El precio de que no se perdieran en la calle

En otro tiempo, en el mío, perdernos era parte de nuestro crecimiento, y nos divertíamos. Las caídas eran parte del aprendizaje: rodillas raspadas, poníamos arena en las manos y a seguir jugando. No era perderse en el abandono; era perderse en una calle que parecía infinita, en grupos de amigos donde no siempre se ganaba, en tardes que no estaban planificadas: lo que surgiera.

Hoy noto que la infancia no se pierde, se gestiona, se supervisa. Los niños tienen agendas, pero no tienen territorios; actividades, pero no intemperie. Y todo esto está teniendo un coste emocional, silencioso, pero real.

Se está priorizando la protección absoluta, ese “que no te pase nada”, evitando cualquier herida física o emocional y eliminando muchas oportunidades de aprendizaje.

Hemos convertido la protección en prioridad absoluta. Queremos evitar cualquier herida: física, emocional o social.

La psiquiatra Marian Rojas Estapé ha explicado en múltiples intervenciones que el cerebro necesita pequeñas dosis de estrés manejable para desarrollar resiliencia. El exceso de sobreprotección impide que el sistema nervioso aprenda a regularse frente a la frustración.

Sin una frustración moderada no habrá tolerancia; y, si no tienen tolerancia, cualquier percance o dificultad se percibe como una gran amenaza.

Compruebo en mi trabajo cómo se están criando niños que apenas han experimentado la incomodidad y que, sin embargo, se sienten frustrados y desbordados con mucha facilidad.

El psicólogo evolutivo Peter Gray sostiene que el juego no estructurado es el principal mecanismo natural de aprendizaje social.

El juego es un gran entrenamiento personal, donde se negocian reglas, se resuelven conflictos, se aprende liderazgo y se evalúan riesgos reales. Todo esto no ocurre de la misma manera bajo una supervisión constante.

En mi adolescencia, la calle era un laboratorio emocional, donde me caía, me levantaba y volvía a intentarlo sin que mis padres reorganizaran la experiencia por mí. Hoy la intervención es inmediata y, cuando eso sucede, restamos competencia.

Hoy los niños tienen una agenda con más tareas que un ejecutivo: idiomas, deporte, música, refuerzo, tecnología. El tiempo libre es sospechoso. Si hay aburrimiento, parece un fallo del sistema; pero antes el aburrimiento era el origen de una maravillosa creatividad. Era el espacio donde nos enfrentábamos a nosotros mismos sin ningún estímulo externo.

Marian Rojas Estapé insiste en que la dopamina —la hormona del placer inmediato— se dispara con estímulos constantes, especialmente digitales. Cuando el cerebro se acostumbra a gratificaciones rápidas, disminuye su tolerancia al esfuerzo sostenido.

En la calle no existían los mediadores; había acuerdos. Y, si había injusticias, aprendíamos a gestionarlas. Nosotros mismos creábamos nuestras propias normas.

Ahora los adultos intervienen antes de que el conflicto llegue a madurar, evitando cualquier incomodidad social, sin darse cuenta de que el conflicto leve es un gran entrenamiento emocional.

Sin pequeñas fricciones no se desarrolla piel psicológica. Los niños tienen pavor al rechazo y necesitan una constante validación.

Nunca habíamos invertido tanto en protegerlos y, sin embargo, los niveles de ansiedad y malestar emocional juvenil no disminuyen; al contrario, aumentan.

Si un niño no explora, no descubre sus límites; si siempre hay supervisión, no se consolida su autonomía.

Con tanta sobreprotección estamos inculcando la idea de que el mundo es demasiado peligroso para ellos. Ya no solo como docente, sino como madre, he podido comprobar todo esto, y seguro que he errado en muchas ocasiones.

No se trata de ignorar los riesgos que existen, sino de comprender que el desarrollo humano necesita margen: margen para aburrirse, para equivocarse, para resolver.

Una infancia sin calle puede convertirse en un adulto sin brújula interna o, lo que es lo mismo, donde no hubo riesgo temprano habrá miedo tardío. Si no se pierden en la calle, no habrá marcas en las rodillas; y quizá no lleguen a encontrarse del todo. Eso marcará su carácter.

Termino con un pequeño ejemplo de un niño que conocí. Hoy es un hombre de 40 años.

Jamás se rompió un pantalón jugando. Sus rodillas nunca tocaron la tierra. Salía del colegio y lo esperaba un coche.

Lunes: inglés.

Martes: natación.

Miércoles: robótica.

Jueves: refuerzo.

Viernes: entrenamiento.

Sus zapatillas estaban impolutas.

Cuando no conseguía nadar en el tiempo esperado, lloraba con rabia. Cuando algo no le salía perfecto, se bloqueaba. No hay cicatrices en su cuerpo. Nunca aprendió a caer sin que alguien lo levantara. No pudo perderse para descubrir que podía volver solo.

Sus rodillas no tienen huellas, pero su seguridad tampoco tiene raíces profundas.

No le sangra la piel; pero le sangra la frustración. Ahora es un adulto que camina con fisuras.

Si todo se convierte en diversión constante, nada deja huella.

¡Que nuestros hijos, alguna vez, se pierdan en la calle!

Cada vez que evitamos una caída, le quitamos fuerzas para levantarse solo.

Amarlos es acompañarlos a que den sus propios pasos.