31 de julio de 2026, 13:42
Hay titulares que no necesitan interpretación. Basta con leerlos. Un inmigrante marroquí grita: «¡Viva Pedro Sánchez y viva España!». Quizá sea la frase que mejor resume la política migratoria del actual Gobierno.
Durante años se ha negado el efecto llamada. Se ha tachado de exageración, de discurso alarmista o de argumento político. Sin embargo, cuando quienes quieren llegar a España identifican a un presidente con la facilidad para entrar en nuestro país, la teoría deja paso a una realidad incómoda.
Ceuta vuelve a ser el escenario de una presión migratoria que desborda la capacidad de respuesta. Una ciudad española que, una vez más, se siente sola mientras desde Madrid se suceden los discursos, pero no las soluciones. La frontera se convierte en el símbolo de un Estado incapaz de ejercer el control que cualquier nación soberana está obligada a garantizar.
Y Canarias conoce muy bien esa realidad.
Nuestro archipiélago lleva años soportando una presión migratoria sin precedentes. Centros saturados, recursos al límite, municipios desbordados y una ciudadanía que observa cómo las respuestas llegan tarde o, simplemente, no llegan. Canarias ha demostrado una solidaridad ejemplar, pero la solidaridad no puede convertirse en una excusa para la inacción del Estado.
Mientras Ceuta vive nuevos episodios de tensión y Canarias continúa soportando una situación extraordinaria, Pedro Sánchez ya prepara —o eso parece— el bolso de la playa para disfrutar de unos días de descanso en Lanzarote.
Qué contraste.
Mientras unos cuentan pateras, otros cuentan los días para las vacaciones.
Mientras las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado hacen un esfuerzo extraordinario para proteger nuestras fronteras, en La Moncloa parece haber tiempo para pensar en hamacas, sombrillas y atardeceres frente al Atlántico.
Quizá desde la tumbona sea más fácil hablar de solidaridad que de control fronterizo. Quizá el sonido del mar ayude a no escuchar las reclamaciones de Ceuta o el cansancio de una Canarias que lleva demasiado tiempo reclamando una respuesta firme y eficaz.
Lanzarote es un destino extraordinario. Nadie discute que el presidente del Gobierno tenga derecho a descansar, muy cuestionadas por las grandes polémicas de corrupción. Lo que resulta difícil de entender es que pueda hacerlo como si nada ocurriera, mientras una de las principales fronteras exteriores de Europa sigue bajo una presión constante y mientras Canarias continúa soportando una carga que no le corresponde asumir en solitario.
España necesita una política migratoria seria, ordenada y eficaz. Una política que combine humanidad con firmeza, solidaridad con control y cooperación internacional con el cumplimiento de la ley.
Porque proteger las fronteras no es ir contra nadie. Es proteger el Estado de derecho, garantizar una inmigración legal y combatir a las mafias que hacen negocio con la desesperación humana.
Y si el grito de «¡Viva Pedro Sánchez y viva España!» termina convirtiéndose en el mejor lema del efecto llamada, quizá sea el momento de dejar de negar el problema y empezar, de una vez por todas, a afrontarlo con responsabilidad.
Eso sí, después de las vacaciones. Siempre que quede una tumbona libre.
