lunes. 03.10.2022

Desde el último mes del 2018 y el primer trimestre de este 2019, nuestro pueblo ha estado despidiendo cada quince días a personas queridas, que decidían irse definitivamente hacia ese viaje desconocido del que no constan regresos. A partir de abril se espaciaron las idas a cada mes, o a cada dos meses.

Y nuestra iglesia, bajo la advocación de San Juan Bautista, estaba siendo partícipe exclusivamente para esa tristeza que nos acoge siempre en tales circunstancias. Las misas ordinarias de cada mes, no sé cada cuántos sábados o domingos, y las fiestas del Santo Patrón el 24 de junio, así como la del San Juan Evangelista, porque tenemos a los dos Juanes, el 27 de diciembre, estaban siendo alteradas con estas casi constantes visitas para la despedida incuestionable de nuestra apreciada gente.

El pequeño templo no estaba dando muestras de alegrías últimamente, la verdad. Alguna vez la celebración de la Primera Comunión, que cada vez es menor, debido a que las chinijadas actuales apenas cuentan ya con esa tradición cristiana.

Los jóvenes y no tan jóvenes, se juntan para formar hogar y crear familia, sin necesidad de pasar por el templo. Deciden el Registro Civil, antiguo Juzgado de Paz, o el Ayuntamiento, para formalizar esas uniones. Muchas parejas ni siquiera eso. Ya, si luego, por verdadera necesidad de cuestiones diversas, legalizarán la situación arreglando los papeles, que es como se le denomina ahora más coloquialmente.

Alegan cuestiones de modernidad, menos costes económicos, y muchas más facilidades administrativas sin ningún tipo de compromisos de cierta moralidad religiosa, ni tediosas reuniones en las casas parroquiales, que eso de los Curas, nos han inculcado y nos lo hemos creído cada vez más, son un auténtico rollo y un asunto de retrógrados y cosas de anticuados.

La libertad y el derecho nos permiten elegir lo que queramos libremente, y los que optan por los matrimonios de carácter civil, ni son insultados, ni cuestionados, y ni mucho menos, vejados por ello.

A los que optan por la ceremonia religiosa, lo primero que escuchas cuando se comenta, es lo de: “pero todavía hay gente que hace esas cosas”. No con asombro, sino hasta con un cierto deprecio, pues se arraigó hace tiempo que eso ya no se lleva y es rara su actualidad. Y en cuanto a lo del coste económico, en la mayoría de los casos se queda en una excusa endeble, pues la parafernalia de las bodas civiles con exhibición de iguales trajes de novia, atrezos diversos y celebraciones posteriores, no son, cuanto menos, del todo gratuitas. No los ha casado un Cura, sino un Juez, un Concejal, y de vez en cuando, algún Alcalde.

Sin embargo, todavía no he observado que nuestra gente se haya ido del velatorio sin esa última visita al templo, para la definitiva despedida con las postreras palabras del párroco.

Imagino que con el tiempo, alguien decidirá que esa cuestión tampoco es necesaria y ya desde el velatorio se va uno directamente al cementerio o al crematorio de turno, y a tomar viento.

Reconozco que cada vez se me hace más cuesta arriba lo de ir a la iglesia de mi pueblo exclusivamente para funerales y misas aniversarios de gente muerta. La educación y la formación recibidas, todavía no me desligan del todo de ciertos compromisos tradicionales y también es cierto, que tampoco me hace ningún daño, ni me crea problemas, cumplir con determinadas liturgias siempre que pueda.

Empezaba a creer, que esa sería ya la única y exclusiva misión del edificio eclesiástico…

Hasta que por fin, cuando mi amigo Orlando encontró un hueco para alegantiniar un rato y entregarme la tarjeta de invitación a su boda, sentí una sensación diferente con respecto a las últimas imágenes, sobre todo de este año, que me estaban dejando recuerdos de nuestra iglesia de Soo, no de los más gratos, precisamente. Y porque además, creo casi convencido, que hace más de veinte años que no se celebraba en ella una Boda.

Si en estos últimos veinte años, que a lo mejor estoy exagerando un poco, se ha casado alguien en la iglesia de mi pueblo, y está leyendo esto, que me corrija si puede, porque también de memoria, a veces, se queda uno medio traspuesto.

El pasado sábado 5 de octubre de este 2019, visité la iglesia para asistir a una boda. ¡Bonita boda, caramba! Y además como las de siempre. El novio llegó primero acompañado de su madrina, su señora madre doña Teresa de León, y empezó nervioso la espera de la novia, que como casi todas las novias, naturalmente se retrasó. Un problemilla de logística automovilística provocó que viniera caminando desde su casa, apenas unos cien y pocos metros de la iglesia, acompañada de su padrino, su querido hermano Roberto Machín, “el del Ginory”. Un paseíllo nada molesto, agradable, y con acompañamiento de aplausos muy emotivos.

La celebración posterior estuvo muy bien y dos familias del pueblo, así como varios amigos y conocidos de la feliz pareja, se reunían para compartir juntos la alegría de una decisión respetable y respetada. ¡Enhorabuena y felicidades!

Orlando y Nory bendijeron su matrimonio bajo la atenta mirada de los Juanes. Uno, el Bautista, profeta que bautizó a Jesucristo. Y el otro, el Evangelista, que acompañó a su madre en el Monte Calvario al lado de su Cruz y escribió su Evangelio. Luego fueron hacerse fotos a nuestro jable, que cuando quiere y nos deja es milagroso. Cuando se pone caprichoso y molesto, a esas arenas hay que dejarlas tranquilas.

Agradecerles infinito la invitación a un acto festivo, alegre, y divertido. Que disfruten de una extraordinaria y estupenda Luna de Miel.

Gracias Nory. Gracias Orlando.

¡Bonita boda, caramba!
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