lunes. 09.02.2026

Cuando los niños tienen que denunciar lo que los adultos no saben gestionar

Hay algo profundamente revelador —y preocupante— en que sean las murgas infantiles las que tengan que alzar la voz para denunciar deficiencias graves en su propio concurso. No hablamos de egos, ni de cachés, ni de caprichos artísticos. Hablamos de niños, de familias, de tradición y de cultura popular en su estado más puro.

Que un concurso de murgas infantiles en Arrecife se celebre con problemas de espacio, fallos técnicos, desorganización y falta de previsión no es un accidente. Es el síntoma de una forma de gestionar en la que la cultura se usa como escaparate, pero se descuida en la trastienda.

El Carnaval no empieza en la gala televisada ni termina en la foto institucional. El Carnaval se construye durante meses en locales de ensayo, en casas donde los padres cosen disfraces, en niños que aprenden a cantar en grupo, a respetar turnos y a amar una tradición que les pertenece. Cuando esa base falla, no estamos ante un error menor, estamos ante una falta de respeto.

Resulta especialmente llamativo que las murgas infantiles tengan que denunciar públicamente lo que debería haber sido previsto por el Ayuntamiento de Arrecife desde el primer momento: condiciones dignas, seguridad, buena técnica y una organización a la altura de lo que se presume en los discursos.

No vale escudarse en la falta de tiempo, ni en la burocracia, ni en que “al final salió adelante”. Esa frase es el comodín de quien confunde improvisación con gestión. Y gobernar no es apagar fuegos a última hora, es anticiparse.

La cultura infantil no puede ser siempre la última en la lista de prioridades. No puede tratarse como un trámite menor mientras se exige excelencia, compromiso y pasión a quienes participan en ella.

Arrecife necesita tomarse en serio su Carnaval desde la base, no solo desde el escenario principal. Porque cuando fallamos en lo pequeño, en lo que se hace por ilusión y no por interés, lo que se resiente no es solo un concurso: se resiente la confianza, la tradición y el futuro.

Cuando los niños tienen que denunciar lo que los adultos no saben gestionar
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