Cuando vimos una ablación en Africa
A Rosario y a mí nos entraron ganas de visitar los países más próximos de África Occidental. Ya conocíamos parte de la cuenca mediterránea, pero nos faltaba el panorama subsahariano. Entonces quisimos visitar naciones de la llamada negritud en los cuales el islam convive con una minoría cristiana. A 300 kilómetros de la costa turística llegamos a aldeas y caseríos al borde del gran río. El paisaje incluye manglares, ceibas y puestos de observación de aves coloridas, los monos saltando entre los árboles, gigantescos termiteros, los venerados baobabs y mezquitas. En las carreteras aparecen pequeñas iglesias católicas, sorprendentemente el día de Nochebuena en Senegal la televisión nacional transmitía la Misa del Gallo. Una singular muestra de tolerancia porque en Europa ninguna televisión transmite en directo ceremonias del islam.
En estos países el salario mensual no llega a los 60 euros. ¿Qué se puede hacer con eso? Comprar un gran saco de arroz y comer arroz con algunas raspas de pescado o de pollo. Gambia, en particular, ha sido tierra de gobernantes poco inclinados a satisfacer las necesidades del pueblo llano. Las dictaduras son terreno abonado para la corrupción.
En una ocasión, contratamos un taxi que se recalentaba continuamente y con él recorrimos kilómetros más allá de la costa turística. Íbamos siguiendo el cauce del gran río con sus cocodrilos y sus hipopótamos, caseríos y terrenos inundables en los que se cultiva arroz. Los niños chapoteaban en la orilla, las niñas con la madre en sus labores. Llegamos a una aldea en la que los lugareños tenían un árbol que consideraban sagrado. Hombres que habían emigrado a Italia mostraban coches aparatosos y buenas viviendas, presumían de su éxito allá en Europa.
La hospitalidad se notaba, nos ofrecieron comer los primeros: espaguetis, pescado del río. Las casas eran muy modestas, sin elementos decorativos. Habíamos comido y al cabo de un rato vimos llegar una camioneta de la que salían cánticos, música y animación. Las mujeres bajaron con alegría, cantaban y bailaban en medio del callejón de tierra roja y el grupo se adentró en una vivienda en la que habitaba alguien que apreciaban. Al cabo de un rato salieron y lo que contemplamos fue horroroso: le habían hecho la ablación a una niña de apenas dos meses de recién nacida. El padre la traía envuelta en una toalla, en la cual era visible la sangre.
Todos contentos, porque habían asistido a la fiesta de la purificación. Rosario Valcárcel tiene un gran poema sobre este asunto, como circula por internet a veces lo leen en emisoras de radio lejanas. Ella se lamentaba de esas prácticas que ni siquiera figuran en el Corán sino que forman parte de tradiciones centenarias alentadas por los imanes de las aldeas. Porque en buena parte de los países está prohibida la extirpación del clítoris, aunque en las zonas rurales se sigue practicando esta siniestra ceremonia que suele ser ejecutada por una vieja utilizando una navaja, un cuchillo o una hojilla de afeitar. Triste espectáculo el contemplar a mujeres jóvenes a las que les falta más de la mitad de la vagina, ni los grandes labios ni los pequeños labios, tan solo el orificio para orinar y para dar a luz. El resto había sido extirpado porque era el requisito establecido por la tribu para que pudiese encontrar marido.
África es un continente de contrastes que no podemos entender fácilmente. Señaló la Unesco en un informe que tendrán que pasar 150 años para que África pueda alimentar y proporcionar buena vida a sus habitantes. En realidad, hay cosas evidentes. Por ejemplo, algunas ONGs consiguen buen negocio con su presencia allí, claro que también hay gente muy honesta que trata de suplir las deficiencias del sistema educativo, en el que prima la enseñanza de la religión islámica por encima de ofrecer una educación integral.