El cuento de la criada ya no parece ciencia ficción
Hay libros que uno lee convencido de que pertenecen al género de la ficción. Distopías imposibles. Advertencias exageradas. Relatos escritos para entretenernos mientras pensamos: «Menos mal que algo así jamás ocurriría aquí.»
Eso pensaba mucha gente cuando leyó El cuento de la criada de Margaret Atwood. Hasta que empezamos a escuchar determinados discursos políticos.
No, España no es Gilead. Y decir lo contrario sería absurdo. Pero tampoco hace falta que una democracia se convierta de la noche a la mañana en una dictadura teocrática para empezar a reconocer algunos patrones inquietantes.
Porque las libertades rara vez desaparecen de golpe. Normalmente empiezan a erosionarse poco a poco. Primero cuestionando a las mujeres. Después cuestionando al colectivo LGTBI. Luego cuestionando la autonomía personal. Y finalmente convenciendo a una parte de la sociedad de que perder derechos es, en realidad, recuperarlos.
Ahí está Núcleo Nacional, legalizado como partido político, reivindicando una visión ultranacionalista que convierte la diversidad en una amenaza. Ahí está Vox, que lleva años utilizando los derechos LGTBI como una guerra cultural permanente. Y ahí está un Partido Popular que, lejos de marcar distancias, incorpora propuestas que reabren debates que muchos creían superados.
La propuesta de Alberto Núñez Feijóo sobre el «concebido no nacido» se presenta como una medida administrativa. Pero las palabras importan. Cambiar el marco del debate nunca es inocente. Cuando el centro de gravedad deja de situarse en la autonomía de la mujer y empieza a desplazarse hacia el no nacido, muchos vemos el inicio de un camino que puede reforzar futuras restricciones al derecho al aborto.
A ello se suman sus declaraciones mezclando el absentismo laboral con las bajas médicas, como si enfermar y ausentarse injustificadamente fueran lo mismo. Esa confusión merece una crítica política seria, porque enfermar no es absentismo.
Lo verdaderamente inquietante es comprobar cómo distintos discursos terminan compartiendo un mismo marco: presentar derechos consolidados como si fueran concesiones revisables. En El cuento de la criada, Gilead no empezó imponiendo capas rojas. Empezó convenciendo a la sociedad de que determinadas libertades eran un problema.
Quizá Margaret Atwood nunca escribió una profecía. Escribió una advertencia. Y las advertencias solo sirven si somos capaces de reconocerlas antes de que sea demasiado tarde.
Por eso hoy conviene recordar la frase que las criadas convirtieron en un acto de resistencia frente al autoritarismo:
«Nolite te bastardes carborundorum.»
No dejes que los bastardos te aplasten.