Hay una idea que llevo tiempo teniendo muy presente: la política no puede limitarse a administrar el presente, también tiene la obligación de abrir camino, de generar confianza y de hacer una sociedad viva ilusionada.
Quienes asumimos responsabilidades públicas, gestionamos presupuestos, expedientes y competencias, debemos tener claro que por encima de todo, trabajamos con personas, con vecinos que quieren oportunidades para sus hijos, con jóvenes que desean quedarse a vivir en su pueblo, con familias que no piden privilegios, sino condiciones reales para poder desarrollar su proyecto de vida en el municipio al que pertenecen.
Vivimos tiempos en los que resulta demasiado fácil instalarse en el discurso de que nada puede cambiar, de que todo es complicado, de que los problemas siempre son más grandes que las soluciones. Ese relato acaba calando, poco a poco, una sociedad deja de creer en sí misma y empieza a conformarse con sobrevivir en lugar de avanzar. Precisamente esa tristeza la estamos viviendo en mi municipio donde la gestión política llena de desesperanza a los vecinos en su día a día. Yo no comparto esa manera de entender la política, los problemas no son más grandes que las soluciones.
Haría tiene un potencial extraordinario, lo tiene por su paisaje, por su identidad, por su gente y por su historia. Pero, sobre todo, lo tiene porque cuenta con vecinos que quieren seguir viviendo aquí, emprender aquí, formar una familia aquí y construir un mejor municipio implicándose. Esa es la mayor riqueza que puede tener cualquier pueblo. Por eso duele ver como, demasiadas veces, el discurso se instala en la resignación, en la idea de que todo es demasiado difícil.
Gobernar no es enumerar obstáculos, gobernar es buscar caminos. No es trasladar desesperanza, es dar respuestas. No es justificar de forma permanente por qué las cosas no avanzan, es asumir la responsabilidad de hacer que avancen. Haría no necesita que le digan que no puede. Haría necesita una administración que crea en el municipio, que acompañe a sus vecinos y que sea capaz de transformar las ideas en hechos. Una administración que entienda que este pueblo tiene recursos, identidad, talento, paisaje, historia y capacidad suficiente para mirar al futuro con más ambición.
La ilusión no nace sola. Se construye cuando la ciudadanía percibe que existe una dirección clara, un proyecto serio y un equipo dispuesto a trabajar para convertir las necesidades en soluciones. Se construye cuando los vecinos sienten que su Ayuntamiento está a su lado, que escucha, que resuelve y que empuja en la misma dirección que ellos.
No se trata de prometer imposibles ni de pintar una realidad que no existe. Se trata de mirar a Haría con confianza, de entender que este municipio merece más, de asumir que siempre hay margen para mejorar cuando existe voluntad, trabajo y capacidad de gestión.
La política tiene muchos deberes, gestionar bien es uno de ellos, escuchar también. Pero hay otro que no podemos olvidar: devolver la ilusión, y Haría necesita volver a ilusionarse, porque tiene lo más importante para hacerlo posible: vecinos que siguen creyendo en su pueblo.
