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El reto de convivir

Alex Salebe |

Alex Salebe | 13 de septiembre de 2020

Si ya antes de la pandemia vivíamos si no agobiados, al menos con una sensación permanente de crisis por la cantidad de conflictos políticos y sociales, que además podemos seguir en tiempo real, y los vaivenes de la economía local y mundial y su alteración en el bienestar ciudadano, casi siempre para mal, este año cuesta explicar los frentes abiertos desde que el covid-19 se plantó en nuestras vidas y el consecuente horizonte sombrío que divisa el planeta.

“De tercos”, le contestó un lugareño residente en un pueblito empobrecido del Caribe colombiano al ingenioso escritor David Sánchez Juliao (DEP), cuando éste, viendo la extrema miseria que lo rodeaba, le preguntó “¿Y de qué viven aquí?”. Como lo hizo aquel pescador es complicado describir, de forma tan corta, profunda y lapidaria,   la calamidad que hoy nos azota, y nos irrita, hasta comportamientos deplorables que dejan tocada la racionalidad del ser humano.

Los conflictos han existido y seguirán existiendo en el hogar, en el barrio, en los colegios, en las empresas y en cualquier escenario de relaciones humanas. Es normal, somos diferentes y es imposible pensar igual, además que sería muy aburrido. Tenemos el desafío de abordar la resolución pacífica de conflictos a partir del diálogo y el entendimiento con todas las cartas de negociación sobre la mesa. No es fácil ni ahora ni antes ceder cuando nos sentimos poseídos de la verdad absoluta, cuando vemos en el conflicto una “pelea”  y no un hecho positivo que nos puede llevar a conocer mejor a las personas y también nuevas perspectivas en la búsqueda de salidas inteligentes que en una situación de confort quizás no hubiéramos detectado.

Algunos autores explican la convivencia como un arte necesario, y si nos ponemos a pensar en la creatividad que ha tenido que desarrollar la humanidad para superar o sobrellevar la desconfianza milenaria existente entre culturas, sí que lo es.

“El infierno son los otros”, dijo alguna vez el filósofo e intelectual francés Jean Paul Sartre, fallecido hace 40 años. En esta rotura que ha supuesto la pandemia para nuestra vida conocida, me acuerdo de los insultos y agresiones a sanitarios en los peores momentos de contagios y muertes, de la falta de sensibilidad de los gobiernos con los profesionales que salvan vidas, de los comportamientos irracionales en la calle como si deseáramos propagar más el virus que contenerlo y de otros infiernos desestabilizadores y sin vacuna tan peligrosos como el propio covid-19.

Tenemos a la mano el reto o el arte de la convivencia para intentar armonizar diferentes formas de ver los problemas e intentar solucionarlos. No siempre el problema son “Los otros”, y creo que a estas altura del partido nadie se ve feliz estando aislado, aunque disponga de toda la tecnología de última generación. Ninguna máquina reemplaza la comunicación directa ni la atención humana.

Con muy buen tino, mis padres me recordaban en la dedicatoria de un libro que me regalaron en 2003, el año de nacimiento de mi hijo, la obligación de ofrecer a nuestros más jóvenes “una formación adecuada a las buenas costumbres y el comportamiento social”. Cuánta razón de mis viejos que siempre nos inculcaron que la semilla del respeto se siembra y crece en el hogar y no en jardines ajenos. 

 

 

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