El eurocentrismo es una forma de etnocentrismo (colocar a una cultura como superior con respecto al resto), por lo que se convirtió históricamente, en motivo de dominio y sumisión sobre otras civilizaciones, cuyos valores se tomaron como inferiores, y por ende no dignos de respeto. Supone una determinada visión de la historia. Desde el inicio de la Modernidad, la historia de los pueblos de América, de África, o de otros continentes no europeos quedó en manos de los historiadores europeos. A los pueblos «sin historia, sin memoria y sin sueños», los vencedores impusieron una historia, su historia. La historia contada es solo una parte de la historia. Para el filósofo, historiador y teólogo, Enrique Dussel, las palabras construyen discursos que jerarquizan y priorizan mensajes e ideas que plasman una manera de organizar el mundo. Quien escribe la historia tiene la capacidad de negar hechos a la vez que entroniza otros o los convierte en protagonistas de la historia. La palabra «descubrimiento» supone una mirada europea como centro del mundo que descubre o quita el velo de un continente. «Hablar del descubrimiento es partir del «yo» europeo como constituyente del acontecimiento histórico: «yo descubro», «yo conquisto», «yo evangelizo». El «yo» europeo define al primitivo habitante (amerindio) des-cubierto como cosa que, entrando al mundo del europeo, cobra «sentido».
Por eso, Eduardo Galeano nos dice con gran ironía en Los hijos de los días: «En 1492, los nativos descubrieron que eran indios, descubrieron que vivían en América, descubrieron que estaban desnudos, descubrieron que existía el pecado, descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un Dios de otro cielo, y que ese Dios había inventado la culpa y el vestido y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja».
Para corregir esta esquizofrénica ceguera del eurocentrismo hay que recurrir a voces de otros continentes. Entre ellos, el libro “Los condenados de la Tierra” de Frantz Fanon con un prólogo de Jean Paul Sartre, en el que nos escupe a la cara de los europeos con palabras de Fanon: «No perdamos el tiempo en estériles letanías ni en mimetismos nauseabundos. Abandonemos a esa Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina por donde quiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo. Hace siglos… que en nombre de una pretendida aventura espiritual ahoga a casi toda la humanidad.».
O al sociólogo puertorriqueño Ramón Grosfoguel de la Universidad de California en Berkeley, que de nuevo nos denuncia con no menos contundencia a los civilizados europeos: «Por los últimos 5OO años del sistema-mundo Europeo / Euro-americano moderno /colonial capitalista / patriarcal fuimos del ‘cristianízate o te mato’ en el siglo XVI, al ‘civilízate o te mato’ en los siglos XVIII y XIX, al ‘desarróllate o te mato’ en el siglo XX y, más recientemente, al ‘democratízate o te mato’ a principios del siglo XXI». ¡Qué resumen de la historia de la modernidad! Para Grosfoguel, el colonialismo europeo ha dado a los Estados europeos la mayor parte de los bienes raíces del planeta y del capital variable, el trabajo. Occidente ha matado más personas en África, Asia, América y Oceanía, que las que constituían la población europea del siglo XIX. Desde el siglo XVI en adelante, por cada siglo, el colonialismo europeo ha matado tantos habitantes de las colonias como la población media de Europa de aquellos siglos. Ha destruido, por otra parte, más edificios, obras de arte, trabajos de irrigación, escuelas, culturas y ciudades que cuantas fueron anteriormente destruidas en la totalidad de la historia humana. [...] Europa ha subsumido en un enquistado atraso a los «continentes colonizados», primero a través de la guerra de conquista, después con el tráfico de esclavos y las devastadoras matanzas, finalmente a través de un sistema de explotación sistemático y su connatural dominación. [...]
La conquista de América por España fue un ejemplo de esa explotación colonial. Por ello, el domingo anterior a la Navidad, en 1511, el dominico Antonio de Montesinos pronunció en la isla de Hispaniola (Haití), en una iglesia con techo de cañas, un sermón «revolucionario». Hizo la primera protesta pública contra el trato que sus compatriotas infligían a los indios. El sermón, ante la minoría dirigente de la primera ciudad española fundada en el Nuevo Mundo, escandalizó e indignó a sus oyentes. Clamaba con voz llena de ira: «¿Con qué derecho habéis declarado una guerra tan atroz contra esta gente que vivía pacíficamente en su país? ¿No tienen una razón, un alma? ¿No tenéis el deber de amarlos como a vosotros mismos? “Estad seguros de que, en estas condiciones, no tenéis más posibilidades de salvación que un moro o un turco». La denuncia la continuó el padre Bartolomé de las Casas en su libro La Brevísima relación de la destrucción de las Indias de 1552.
A cualquiera que tenga un mínimo de conocimiento histórico y de integridad moral tienen que indignarle estas palabras de Isabel Díaz Ayuso: “Llegamos los de la cruz y pusimos un nuevo orden y, sobre todo, una forma de entender que la vida es sagrada y que había que civilizar y trasladarle al nuevo mundo una forma diferente de vivir. Es de lo que estoy muy orgullosa y he reivindicado siempre”. Es un ejemplo de esa visión eurocéntrica de la Historia, explicada al principio.
