martes. 07.04.2026

“Musulmán, el que no bote”. La banalidad del mal

El grito irresponsable y vergonzoso pronunciado por miles de espectadores en el Estadio de Sarriá de “musulmán el que no bote” no es una simple anécdota intrascendente. Si una masa ingente corea enardecida semejante mensaje, lo que manifiesta no es solo la irresponsabilidad de un instante, sino una prueba incuestionable de que hace tiempo se va sedimentando un poso pestilente en nuestra sociedad. Es una deriva que, poco a poco, hemos ido tolerando hasta convertirla en algo normal. Me he fijado en el mensaje dirigido al musulmán, pero es igualmente muy grave, que se pronuncie el insulto “Pedro Sánchez, hijo de puta”. Se ha normalizado, se ha banalizado. Es más, en este último caso, se ha jaleado con regocijo en muchas fiestas populares. Es llamativo que insultar a la presidencia del gobierno, una de las instituciones del Estado, no se le dé importancia alguna. ¡Qué nivel de degradación moral se está expandiendo en nuestra sociedad!  No sé si somos conscientes del auténtico significado del insulto indiscriminado. En esa violencia verbal hay una violencia oculta, contenida e insaciable. Insultar es disparar. La ira, como todas las emociones, sirve para movilizar, pero no para razonar. La ira está reñida con la política democrática porque no concibe la alternancia, solo la destrucción del rival. La apuesta por el insulto y la ira es, además de éticamente reprobable, un camino sin retorno. Empiezas por negar la verdad y acabas negando a tu adversario, no tan solo sus razones, sino hasta sus derechos. La ira te arrastra al lodo, a la ciénaga y `propicia la revancha, no la alternativa política. Deslizarte por las pasiones viscerales es alimentar un monstruo que acabará devorándote. “Aferrarse a la ira es como agarrar un carbón ardiente con la intención de lanzárselo a otra persona; eres tú quien se quema", esta cita se atribuye a Buda. “No dejes que tu ira te lleve al odio, pues te harás más daño a ti mismo que al otro". Esta es de Samuel Johnson.

Retornando al “musulmán, el que no bote” no surge por generación espontánea. Hace ya tiempo, no de una forma abierta, mensajes parecidos se han expresado frecuentemente con bromas, insinuaciones o discursos aparentemente razonables; en otras directamente alentados por la extrema derecha. Pero esa repetición permanente, consigue que estos mensajes pierdan su capacidad de escandalizar. Y cuando algo deja de escandalizarnos, empieza a aflorar abiertamente en nuestra sociedad.

Ahí está en el auténtico problema: la banalización. Los procesos de degradación y perversión en una sociedad no suelen iniciarse con una gran quiebra concreta, sino con pequeñas concesiones, con la permisividad progresiva de lo que en un pasado relativamente reciente se hubiera considerado totalmente condenable. Tal evolución podemos constatarla en lo que Hannah Arendt describió como la banalidad del mal en 1963, tras asistir como testigo al juicio de Eichmann. El abandono de cualquier criterio moral por parte de los verdugos, acogiéndose al imperativo de la obediencia, a la mayoría de ellos les servía como justificación para explicar su actuación crimi­nal, lo que nos indica su fragilidad y su falta de resistencia para perderse en la masa, lo que les convertía, según afirmaban los testigos de los jui­cios de Núremberg y de Jerusalén, en auténticos robots. Aquí en la España de 2026 no hablamos de verdugos, pero sí de que muchos ciudadanos, como los miles de espectadores de Sarriá, pueden contribuir a dinámicas dañinas, basta con asumirlas como normales. Ahí reside el riesgo. No en los extremos evidentes, sino en la capacidad de la sociedad para acostumbrarse a ellos sin apenas resistencia. Esos miles de espectadores, no son una masa descontrolada de energúmenos, de auténticos descerebrados, sino que son ciudadanos normales con esposa e hijos, con los que compartimos trabajos o estudios, pero que, en una situación concreta, asumen como legítimo un mensaje que excluye, estigmatiza y rompe con principios básicos de nuestra convivencia. Ahí está la señal de alarma: la facilidad con la que el rechazo al “otro” puede convertirse en un gesto colectivo casi automático.

Las grandes catástrofes políticas están propiciadas en buena parte por la indiferencia de gran parte de la sociedad. En cierto modo, ser indiferente al sufrimiento es lo que deshumaniza al ser humano. La indiferencia, después de todo, es más peligrosa que la ira y odio. La ira puede ser a veces creativa. Uno escribe un gran poema, una magnífica sinfonía, uno hace algo especial por el bien de la humanidad porque uno está enfadado por la injusticia de la que uno es testigo. Pero la indiferencia nunca es creativa. Incluso el odio a veces puede suscitar una reacción. Luchas contra él. Lo denuncias. Lo desarmas. La indiferencia no suscita respuesta. La indiferencia no es una respuesta. 

El gran historiador Jacobo  Burckhardt escribió ya en 1870 en su libro Estudio de la Historia la siguiente máxima: “La Historia no solo debe hacernos más razonables (para la vez siguiente), sino sabios (para siempre)”.  Por ello recomiendo el libro Los amnésicos: Historia de una familia europea de Geraldine Schwarz, con un espléndido epílogo de Álvarez Junco, titulado El peso de un pasado sucio. Geraldine nos dice que cuando terminó la II Guerra Mundial y los alia­dos comenzaron con mayor o menor celo a desna­zificar Alemania, fijaron cuatro grados de impli­cación en los crímenes nazis: los incriminados mayores, los incriminados y los incriminados menores, todos ellos sujetos a una investigación judicial. En cuarto lugar, estaban los Mitläufer, los simpatizantes, término que describía a quienes se dejaron llevar por la corriente, aquellos que solo participaron nominalmente en el nacionalsocialis­mo, contentándose con pagar las cuotas y acudir a las reuniones obligatorias de partido. Los Mitläufler superaban con creces los más de ocho millones de afiliados al partido nacional socialista. Geraldine aborda el pasado traumático mediante una investigación sobre sus abuelos, ni fanáticos, ni criminales, buenas personas arrastradas por la corriente de la historia y cómplices también, es decir, Mitläufler.  Geraldine asegura que los verdaderos perseguidores, los verdugos, los monstruos en general son pocos. Y siempre nos interesamos por los monstruos, o por los héroes, o por las víctimas. Pero la mayoría de las personas no se identifican con ninguna de estas tres categorías, que solo conciernen a una minoría. Los mitläufers son una masa de personas que, por su número y de manera más o menos pasiva, pueden consolidar un régimen criminal.

Igualmente es recomendable el libro de Siegmund Ginzberg Síndrome 1933 donde afirma: «Llegados a este punto le debo al lector una explicación del porqué de este libro. De un tiempo a esta parte casi no pasa un día sin que las noticias me produzcan una desagradable sensación de déjà vu. Leo la prensa, veo los telediarios, zapeo entre tertulias, escucho lo que dice la gente en los bares o en el autobús y me da la impresión de que todo esto ya lo he leído, ya lo he visto, ya lo he oído antes. Solo que en otro momento y en otro lugar». A modo de crónica y de análisis, nos detalla los hechos que determinaron la llegada del nazismo al poder, y nos plantea una cuestión que otros ya plantearon, pero que es oportuna y no pierde relevancia. Se pregunta si las décadas de los años veinte y treinta del pasado siglo guardan semejanzas con nuestro presente. Si las causas de aquellos años de atrocidades, totalitarismos, violencias, pudiesen encontrar parentesco con las causas que hoy propician esta época convulsa de populismo, acompañado de unas dosis de antiliberalismo. Esta época de odio al diferente- el musulmán, el inmigrante, las feministas, los homosexuales y los LGBT-, de discursos irascibles, de zascas en redes, de tertulias broncas en la televisión. Los síntomas –el síndrome- de un tiempo y de otro puede responder a un factor común. Es decir: pueden darse coincidencias entre la erosión de las democracias liberales de los años treinta y la degradación de las instituciones democráticas –no tanto del concepto de democracia- en esta segunda década del siglo XXI.

¿Y qué relación podríamos plantear entre aquel episodio de nuestra historia y este presente –la última década- que nos ha tocado vivir? Aquí es donde Ginzberg hila fino y, mientras nos va contando la Alemania de Weimar y del Partido Nazi, se detiene en una serie de fenómenos, sociales y políticos, que podrían guardar concomitancia con el Estados Unidos de Trump, el Brasil de Bolsonaro o la Argentina de Milei- es aportación mía la España de Vox-. La primera coincidencia sería la del odio al diferente. ¡Musulmán, el que no bote! La de señalar a un responsable -a un chivo expiatorio- de la situación de crisis de un país. Si para Hitler ese chivo expiatorio era el judío –el pueblo judío, sin más-, para los líderes de este populismo de nuevo cuño sería la inmigración, razón de todos los males de una sociedad. Cabe recordar los acontecimientos en Torre Pacheco. A propósito de esta analogía, Ginzberg nos cuenta las técnicas de manipulación de la prensa nacionalsocialista, en concreto de la publicación Der Stürmer, un semanario que se encargó de retratar al judío como un ser repulsivo, agresivo, depravado. Responsable de la decadencia de una civilización. Esa estigmatización; es decir, asociar la conducta a la etnia, sería una similitud de nuestra política y la política de 1933. Hay más. Ginzberg también alude a la retórica en el discurso político. Una retórica en la que prevalece la descalificación, el histrionismo, lo visceral. En esta coyuntura, es evidente, se va quebrando la convivencia –eso en primer lugar-, y esa quiebra, a su vez, propicia la desafección política. Y de ahí llegamos a una posible conclusión: para qué la democracia. El tono en el que Trump se dirige a sus adversarios quizá no difiera del tono autoritario y soberbio de los políticos antiliberales del siglo XX.

Lo que debemos plantearnos hoy en primer lugar es cómo hemos llegado a esta situación, mas considero mucho más trascendental reflexionar hasta dónde lo vamos a permitir. La historia proporciona jugosas lecciones, como las que he mostrado. Estos procesos de deshumanización tienen una lógica aplastante: crecen cuando no se establecen cortafuegos. Los gritos estigmatizadores y deshumanizantes coreados por miles de personas, un auténtico paradigma de estulticia, en poco tiempo pueden extenderse como una plaga mucho más amplia e incontenible.  Y entonces el daño es irreversible. Por eso, antes como prevención, una política responsable e impregnada de los valores democráticos tiene que intervenir. La política debe salvaguardar la democracia y no competir por el voto a cualquier precio. Las ambigüedades, los silencios, la indiferencia contribuyen a consolidar lo que debería combatirse y que de no ponerse coto puede provocar un incendio que nos abrase a todos.

“Musulmán, el que no bote”. La banalidad del mal
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