Giorgia Meloni ha descubierto algo verdaderamente aterrador: desde España puede viajar gente a Italia.
Al parecer, después de la crisis migratoria de Ceuta, el Gobierno italiano ha considerado necesario mantener controles sobre viajeros procedentes de España ante el temor de movimientos migratorios hacia su territorio.
Y aquí es donde empieza el espectáculo.
Porque escuchar al Gobierno de Meloni hablar de España como posible puerta de entrada de inmigrantes hacia Italia tiene algo de señor que vive junto al aeropuerto y se sorprende porque pasan aviones.
Italia es un país receptor de inmigración. Lo era ayer, lo es hoy y lo seguirá siendo mañana aunque Meloni ponga un carabinero detrás de cada maceta del aeropuerto de Fiumicino.
En 2025 recibió alrededor de 440.000 inmigrantes procedentes del extranjero y terminó el año con un saldo migratorio positivo cercano a las 296.000 personas. A comienzos de 2026 residían allí unos 5,56 millones de extranjeros, aproximadamente el 9,4 % de su población.
Pero el dato tiene una costumbre bastante desagradable para el populismo: no grita, no agita banderas y no cabe demasiado bien en un vídeo electoral.
Así que es mucho más rentable fabricar una amenaza.
España protesta por unos controles que considera injustificados y Meloni puede aparecer ante su electorado como la guardiana de las puertas de Roma.
Todos contentos.
Bueno, todos menos Schengen, la coherencia y las matemáticas.
Lo verdaderamente divertido —si no fuera porque estamos hablando de algo bastante serio— aparece cuando miramos hacia el otro lado de la frontera.
Porque mientras algunos presentan los movimientos migratorios como si fueran una especie de apocalipsis con mochila, los ciudadanos italianos llevan años viviendo, trabajando y formando familias tranquilamente en España. Italia se encuentra entre las nacionalidades europeas con una presencia residencial más importante en nuestro país.
Y me parece estupendo.
Que vengan. Que trabajen. Que estudien. Que monten negocios. Que se enamoren de un español, de una española o del camarero del bar de abajo si les da la gana.
Eso se llama libertad de circulación. Una de esas ideas revolucionarias que, hasta donde recuerdo, formaban parte del proyecto europeo.
El problema nunca debería ser la nacionalidad del que cruza la frontera. El problema debería ser si Europa dispone de mecanismos eficaces para gestionar los movimientos migratorios.
