El mundo arde y los incendios del siglo XXI crean su propia meteorología. Un clima nuevo, inhóspito e incontrolable.
En el libro El tiempo del fuego John Vaillant describe uno de estos superincendios, el que afectó a Fort McMurray (Canadá) en la primavera de 2016. Aunque la zona afectada es subártica (el suelo es hielo durante meses), se tardaron meses en extinguirlo por completo. Fort McMurray, el centro neurálgico de la industria petrolera canadiense y el mayor proveedor extranjero de Estados Unidos, fue arrasado por un colosal incendio forestal. La catástrofe, valorada en miles de millones de dólares, derritió vehículos, convirtió barrios enteros en bombas incendiarias y expulsó a 88.000 personas de sus hogares en una sola tarde. A través de esta conflagración apocalíptica —equivalente al huracán Katrina—, Vaillant advierte que no se trató de un acontecimiento único, sino de un aviso de que debemos prepararnos para un mundo cada vez más caliente e inflamable. El fuego ha participado en nuestra evolución durante cientos de milenios, moldeando la cultura y la civilización. Nos ha permitido cocinar los alimentos, defender y calentar nuestros hogares y alimentar las máquinas que mueven nuestra titánica economía. Sin embargo, esta volátil fuente de energía siempre ha amenazado con eludir nuestro control, y en esta era de intensificación del cambio climático, estamos viendo cómo se desata su poder destructivo de formas antes inimaginables. Los incendios terribles se van sucediendo. Vamos a verlo. No voy a citarlos por orden cronológico, esto es lo menos importante.
En enero de 2025 unos catastróficos incendios en Los Ángeles, dejaron casi una treintena de muertos, miles de edificios destruidos y miles de hectáreas arrasadas. En enero de 2026 una persona murió y miles fueron evacuadas en Australia en medio de numerosos incendios fuera de control en el estado de Victoria (sur), donde unas 300 infraestructuras y más de 300.000 hectáreas fueron consumidas por las llamas. En España en la Sierra de la Culebra en 2022 dos grandes incendios en un mes quemaron más de 60.000 hectáreas. El fuego tardó más de 45 días en extinguirse en julio y agosto de 2022 y obligó a evacuar una treintena de poblaciones. Cuatro personas murieron y más de una decena de personas sufrió quemaduras. Sobre estos incendios de Sierra de la Culebra merece la pena leer el libro de Juan Navarro García, Los rescoldos de la Culebra, donde habla sobre incendios, despoblación y cambio climático, pero también es un tratado sobre la resignación popular, realiza un homenaje a los habitantes del campo y confecciona un relato conmovedor sobre heroísmo y supervivencia. Navarro García cubrió aquella tragedia sobre el terreno, regresó a los pueblos de la Culebra para reconstruir, con precisión y con perspectiva, lo sucedido en aquellas horas vertiginosas. Confraternizó con las precarias cuadrillas de bomberos que combatieron el fuego, habló con las psicólogas voluntarias que ayudaron a estos hombres a superar el trauma, paseó con familiares de los fallecidos, escuchó a los vecinos de los pueblos, a los agricultores y los ganaderos, y entró en los despachos de la Junta de Castilla y León donde se construyen relatos alternativos a los recolectados en los pueblos.
Proseguimos con más incendios. Los incendios forestales registrados en Castilla y León durante 2025 fueron finalmente 1.216 y afectaron a una superficie de 143.880 hectáreas, 42.815 de ellas de terreno arbolado. En octubre de 2017, un incendio impulsado por el huracán Ophelia extendió las llamas en el noroeste de la Península Ibérica. El fuego saltó desde el norte de Portugal a Galicia y, desde allí, se extendió a Asturias y Castilla y León. Murieron más de cien personas en España y Portugal.
Y ahora mismo el incendio de Los Gallardos (Almería), que de momento se ha cobrado la vida de 12 personas, y lleva camino de convertirse en la mayor tragedia provocada por el fuego en España
Nos dice Vaillant en una entrevista en El País de 13 de enero de 2025: "El fuego es la nueva bestia aniquiladora a la que la humanidad ha de enfrentarse tras retar insensatamente a la naturaleza”. En el nuevo escenario, “los incendios resultan más explosivos, arden con mayor intensidad, se vuelven más difíciles de extinguir” y crean una meteorología propia infernal que genera remolinos, “pirocúmulos” y tornados de fuego que a su vez desencadenan nuevos incendios. Una versión “ardiente e imparable” del fin del mundo. “Si el bucle de realimentación del calentamiento y la pérdida de humedad continúa como hasta ahora, es posible que en el futuro se dé un escenario sin inviernos en el que el tiempo del fuego sea el único tiempo y la temporada de incendios nunca termine”.
Vaillant lo tiene muy claro. No hay duda, señala, que es nuestro empecinamiento en el uso de los combustibles fósiles y las alteraciones en el clima lo que está detrás del nuevo tipo de megaincendios satánicos a los que hemos de enfrentarnos. A propósito de ello, considera que la reelección de Donald Trump, el Pedro Botero del Piroceno, no es solo un “desastre para la democracia y la lucha contra el cambio climático”, sino lo peor para afrontar el apocalipsis de fuego que está viniendo. “Trump representa la locura institucionalizada”, advierte alzando la voz como si la habitación se le llenara de humo. Y aquí en esta España nuestra determinadas fuerzas políticas niegan el cambio climático y otras por conveniencias políticas no se atreven a condenarlos y lo permiten legalmente, pactando con ellas.
Al final pasa lo que tiene que pasar. En la lógica capitalista, crecer es sinónimo de quemar. El ADN del capitalismo equivale a legitimar una licencia para quemarlo todo. Como el fuego en el incendio, el capitalismo solo le queda seguir adelante sin tener en cuenta el mañana, ni siquiera hoy. No sirve apelar al riesgo, ni a la cautela ni a la piedad. El capitalismo no sabe de alertas ni de precaución. No conoce el pánico ni la vacilación porque simplemente no está equipado para ello. Tiene una tendencia irrefrenable a devorar las bases sociales, políticas y naturales de su propia existencia. Es, dice Nancy Fraser, un capitalismo caníbal. Estas palabras expuestas son de Yayo Herrero de su libro "Metamorfosis. Una revolución antropológica".
Como señaló ya en su libro de 1944 Karl Polanyi La gran transformación: “El capitalismo arrincona lo humano. Mantiene un vínculo estructural con el ecocidio y la explotación humana. Manipula y trastoca los dispositivos más básicos de la esencia humana”.
Nuestra generación debía pensar desde un punto de vista ético en transmitir un mundo sostenible a las generaciones futuras, como exponen Antoine Ebel y Tatiana Rinke en su artículo Escuchar las voces de los jóvenes y de las generaciones futuras. La Comisión Brundtland en 1987 amonestó especialmente a los países desarrollados: “Estamos tomando prestado el capital ambiental de las generaciones futuras sin intención ni perspectivas de reembolso”. Y si lo hacemos así, es porque estas no votan, no tienen poder político ni financiero, ni pueden oponerse a nuestras decisiones. En este sentido ético los pueblos primitivos tienen mucho que enseñarnos a nosotros los civilizados. Los iroqueses, pueblo originario de América del Norte, se regían por el Principio de la Séptima Generación, según el cual toda acción o decisión deberá tener en cuenta sus efectos hasta en las siete generaciones venideras. Nosotros, tal como es nuestro desarrollo capitalista, somos incapaces, como especie, de garantizar el bienestar ecológico de una o dos generaciones que nos sucedan, y mucho menos de siete. Por ello, tienen pleno sentido las palabras de Groucho Marx ¿Por qué debería preocuparme yo por las generaciones futuras? ¿Acaso han hecho ellas alguna vez algo por mí?”
