pleno el poeta sevillano, gran conocedor de nuestra historia.

En una entrevista realizada a Federico García Lorca, el 10 de junio de 1936 en El Sol, el más leído en la prensa del momento, dice unas palabras que no han perdido actualidad. «Yo soy español integral, y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos, pero odio al que es español por ser español nada más. Yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista abstracta por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos. El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos». Yo también, y para mí están más cercanos, gente buena, aunque sean extranjeros provenientes de otro continente, que gente mala, aunque tenga el DNI de español.

Quiero terminar con una breve reflexión. Hay algunas fuerzas políticas, que alardean de patriotismo, pero luego votan en contra de determinadas medidas sociales-revalorización de pensiones con el IPC, subidas del SMI, el escudo social, ayudas al transporte…- que benefician a la mayoría de los españoles.  Querrán mucho a España, pero muy poco a los españoles.

Sobre el patriotismo auténtico, el de verdad
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